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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 16 EL SABOR DE LA DETERMINACIÓN

La reja de hierro forjado se abrió con un zumbido suave, y el auto avanzó por un camino de grava blanca que crujía bajo las ruedas. Al levantar la vista, me quedé sin aliento: la casa de Emiliano Fierro no parecía una vivienda, sino una obra de arte hecha de piedra y luz. Era de líneas puras, sin adornos innecesarios, toda en tonos gris piedra, blanco roto y madera oscura envejecida. Grandes ventanales de piso a techo dejaban ver el interior, y entre las alas de la construcción caían dos cascadas pequeñas, cuyo agua corría sobre rocas lisas hasta desembocar en una alberca de agua turquesa que brillaba bajo el sol. Alrededor, árboles de sombra espesa y plantas verdes ordenadas con precisión —ni una hoja fuera de lugar— daban la bienvenida. Conté al menos diez habitaciones visibles desde fuera, y supe que había más espacios que no alcanzaba a ver. Todo respiraba riqueza, control, una superioridad que se sentía hasta en el aire.

Roberto detuvo el auto frente a la entrada y bajó para abrirme la puerta. Mientras caminábamos hacia la puerta principal, me detuve un segundo y lo miré de reojo.

—Disculpe —le dije en voz baja—, ¿cómo debo llamar al señor Emiliano? ¿Simplemente por su nombre?

Roberto se giró, y una sonrisa amable suavizó sus rasgos serenos.

—Puede decirle señor Fierro, señor, o patrón, como prefiera —respondió con calma—. Es un hombre que valora el respeto y las formas. No le gustan las familiaridades innecesarias.

Asentí, sintiendo cómo se me tensaban los hombros. Respiré hondo para calmarme y saqué del bolso la lista de ingredientes y los útiles que había traído por si acaso.

—Entendido —dije—. Pero… disculpe, no veo ajo ni pimentón en la despensa. Son fundamentales para lo que voy a preparar. Tengo que ir a comprarlos rápido.

—No se preocupe —respondió él con prontitud—. Vaya por esos dos ingredientes, y luego iremos al supermercado para comprar todo lo que falte. Lo que usted necesite, lo tiene.

—¿Está seguro? —pregunté, mirando el reloj de pared que colgaba en el recibidor—. El señor Félix llegará a las cuatro de la tarde, y apenas son las dos…

—Le da tiempo de sobra —interrumpió con seguridad—. Vaya tranquila, señorita. Yo espero aquí.

—Gracias, Roberto —dije, y salí de nuevo hacia el coche.

Al regresar media hora después con las bolsas llenas, me dirigí directamente a la cocina: era el espacio más grande que había visto en mi vida, con encimeras de mármol blanco que brillaban bajo la luz de las lámparas colgantes, muebles de madera oscura y una isla central donde cabían seis personas. Me apoyé un momento en el borde frío, sintiendo cómo se me cerraban los ojos: apenas había dormido tres horas la noche anterior, la mente dándome vueltas sin parar. Si logro que salga bien esto, pensé acariciando el borde de una tabla de cortar, si les gusta mi comida… este dinero será la base de mi restaurante. Mi propio espacio, mis reglas, mis recetas. Todo lo que he soñado desde que era niña.

Sacudí la cabeza para espantar el cansancio y me puse manos a la obra. Primero pelé y corté las papas en trozos iguales, los puse a hervir con sal y un toque de laurel hasta que estuvieron tan tiernos que se deshacían al tocarlos. Mientras tanto, preparé la carne: cortes finos, bien limpios, que pasé por harina, huevo batido con ajo y orégano, y pan rallado crujiente, para luego freírlos hasta que quedaron dorados por fuera y jugosos por dentro. Cuando las papas estuvieron listas, las machaqué con mantequilla tibia, leche caliente, una pizca de nuez moscada y un poquito de queso rallado, hasta obtener un puré cremoso, suave, con un tono dorado pálido que olía a hogar y a cuidado. Preparé también dos salsas: una de tomate asado con pimentón y cebolla, dulce y ahumada; y otra de crema con champiñones salteados, espesa y aromática. Cociné con calma, con el corazón puesto en cada movimiento, como si cada cucharada llevara un pedacito de todo lo que quería conseguir.

Cuando Roberto entró para ver cómo iba todo, el aire de la cocina estaba lleno de olores intensos y deliciosos.

—Solo falta sazonar al gusto y servir —le dije, limpiándome las manos en el delantal—. Todo lo demás está listo.

—Excelente trabajo —asintió él, mirando las fuentes con aprobación—. El señor Fierro debe estar bajando en cualquier momento.

Justo al dar las cuatro en punto, se abrió la puerta del comedor. Emiliano Fierro apareció en el umbral, y el aire se volvió más denso. Era un hombre alto, de hombros anchos, vestido con un traje gris perfectamente cortado que no tenía ni una sola arruga. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás con precisión, y sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo como si fuera un objeto más en la casa, no una persona. No hubo saludo, ni un gesto amable, ni siquiera una inclinación de cabeza: solo esa mirada fría, calculadora, que dejaba claro que él estaba por encima de todo y de todos.

Me puse de pie derecho, apreté las manos bajo la mesa para que no me temblaran y le sonreí con toda la naturalidad que pude reunir.

—Buenas tardes, señor Fierro. La comida está servida —dije, señalando los platos que había dispuesto frente a la cabecera.

Él tardó unos segundos en responder, como si le costara reconocer que yo le hablaba. Caminó despacio hasta la silla, se quitó el saco con un movimiento lento y elegante —lo dejó sobre el respaldo como si fuera algo sin valor—, se sentó y se desabrochó el primer botón de la corbata sin dejar de mirarme. Luego tomó los cubiertos, cortó un trozo de carne empanizada, lo miró un instante como si temiera que fuera veneno, y se lo llevó a la boca.

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