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Después de ti, yo Renacer a los 50

Después de ti, yo Renacer a los 50

Status: Terminada
Genre:Mujer despreciada / Amante arrepentido / Amor en la madurez
Popularitas:12.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Sri Wahyuni

Laura Medina entregó treinta años de su vida a la familia Fuentes. Dejó la universidad, renunció a sus sueños, cuidó a una suegra que la despreciaba y crió a un hijo que nunca le agradeció. Todo por amor. Todo por deber. Todo por un hombre que, mientras ella lavaba los platos a medianoche, construía otra familia en secreto.

La noche en que descubre que Alberto lleva once años con otra mujer —y que existe un hijo de esa relación—, Laura toma una decisión que aterroriza a todos los que la rodean: pide el divorcio. A los cincuenta años. Sin trabajo, sin dinero propio, sin red de seguridad.
Lo que la familia Fuentes no sabe es que subestimar a Laura será el error más caro de sus vidas.

Porque Laura no solo va a divorciarse. Va a descubrir que la desaparición de su hijo Didi, veinte años atrás, no fue un accidente. Va a entrar en el mundo corporativo del Grupo Lozano y demostrar que una mujer de cincuenta años puede ser más brillante y más peligrosa que todos los que intentaron silenciarla. Va a encontrar un amor que no la rescata, sino que le extiende la mano con la palma hacia arriba, esperando que ella decida tomarla.

Y va a descubrir un secreto familiar de treinta y ocho años que conecta su pasado, su presente y su futuro de una manera que nadie —ni siquiera ella— podría haber imaginado.

NovelToon tiene autorización de Sri Wahyuni para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Capítulo 12

Sombras del pasado

El día en que Laura estudiaba los itinerarios de vuelos a Cancún en el Grupo Lozano, la casa de la familia Fuentes en Interlomas ya había perdido toda apariencia de hogar.

En la mesa del comedor había platos de la cena de dos días atrás sin lavar. El arroz en la arrocera se había resecado contra las paredes de la olla. La bolsa de basura en la cocina estaba hinchada; el olor a cebolla podrida y caldo rancio se adhería al aire. La lavadora se había detenido quién sabe cuándo, dejando ropa húmeda que empezaba a oler a moho.

Alberto estaba de pie frente a la estufa con una camisa de manga larga arrugada. En una mano sostenía la espátula; con la otra presionaba la pantalla del celular, buscando un video sobre cómo hacer un omelet.

El aceite en el sartén estaba demasiado caliente.

En cuanto el huevo cayó, estalló con un chasquido violento. Alberto retrocedió medio paso y casi dejó caer la espátula.

—Maldición —murmuró.

Antes, a las seis de la mañana, el café ya estaba en la mesa. Su camisa colgaba planchada en el gancho. El almuerzo ya estaba dentro del portafolio. Su medicina para el estómago aparecía junto al vaso de agua tibia. Nunca se preguntó quién preparaba todo eso.

Ahora la casa parecía cobrárselo, una cosa a la vez.

El celular sonó. El nombre de Carmen apareció en la pantalla.

Alberto apagó el fuego con brusquedad.

—¿Sí, Mamá?

La voz de Carmen explotó desde el otro lado.

—¿Qué clase de hombre eres, Alberto? ¡Ni siquiera puedes retener a tu propia esposa!

Alberto cerró los ojos. Desde la Residencia Amanecer, los regaños de su madre llegaban cada mañana, cada tarde y cada noche. A veces por teléfono. A veces en notas de voz de cinco minutos completos.

—Mamá, no empieces otra vez. Estoy apurado.

—¿Apurado con qué? La casa es un desastre, nadie lava la ropa, no hay comida. Ayer Javier llamó a la abuela Teresa y le dijo que su camisa se arruinó porque trató de plancharla él mismo. ¡Todo esto es por tu culpa!

Alberto contuvo la respiración.

—Laura fue quien pidió el divorcio.

—¡Porque eres un idiota! —espetó Carmen—. Esa mujer estuvo treinta años en tu casa. Tenías que saber cómo hacer que no se atreviera a irse. En vez de eso, le diste la oportunidad de salir.

Ni una sola vez Carmen mencionó a Julia como un error. Ni una sola vez llamó pecado a los once años de infidelidad. Lo único malo, según su madre, era una sola cosa: Laura había logrado escapar de sus manos.

Alberto miró el huevo quemado en el sartén. El olor a carbonizado subió y le punzó la nariz.

—¿Qué quieres, Mamá? —preguntó con agotamiento.

—Tráela de vuelta.

—Eso no es posible.

—¿No es posible? Eres profesor, pero en los asuntos de la casa le pierdes a una vieja que ni trabaja.

Esa frase no dolió porque Alberto defendiera a Laura, sino porque desde que ella se fue, recién se daba cuenta de que aquella casa siempre se había sostenido sobre un trabajo que él jamás contabilizó.

