Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.
Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.
Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.
Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.
Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.
Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.
Es una ventaja.
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Capítulo 17
A un costado del salón, Ariana permanecía de pie con calma, los ojos atentos a cada movimiento. Ya había visto lo suficiente. Avanzó hacia el grupo.
—¿Me permite revisarla?
Verónica volteó de inmediato, contrariada.
—Todavía la estoy atendiendo.
Ariana no discutió. Se limitó a contemplar a la mujer tendida en el suelo.
Diez segundos.
Quince segundos.
Su mirada era serena, pero penetrante.
Entonces habló en voz baja.
—Si esperamos más, el sistema nervioso central dejará de funcionar.
Varios médicos invitados giraron la cabeza hacia ella.
Verónica arrugó el entrecejo.
—¿Qué quieres decir?
Ariana se arrodilló del otro lado del cuerpo de la madre de Santiago. Examinó las pupilas y luego presionó un punto nervioso en la muñeca. El cuerpo de la mujer reaccionó con una convulsión leve.
Ariana dejó escapar un suspiro tenue.
—Reacción a neurotoxina compleja.
Un murmullo recorrió la multitud.
—¿Veneno?
Verónica negó con la cabeza al instante.
—¡Imposible!
—Yo me haré cargo. Por favor, déme espacio, señorita Verónica —indicó Ariana con firmeza. Su mirada era tajante; su voz no admitía réplica—. Su vida depende del tiempo.
Santiago jaló el brazo de Verónica para apartarla.
—¡Hazle caso, Vero! Yo confío en ella.
—Pero Santiago, yo…
—¡Cállate! —la cortó Santiago con frialdad—. ¡Es mi madre! No voy a permitir que la atención se retrase.
El rostro de Santiago se endureció al decir aquello. Luego se volvió hacia Ariana; su mirada desbordaba confianza.
—Confío en ti. Por favor, salva a mi madre.
Ariana no le respondió. Abrió el pequeño bolso de mano que llevaba consigo y extrajo una caja metálica. Santiago la observó con seriedad.
—¿Qué es eso?
—El antídoto —contestó Ariana con brevedad.
Un médico entre los invitados expresó sus dudas de inmediato.
—Una neurotoxina así no tiene un antídoto convencional.
Ariana abrió la caja. En su interior había varios viales pequeños con un líquido transparente.
—Exacto, porque el antídoto aún no se ha producido. —Aspiró el líquido de uno de los viales con una jeringa.
Verónica la miró incrédula.
—¿Qué medicamento es ese?
Ariana respondió sin apartar la vista.
—Una fórmula experimental.
—¿Qué?
Ariana inyectó el líquido en el brazo de la madre de Santiago. Acto seguido, presionó varios puntos nerviosos en el cuello y los hombros con una técnica de precisión milimétrica.
Todos contuvieron la respiración.
Diez segundos.
Quince segundos.
Veinte segundos.
El cuerpo de la mujer, que antes estaba rígido, dejó de temblar poco a poco. Su respiración empezó a estabilizarse.
Y entonces, de pronto…
—¡Kh… kh! —La mujer tosió con fuerza y abrió los ojos.
La multitud estalló en exclamaciones.
—¡Reaccionó!
—¡Hace un momento estaba al borde de la muerte!
Santiago contempló a Ariana con una mirada honda y abrazó a su madre de inmediato.
Mientras tanto, Verónica se quedó petrificada en su sitio. Ella era una médica competente; sabía de sobra lo intrincados que habían sido los síntomas. Y había algo que la incomodaba aún más: un medicamento como ese… no existía en ninguna publicación médica.
Uno de los doctores invitados habló al fin, en voz queda.
—Ese medicamento…
Ariana cerró su caja metálica con calma.
—Lo formulé yo misma.
El salón entero enmudeció.
Varios médicos se miraron entre sí con expresión de incredulidad.
—¿Ella misma lo formuló?
—¿Acaso usted es… la Doctora Genio que el mundo médico lleva buscando? —preguntó alguien desde la multitud.
El salón se llenó de revuelo. Los cuchicheos de los invitados se oían por todas partes, repletos de curiosidad y asombro.
Pero Ariana mantuvo la serenidad. Se volvió hacia Santiago.
—Lo que importa ahora es llevar a su madre al hospital —declaró con firmeza—. Yo la atenderé personalmente. Lo mejor es trasladarla de inmediato.
Después se puso de pie y encaró a Verónica.
—Continúe con la fiesta… esta es su noche, señorita Verónica. En cuanto a su madre adoptiva… no se preocupe, yo me encargaré de su tratamiento.
Poco después, la madre de Santiago fue trasladada al hospital.
La fiesta prosiguió, aunque el ambiente ya no era del todo el mismo. Algunos seguían sonriendo y conversando, pero otros contenían su curiosidad a duras penas.
Entre los invitados, Simón —a quien Verónica había invitado a propósito— solo pudo quedarse atónito. Una vez más, Ariana había demostrado su capacidad como médica extraordinaria.
—Ariana… ¿quién eres en realidad? —murmuró Simón en voz baja.
Verónica se giró hacia donde estaba Simón. El plan que había trazado —tender una trampa para reunir a Ariana con Simón— se había desmoronado en un instante.
¡Maldita seas, Ariana!, maldijo Verónica para sus adentros.
En los últimos días, había investigado en secreto la vida privada de Ariana. Así se enteró de la relación de Ariana con Simón, que ahora se encontraba al borde del divorcio. Llegó a creer que esa información le serviría para ejecutar su plan.
Pero ahora… todo había fracasado por completo.