Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 8
El cuarto que rentaba medía apenas lo suficiente para una cama, un buró y un clóset que no cerraba del todo bien.
No era un departamento. Compartía baño con otras dos personas al final del pasillo. La ventana daba a un callejón donde los botes de basura del bar de abajo se acumulaban cada noche.
Me senté en el borde de la cama, todavía con el uniforme puesto, la tarjeta de Alexander sobre el buró junto a los papeles sin firmar.
Miré alrededor, de verdad, por primera vez en mucho tiempo.
Había vivido peor. Recordaba bien los primeros meses con Alan, ese departamento diminuto. Recordaba haber llorado una vez, en silencio, en el baño, porque no teníamos para pagar la luz ese mes.
Pero entonces no me importaba. O no de la misma manera.
Entonces tenía a alguien con quien compartir la precariedad, y eso, de alguna manera, la volvía soportable. Convertía la falta de dinero en una aventura compartida, en una prueba que los dos estábamos superando juntos, en una historia que algún día contaríamos entre risas, ya instalados en la comodidad que sabíamos que llegaría.
Ahora no había nadie con quien compartir nada.
La precariedad, sola, no era una aventura. Era solo precariedad.
Me quedé mirando el techo, con esa mancha de humedad en la esquina que llevaba ahí desde que me mudé, y pensé, por primera vez sin esconderme de mí misma, en lo sola que estaba.
No tenía a Alan.
Tampoco a mis padres, con quienes no hablaba desde la noche en que fui de casa, dos años atrás; sabía de sobra el rencor que guardaban por haberme escapado con él y, peor aún, por haberme casado al día siguiente.
Tampoco a Samantha, mi hermana, con quien alguna vez lo compartí todo.
Lo único que me quedaba eran turnos agotadores como mesera, una habitación rentada del tamaño de un clóset, un divorcio sin firmar, y una tarjeta con un número sobre el buró.
Tomé la tarjeta entre los dedos, dándole vueltas.
Pensé en lo que había dicho Alexander. Que aquello no era una historia de amor, que no me estaba pidiendo para siempre, que al final del trato yo tendría dinero propio, contactos, experiencia, una vida que nadie podría atribuirle a Alan.
Independencia, había dicho.
Pero había algo más en lo que no había pensado hasta esa noche, sentada en esa habitación diminuta, mirando el techo manchado.
Si aceptaba, volvería a ser, de la noche a la mañana, una Mason a los ojos del mundo. No la mujer que había huido con un becario sin recursos, no la que ahora servía mesas para pagar un cuarto rentado, sino la esposa de Alexander Blackwood, futuro presidente. Mi familia jamás podría fingir que no existía si mi rostro empezaba a aparecer junto al de él en cada noticiero, en cada portada, en cada evento.
Tal vez esa fuera la oportunidad que llevaba un año sin saber cómo pedir.
Una manera de volver, no arrastrándome, no suplicando perdón por una puerta que sabía que mi madre podía cerrarme en la cara, sino entrando de nuevo a ese mundo con algo en las manos. Con una razón que ni siquiera ellos podrían cuestionar.
Odié un poco pensar así. Odié que la posibilidad de reconciliarme con mis padres dependiera, otra vez, de con quién estuviera casada, como si mi valor para ellos solo pudiera medirse en el apellido del hombre a mi lado.
Pero también, por debajo de ese rechazo, había algo parecido a la esperanza.
Extrañaba a mi hermana. Extrañaba, incluso, a mi madre, con toda su rigidez y sus expectativas imposibles. Extrañaba las cenas, el ruido de una casa llena, la sensación de pertenecer a algo más grande que un cuarto con clóset roto.
Había pasado mucho tiempo castigándome a mí misma, alejándome de todos como si mereciera esa soledad por haber tomado una decisión que ellos no aprobaban. Como si el fracaso de mi matrimonio confirmara, de alguna manera, que había estado equivocada desde el principio en desafiarlos.
Quizás no había estado equivocada en amar a Alan.
Pero quizás sí había estado equivocada en dejar que amarlo significara perder todo lo demás.
Volví a mirar la tarjeta.
No era la razón correcta para aceptar. Lo sabía. Alexander me había ofrecido un trato basado en política, en imagen, en independencia futura. Usar esa propuesta como puente para llegar a mi familia sonaba, incluso para mí, un poco patético.
Y sin embargo, ahí estaba ese pensamiento, instalándose despacio, negándose a irse.
Era, quizás, el principio de un plan.