Descripción
La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.
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Capítulo 9 — Este hombre no se podía quedar quieto
Narra Maidy
Habían pasado varios días y yo empezaba a entender que Eithan tenía un problema bastante serio: no podía quedarse quieto.
Si se quedaba encerrado, se desesperaba. Si salía, terminaba metido en algún problema. Y si tomaba, peor todavía.
Era como si siempre estuviera buscando una manera de hacerse daño, aunque después dijera que no le pasaba nada.
Aquella noche yo estaba tranquilamente en mi apartamento, sentada en el sofá y mirando el teléfono. Tenía una conversación abierta con una compañera de la universidad cuando escuché unos pasos torpes por el pasillo.
Primero no les presté atención.
Pero después escuché un golpe.
—¡Juepucha!
Levanté la cabeza.
—Otra vez este hombre...
Me levanté y abrí la puerta.
Efectivamente, era Eithan.
Venía completamente borracho, caminando de lado a lado y agarrándose de la pared para no caerse.
—¡Eithan!
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
—¿Otra vez así?
—Yo estoy bien.
—¡No está bien! Está temblando.
—Es que tengo frío.
—Estamos en Manizales, pero tampoco es para tanto.
Me acerqué y entonces noté que sostenía una de sus muñecas contra el pecho.
—¿Qué le pasó ahí?
—Nada.
—Enséñeme.
—No.
—Eithan.
—Que no.
Intentó esconder la mano.
—¡Déjeme verla!
—No me pasó nada.
—Usted sí es terco, por Dios.
Finalmente me dejó mirar.
La muñeca estaba bastante inflamada y se veía claramente torcida.
Abrí los ojos.
—¡Ave María! ¿Qué hizo?
—Me caí.
—¿Cómo se cayó?
—No sé.
—¿Estaba tomado?
—Un poquito.
—Eso no es un poquito.
Él hizo un gesto infantil.
—No me regañe.
—¡Claro que lo voy a regañar!
Eithan intentó caminar hacia su apartamento.
—Venga, voy a ayudarlo.
—Yo puedo solo.
—Sí, claro.
Dio un paso y casi se fue de lado.
Lo agarré del brazo.
—¿Vio?
—No pasó nada.
—Usted definitivamente se comporta como un niño pequeño.
—No soy un niño.
—Entonces deje de comportarse como uno.
Lo llevé hasta mi apartamento y lo senté en el sofá.
—Quédese ahí.
—No quiero.
—Me importa muy poco lo que quiera.
Él me miró con cara de fastidio.
—Usted manda demasiado.
—Y usted necesita que alguien lo mande.
Fui por mi pequeño botiquín.
Antes de independizarme había hecho un curso de enfermería, así que sabía reconocer algunas lesiones y cómo actuar ante ellas. Aquella muñeca claramente necesitaba atención.
—Maidy, ¿qué va a hacer?
—Primero voy a revisarla bien y a inmovilizarla. Y después tenemos que ir a que un profesional la revise.
—No quiero hospital.
—No le estoy preguntando.
—No voy.
—Eithan...
—¡No!
—¡No me haga perder la paciencia!
Se quedó callado.
Me acerqué con cuidado.
—Relájese.
—¿Usted sabe lo que está haciendo?
—Sí. Hice un curso de enfermería, ¿se acuerda?
—No.
—Porque usted nunca escucha.
Comencé a examinarle la muñeca con mucho cuidado.
—No la mueva.
—Me duele.
—Ya sé.
—Mucho.
—Por eso no la mueva.
Eithan hizo una mueca.
—¿Y qué va a hacer?
—Voy a acomodarla lo mínimo necesario para estabilizarla. Si veo algo que no me gusta, nos vamos directamente a urgencias.
—No quiero.
—Eithan.
—Bueno...
Me concentré mientras él permanecía sentado.
Cuando intenté corregir cuidadosamente la posición de la muñeca para dejarla estable, Eithan soltó un grito.
—¡AHHH, DUELE!
Me asusté.
—¡Quieto!
—¡Me está matando!
—¡No sea exagerado!
—¡¿Cómo que exagerado?!
—Porque está gritando como si le hubieran cortado la mano.
—¡Es que duele, pues!
—Ya sé, ya sé.
Terminé de estabilizarle la muñeca y la dejé inmovilizada.
—Listo. Ahora no la mueva.
Eithan respiraba profundamente.
—Eso fue horrible.
—Más horrible fue verlo llegar caminando como borracho perdido.
—Yo podía caminar.
—Sí, claro.
Me senté frente a él.
—Ahora me va a contar qué pasó.
—Ya le dije. Me caí.
—¿Dónde?
—En la calle.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Y por qué estaba tomando?
Eithan bajó la mirada.
—Porque sí.
—Esa respuesta no me sirve.
—No quiero pensar.
La frase me hizo callar.
—Eithan...
—Cuando tomo, no pienso tanto.
—Pero después termina lastimándose.
—Ya sé.
—Entonces, ¿por qué sigue haciéndolo?
No respondió.
Se quedó mirando su muñeca vendada.
—Porque por unas horas puedo sentir que no me importa nada.
Su voz se quebró.
Yo suspiré.
—Usted sí me va a sacar canas.
Eithan soltó una pequeña risa.
—¿Está brava?
—Muchísimo.
—Perdón.
—¿Qué dijo?
—Que perdón.
—Repítalo.
—No abuse.
Me reí.
—Bueno, por lo menos sigue teniendo humor.
Eithan levantó la mirada.
—Gracias por ayudarme.
—De nada.
—Y... perdón por gritarle.
—También está perdonado.
Me levanté.
—Ahora vamos a que le revisen esa muñeca.
—¿Otra vez hospital?
—Sí.
—Maidy...
—No empiece.
—Bueno.
Lo miré y sonreí.
—Así me gusta.
Y mientras lo ayudaba a levantarse, pensé que definitivamente aquel hombre iba a terminar volviéndome loca.
Pero también sabía que, mientras pudiera, no iba a dejar que siguiera destruyéndose delante de mis ojos.