La puerta de la cocina se abrió. Javier entró con una camisa blanca de cuello torcido; la parte delantera brillaba por haber pasado la plancha demasiado caliente.

—Pa, ¿dónde está mi corbata negra?

Alberto tapó el micrófono del celular.

—¿Cómo voy a saberlo? Pregúntale a Laura.

Javier se quedó inmóvil.

Ese nombre cayó en la cocina como un objeto pesado. Durante unos segundos, nadie se movió.

Desde el celular, Carmen seguía quejándose:

—¿Alberto? Alberto, ¿estás escuchando a la abuela Teresa?

Javier miró la pila de ropa amontonada en la silla del comedor.

—Mamá solía guardarla en el segundo cajón.

—Si lo sabes, búscala tú.

—Ya busqué. No está.

Alberto quiso enojarse, pero vio a aquel hombre ya adulto de pie como un estudiante que perdió su cuaderno de tareas. Javier había sido criado por Laura con demasiado esmero. Todo aparecía antes de que él tuviera tiempo de necesitarlo. Ahora una sola corbata bastaba para hacerlo entrar en pánico.

—Usa la azul —dijo Alberto.

—Hoy hay visita de un cliente, Pa. Tania dijo que tiene que ser negra.

El nombre de Tania le sumó dolor de cabeza a Alberto. Desde la noche de la reunión familiar, su nuera se mantenía más callada. Un silencio que no era sumisión, sino que guardaba algo.

El celular de Alberto vibró de nuevo. Esta vez era Julia.

Cortó la llamada de Carmen sin despedirse. Segundos después, las notas de voz de su madre entraron una tras otra. Alberto las dejó pasar.

—Julia —dijo al contestar.

La voz de Julia sonaba dulce, pero tenía un filo difícil de esconder.

—señor Alberto, ¿ya hablaste con el abogado? Estoy cansada de esperar.

—El proceso de divorcio no se resuelve en un día.

—Once años tampoco son un día, señor.

Alberto se frotó la cara.

—No me presiones ahora.

—No te estoy presionando. Solo te recuerdo. Jair ya tiene diez años. Empezó a preguntar por qué Papá no vive con nosotros.

En la sala, Javier seguía abriendo cajones uno por uno. El golpe de la madera se oía hasta la cocina.

Alberto bajó la voz.

—Tengo un problema en casa.

—El problema de tu casa es porque Laura se fue, ¿no? —Julia soltó una risita—. señor, cuando nos casemos, yo puedo contratar una empleada doméstica. Yo no soy el tipo de mujer que tiene que agarrar el trapo y cocinar ella misma.

Alberto se quedó callado.

Esa sola frase hizo que algo dentro de su pecho se hundiera. Se imaginó a Julia en aquella casa, con las uñas arregladas, perfume caro y ese tono mimado que siempre exigía. Se imaginó a Jair corriendo por la sala, a Carmen quejándose, a Javier perdido, mientras no había ninguna Laura que en silencio lo acomodara todo.

—¿señor?

—Luego te llamo.

Cortó la llamada antes de que Julia pudiera protestar.

En la universidad, las cosas no estaban mejor. Dos días antes, cuando Alberto caminaba por el pasillo de la facultad, las conversaciones que se oían animadas bajaron de volumen de golpe. Algunos profesores jóvenes lo miraron un instante y luego fingieron leer su celular. En el grupo interno de WhatsApp, las invitaciones a reuniones que solían mencionar su nombre con deferencia ahora llegaban sin cortesías.

Seguía siendo profesor. Seguía teniendo su oficina. Pero su autoridad estaba agrietada, y la grieta se oía incluso cuando nadie la pronunciaba.

Esa tarde, después de fracasar en encontrar la corbata negra de Javier y de tirar el huevo quemado a la basura, Alberto finalmente fue a la Residencia Amanecer. Carmen lo esperaba a propósito en la cama, con la cobija subida hasta el pecho.

En cuanto Alberto entró, ella se llevó la mano al pecho.

—Ay... me falta el aire. A la abuela Teresa le falta el aire, Alberto.

La enfermera que estaba de pie en un rincón del cuarto parecía dudar.

—Hace un rato la presión de la señora Carmen estaba normal, señor. Pero ella pidió que viniera un familiar.

Alberto se acercó.

—¿Tomaste tu medicina, Mamá?

Carmen volteó la cara.

—¿De qué sirve la medicina si a mi propio hijo no le importo? Laura antes nunca dejaba sola a la abuela Teresa así.

Alberto contuvo la irritación.

—Tú siempre decías que Laura no servía para nada.

—¡No servía, pero conocía su obligación! —siseó Carmen—. ¿Tú crees que Julia va a querer cuidar a una anciana? Ella quiere tu dinero, quiere tu estatus. Laura al menos le tenía miedo a la familia.

