La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 21
Mensaje del día 🖤✨
Hoy es viernes y ustedes ya saben que yo no actualizo fines de semana 😭📖
Peeero como las veo llorando, sufriendo y pidiendo más capítulos… les voy a dejar una mini maratón 😈🔥
Así que disfrútenla muchísimo, comenten bastante y no me abandonen mientras yo intento sobrevivir a sus teorías locas 👀💔
Y recuerden seguirme en mis redes para no perderse nada ✨
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Las quiero muchísimo 🖤
Gracias por leerme, por comentar, por sufrir conmigo y por darle amor a mis historias 😭📚
Ahora sí… ¡quiero ver MUCHOS comentarios! 😈✨
Besos 💋
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Alma se despertó a las seis de la mañana.
El cuerpo no sabía hacer otra cosa. Veinte años de quirófanos y turnos habían instalado una alarma interna que no consultaba calendarios ni circunstancias. Las seis de la mañana y los ojos abiertos, el cuerpo listo para algo que esta mañana no existía.
Hizo café. Lo hizo despacio, midiendo las cucharadas con más atención de la necesaria porque tener las manos ocupadas ayudaba, aunque fuera con algo tan pequeño. Luego fue a la sala con la taza y se sentó en el sofá y miró por el ventanal la ciudad que empezaba a moverse allá abajo. Los carros, la gente, todo el mundo yendo a algún lado.
Ella no tenía a dónde ir.
Lucía apareció a las siete con el uniforme puesto y la mochila al hombro y una tostada en la mano porque se había quedado dormida y llegaba tarde.
— No te quedes todo el día en el sofá — le dijo al pasar.
— No me voy a quedar todo el día en el sofá.
— Mmm.
La puerta cerró.
Agatha limpió. Alma la observó un rato, intentó ayudar, Agatha la miró con una paciencia infinita y le dijo que descansara, que para eso estaba ella. Alma se sirvió un segundo café que no quería y volvió al sofá y miró el techo.
A las nueve llamó a Valentina.
— ¿Qué hago yo mientras esto se resuelve?
— Recupere fuerzas, doctora — dijo Valentina. — Lo que viene va a ser largo y duro y va a necesitarlas enteras.
— No sé descansar.
— Aprenda. Tiene tiempo ahora. — Una pausa. — Úselo.
Colgó.
Alma miró el teléfono un momento. Luego miró el techo. Luego el teléfono de nuevo.
Le escribió a Máximo sin pensarlo demasiado porque si lo pensaba demasiado no lo hacía.
¿Estás ocupado esta mañana?
La respuesta llegó en menos de un minuto.
No. ¿Pasa algo?
No pasa nada. Es peor. No tengo nada que hacer y me está enloqueciendo.
Tres puntos. Luego:
Te recojo en veinte minutos.
Fueron al parque del centro.
Máximo apareció puntual con ropa casual, sin el saco de siempre, y Alma notó que se veía diferente así, más joven todavía si eso era posible, aunque se cuidó muy bien de no terminar ese pensamiento.
Caminaron sin rumbo fijo por los senderos anchos del parque con los árboles grandes a los lados y la mañana todavía fresca. Máximo caminaba a su lado con las manos en los bolsillos y ese silencio suyo cómodo que no exigía nada.
— Veinte años — dijo Alma de la nada.
— ¿Qué?
— Veinte años yendo a la clínica todos los días. Incluyendo Navidades. — Miró los árboles. — Hoy me senté en el sofá con un café y no supe qué hacer con las manos.
— ¿Y qué hiciste?
— Llamar a mi abogada para preguntarle qué hago. — Lo dijo con una media sonrisa que reconocía lo ridículo de la situación. — Me dijo que descanse. Como si eso fuera una instrucción útil para alguien como yo.
— ¿Y cómo es alguien como tú?
Alma lo miró de reojo.
— Alguien que no sabe estar quieta.
— Eso lo noto.
— ¿Se nota tanto?
— Llevas diez minutos caminando como si fueras a llegar a algún lado — dijo Máximo. — Relaja el paso, Alma. No hay cirugía esperando.
Ella lo miró. Miró sus propios pies. Efectivamente iba a un ritmo que no era de paseo sino de persona con destino y horario.
Redujo el paso. Despacio, con el esfuerzo consciente de quien tiene que recordarse a sí misma que puede ir más lento.
Máximo no dijo nada. Solo ajustó el suyo al de ella.
Pasaron frente a un carrito de helados y Máximo paró sin preguntarle.
— ¿Cuál quieres?
— No tengo hambre.
— No te pregunté si tenías hambre. — Ya estaba hablando con el vendedor. — ¿Cuál quieres?
— De vainilla.
— Dos de vainilla.
Le puso el helado en la mano y siguieron caminando. Alma lo miró un momento antes de darle el primer mordisco y algo en ese gesto tan simple y tan sin importancia le resultó completamente desproporcionado, no supo bien por qué.
— ¿Cuándo fue la última vez que comiste un helado? — preguntó Máximo.
Alma pensó.
— No recuerdo.
— Eso es un problema.
— Tenía cosas más importantes que hacer que comer helado.
