Blanca lo dio todo por el hombre que amaba y por la amiga que consideraba una hermana. Su recompensa fue una cama de hospital, una traición susurrada al oído y una muerte que ellos mismos apuraron para quedarse con todo.
Pero el destino le devuelve algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Blanca despierta diez años en el pasado, joven, sana y con un arma que sus enemigos jamás sospecharán: sabe exactamente cómo termina cada historia. Sabe quién miente, quién engaña y quién caerá primero. Esta vez no será la esposa ingenua ni la amiga bondadosa. Esta vez, ella mueve las piezas.
Con una sonrisa dulce y un plan letal, empieza a tejer la caída de quienes la destruyeron… y en el camino se cruza con Vittorio Moretti, el poderoso dueño de la empresa, un hombre acostumbrado a mandar que, por primera vez, encuentra a alguien capaz de ponerlo de rodillas.
Venganza servida en bandeja, secretos que estallan como bombas y una pasión que arde tan fuerte como el odio. Blanca aprendió por las malas que el amor ciego mata. Ahora va a demostrar que una mujer con el corazón roto y la mente afilada es lo más peligroso que existe.
Porque quien siembra vientos… recoge tempestades. Y esta vez, la tormenta lleva su nombre.
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Capítulo 9: Ojos que Todo lo Ven
La mañana ya estaba avanzada cuando Vittorio Moretti salió de su despacho ejecutivo. Necesitaba un café fuerte, de esos que solo la máquina de la cafetería interna de la empresa sabía hacer, y decidió ir en persona, aprovechando para estirar las piernas y observar cómo marchaba el equipo.
Caminaba por el pasillo principal con pasos calmos, pero firmes, con esa postura erguida que imponía respeto aun sin decir una palabra. Al acercarse a la entrada de la cafetería, se detuvo un instante para ajustarse la manga del traje. Fue entonces cuando el sonido de una risa femenina, conocida y excesivamente dulce, le llegó a los oídos.
Vittorio alzó los ojos y miró a través del vidrio transparente de la puerta.
Ahí dentro, en una de las mesas más apartadas, estaban Frank y Lucia.
El CEO frunció ligeramente el ceño. Sabía quiénes eran. Sabía que Frank era el novio de Blanca, la empleada de Marketing que había caído en sus brazos dos veces en menos de cuarenta y ocho horas. Recordaba la cara de Frank, la credencial, la forma en que caminaba con aire de creído.
Y lo que veía ahora no dejaba lugar a dudas. No eran simples compañeros de trabajo.
Frank estaba sentado al lado de Lucia, no enfrente. Tenía el cuerpo girado hacia ella, totalmente inclinado hacia adelante, en una intimidad escandalosa para un lugar público. La mano de él descansaba sobre la mesa, muy cerca de la de ella, y sus dedos jugueteaban, casi tocando los dedos de ella.
Lucia tenía la cabeza inclinada, mirándolo con esa cara de perrito que Vittorio ya la había visto usar antes, pero que ahora era aún más intensa. Le hablaba algo en voz baja, y Frank sonreía, una sonrisa boba, totalmente entregado, como si no existiera nadie más en el mundo aparte de ella.
En determinado momento, Frank estiró la mano y le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja a Lucia, demorando los dedos en su rostro. Ella cerró los ojos un segundo, disfrutando el roce, y luego sonrió, toda boba, apoyando el hombro en el pecho de él.
Estaba claro como el día. Tenían un romance.
Vittorio se quedó parado ahí, del lado de afuera, en la sombra, observándolo todo con una expresión fría e impasible. No sentía rabia, no sentía asco, sentía apenas un análisis clínico de la situación.
Así que es esto..., pensó, cruzando los brazos sobre el pecho. El muchacho tiene una novia que parece una mujer de verdad, trabajadora, inteligente... y anda por ahí a los besos y manoseos con esta que solo sabe hacer melindres.
Vio cuando Frank tomó su propia galleta del plato y le dio un pedazo a Lucia en la boca. Ella comió, riendo, y le limpió la comisura de la boca con el dedo, en una intimidad que dolía a la vista de quien la ve.
Vittorio sintió una extraña opresión en el pecho. No conocía a Blanca a fondo, pero desde el primer momento en el pasillo, sintió algo en ella. Una fuerza, una mirada que cargaba dolor pero también determinación. Y saber que la estaban tomando por tonta ahí, mientras trabajaba honestamente, mientras planeaba cosas grandes... eso le tocó el sentido de la justicia.
—Cobarde... —murmuró Vittorio, bajo, solo para sí mismo, refiriéndose a Frank—. Y tú, niña, ¿crees que estás ganando algo?
No entró. No quiso interrumpir en aquel momento. No era su estilo montar escenas públicas. Pero guardó cada detalle en la memoria. Fotografió con los ojos la forma en que se miraban, la complicidad sucia, la traición descarada.
Vittorio les dio la espalda y se dirigió a la cocina principal, ignorando la cafetería. Ya no tenía ganas de tomar café ahí. El ambiente de aquel lugar se le había podrido.
Mientras volvía hacia el ascensor, su mente trabajaba rápido.
¿Blanca lo sabe? ¿O está allá en su escritorio, trabajando, sin sospechar nada?
Una cosa tenía clara: Frank no valía nada. Era un empleado mediocre, un hombre débil que se deja llevar por cualquier falda que le pase por delante. Y Lucia... no era más que una oportunista.
—El juego se acaba de volver personal —susurró Vittorio, apretando el botón de su piso—. Y si Blanca pretende hacer algo con estos dos... yo voy a estar hinchando por ella. Es más, voy a asegurarme de que tenga todas las cartas en la mano.
Había visto la verdad. Y secretos así, en manos de un hombre poderoso, eran armas peligrosas. Muy peligrosas.