Aquello no era un elogio. Era la vieja manera de Carmen de calcular el valor de las personas: quién se podía usar, quién se podía controlar.

—No puedo obligar a Laura a volver —dijo Alberto.

Carmen volteó rápido. Sus ojos ya no parecían los de una enferma.

—Sí puedes. Ve a buscarla. Dile que la abuela Teresa está enferma. Dile que si todavía tiene corazón, tiene que venir.

—Ella ya quiere divorciarse, Mamá.

—¡El divorcio no se ha concretado! Mientras el juzgado no haya dado el golpe de martillo, sigue siendo tu esposa.

Alberto no respondió. Por primera vez, esa frase no le sonó como un derecho, sino como una cuerda que ya se estaba rompiendo por ambos extremos.

La enfermera salió a buscar agua tibia. Carmen esperaba que Alberto cediera, pero el hombre se quedó de pie en silencio, con el rostro sombrío.

—Si de verdad te falta el aire, llamo al doctor —dijo.

El rostro de Carmen cambió.

—No hace falta. Siempre exageras todo.

Alberto casi soltó una risa amarga. Entonces era cierto. La enfermedad era solo una herramienta.

Salió poco después, dejando a Carmen con una furia que no había terminado de descargar. En la habitación de la residencia, que volvió a quedar en silencio, la anciana se sentó erguida; su respiración ya no era entrecortada.

En la mesita junto a la cama había un álbum de fotos viejo que Javier le había traído de la casa unos días atrás. Le dijo que tal vez la abuela Teresa se aburría. Carmen lo tomó con manos que seguían siendo firmes para alguien que acababa de decir que le faltaba el aire.

Página tras página mostraban Navidades familiares, cumpleaños de Javier, fotos de Alberto recibiendo un reconocimiento en la universidad, Laura de pie al fondo con una sonrisa tenue y el delantal de la casa.

Entonces los dedos de Carmen se detuvieron.

Una foto pequeña estaba deslizada detrás del plástico ya amarillento. Un niño de unos seis años parado en la terraza de la casa vieja, las mejillas redondas, el cabello cortado con esmero. Llevaba un suéter azul. En el pecho del suéter había un pequeño Winnie the Pooh vestido de rojo, con las letras "DD" bordadas debajo.

Didi.

El nombre no fue pronunciado, pero la habitación pareció encogerse de golpe.

Las manos de Carmen temblaron. No por enfermedad. No por vejez. Porque desde aquella foto, un par de ojos pequeños parecían mirarla de vuelta desde veinte años atrás.

Sacó la foto del álbum, miró hacia la puerta y la deslizó rápidamente debajo de la almohada.

—Nadie puede saberlo —susurró.

Afuera de la habitación, los pasos de la enfermera pasaron de largo.

Carmen presionó la almohada con la palma de la mano, como si una sola fotografía pudiera gritar si no la amordazaban.

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Andrea Morganti
Ecxelente historia 😍
Andrea Morganti
Siguen saliendo ratas de su cueva🙈 Espero que esta mujer no los separe 🫣
Andrea Morganti
Treinta años de espera😍😍😍
Andrea Morganti
Susana sabe lo que hizo Alberto en la universidad para que no se encontrara con Fernando 😍😍
Andrea Morganti
Diego habla por mi también 🥹 que Fernando hable de una vez🫣🤣🤣
Andrea Morganti
De los arrepentidos se sirve Dios... Alberto ya siente el peso de sus pecados 🤣🤣🤣
Andrea Morganti
Fernando debería confesar sus sentimientos... Laura no es muy buena adivinando🫣 🤣🥰
Andrea Morganti
Daniel será Didi 🥹🤔🤔🤔
Andrea Morganti
Cómo puede ser tan audaz en los negocios y tan inseguro en asuntos del corazón 🥹
Andrea Morganti
Ay por favor!!! Laura nunca recibió detalles 🙈 Fernando debería hablar claro de sus sentimientos 🥰
Andrea Morganti
Daniel es adoptado y no le dijeron🙈
Andrea Morganti
Espero que Héctor no esté obsesionado o sea un sicópata 🫣
Andrea Morganti
Fernando tiene que hablar pronto🥰🥰🥰
Andrea Morganti
Todas necesitamos a un Fernando en nuestras vidas🥹
Andrea Morganti
Una fichita Julia... Alberto cambio perla por ojo de pescado 🙈
Andrea Morganti
Si Daniel es adoptado, puede ser Didi 🤔
Andrea Morganti
Tanto talento archivado... Laura está brillando 🥰
Andrea Morganti
Mateo justo a tiempo 🥰🥰🥰
Andrea Morganti
Espero que este vivo... y lo encuentre🥰🙏🏻🙏🏻🙏🏻
Andrea Morganti
Didi es el nieto!!! Carmen no tiene perdón de Dios🙈😭😭😭😭
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