— Nadie tiene cosas más importantes que comer helado — dijo Máximo con total seriedad. — Es una de las pocas verdades absolutas que existen.
Alma lo miró.
Y se rió. Una risa corta y genuina que llegó sin avisar y que la sorprendió a ella misma porque no recordaba cuándo había sido la última vez que algo le había sacado una risa así, de esas que no se piensan.
Máximo la miró con esa expresión suya tranquila, pero con algo nuevo adentro, algo que se encendió apenas cuando ella se rió y que él guardó rápido donde no se viera.
Siguieron caminando.
Doblaron por el sendero del jardín interior del parque, ese que tenía el pasto bien cuidado a los lados y las flores de temporada en jardineras a lo largo del camino. Alma estaba en mitad de una frase sobre algo que Lucía había dicho esa mañana cuando sintió el primer chorro de agua en el tobillo.
Se detuvo.
Miró al suelo.
Los aspersores del jardín habían arrancado sin aviso, esos que salen del pasto y giran en círculo y mojan todo lo que esté en el radio equivocado. Uno de ellos le había dado directo en los zapatos. Otro alcanzó a Máximo en la pierna del pantalón.
Se miraron.
— Corre — dijo Máximo.
Corrieron.
O intentaron correr, que es diferente, porque los aspersores estaban distribuidos por todo el jardín y cada vez que esquivaban uno aparecía otro y al final de diez segundos los dos estaban medio mojados y parados en el único punto seco que quedaba, un cuadrado pequeño de pasto entre dos chorros, riéndose como dos personas que han decidido que ya no vale la pena intentar escapar.
Alma tenía el cabello húmedo en las sienes y los zapatos empapados y el helado, de algún modo, intacto en la mano.
Lo miró.
— Salvé el helado.
— Las prioridades claras — dijo Máximo. Tenía la camisa manchada de agua en el hombro y estaba riéndose todavía con esa risa suya que era más tranquila que la de la mayoría de la gente pero que cuando llegaba era completamente real.
Alma lo miró en ese momento sin el filtro de todo lo demás, sin el peso de la semana ni la demanda ni Darío ni los cuarenta y ocho años ni los veinticinco de él, solo mirarlo, y pensó que era ridículamente guapo cuando se reía así y que ese pensamiento no debería haberlo tenido pero ya era tarde.
Apartó la vista.
— Esto es tu culpa — dijo.
— Yo no programé los aspersores.
— Tú me trajiste aquí.
— Tú me escribiste a las nueve de la mañana porque no sabías qué hacer con las manos.
— Eso no tiene nada que ver.
— Tiene todo que ver. — Máximo le sostuvo la mirada un segundo. Luego señaló el camino de salida. — Vamos antes de que arranquen de nuevo.
Salieron del radio de los aspersores caminando rápido por el borde del jardín. Alma miraba al suelo buscando por dónde pisar. Máximo iba a su lado y en un momento en que ella calculó mal el paso y resbaló levemente en el pasto mojado él le puso la mano en el brazo para sostenerla, un gesto rápido y natural, y la soltó en cuanto ella se afianzó.
Pero el contacto quedó un segundo más de lo necesario.
Los dos lo sabían.
Ninguno dijo nada.
Se sentaron en un banco seco al final del sendero, al sol, con los zapatos mojados puestos porque no había alternativa. Terminaron el helado en silencio, uno de esos silencios que no pesan sino que simplemente están, como el sol de la mañana y el ruido lejano del parque.
— ¿Extrañas la clínica? — preguntó Máximo.
— Todos los días. — No lo dudó. — Es lo único que sé hacer bien.
— Eso no es verdad.
— Es casi verdad.
— Criaste sola a una hija con una cardiopatía mientras sostenías una empresa familiar y un matrimonio que resultó ser un fraude. — Lo dijo sin dramatismo. — Eso no lo hace alguien que solo sabe hacer una cosa.
Alma lo miró.
— ¿Cómo haces eso?
— ¿Qué?
— Decir las cosas como si fueran simples cuando no lo son.
Máximo pensó un momento.
— Supongo que porque las veo desde afuera. — La miró. — Tú llevas demasiado tiempo adentro de tu propia historia para verla bien.
Alma no respondió. Miró el parque, la gente pasando, los niños corriendo lejos, un perro que perseguía una paloma sin ninguna intención real de atraparla.
— Valentina dice que recupere fuerzas — dijo. — Que lo que viene va a ser duro.
— Valentina tiene razón.
— Pero no sé cómo. — Lo dijo en voz baja, casi para ella misma. — Toda mi vida supe exactamente qué hacer en cada momento. Y ahora me siento como... — Buscó la palabra. — Como esos aspersores. Que estoy ahí, debajo del pasto, lista para funcionar, pero nadie activa el sistema.
Máximo la miró.
Largo. Con esa atención que ponía en ella que a veces resultaba demasiado para sostenerle la mirada.
— El sistema ya está activado, Alma — dijo despacio. — Solo que todavía no lo sabes.
Ella lo miró.
Él apartó los ojos al frente.
Y los dos se quedaron en el banco al sol con los zapatos mojados y el silencio entre ellos que ya no era vacío sino todo lo contrario, lleno de cosas que los dos sentían y ninguno estaba listo para decir todavía.