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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7 — Esmeraldas falsas, corazón verdadero

Tres días después, firmo el contrato de alquiler.

Sebastián lo preparó en una sola hoja. Fecha, nombres, monto mensual, una firma de cada lado. Sin letra pequeña, sin cláusulas ocultas, sin trampa. Lo leo completo de todas formas, porque ya aprendí que la confianza ciega es un lujo que no me puedo dar.

Le transfiero un anticipo considerable.

—No era necesario —dice, guardando su copia del contrato en un cajón de la cocina.

—Tampoco es necesario que me cobre tan poco. Pero aquí estamos.

Me mira un segundo. Algo que podría ser el fantasma de una sonrisa cruza su cara. Un movimiento imperceptible de la comisura izquierda. Desaparece antes de que pueda confirmarlo.

—Solo una regla —dice, apoyando la cadera contra la encimera y cruzando los brazos—. La habitación principal no se abre. Está cerrada con llave. Lo demás es suyo.

—Entendido.

No pregunto qué hay detrás de esa puerta. En mi vida anterior, habría preguntado. Habría insistido, habría buscado la forma de entender, de conectar, de ganarme la confianza de alguien mostrando interés por sus secretos. Ahora sé que los secretos ajenos son exactamente eso: ajenos. Y que la mejor forma de ganarse la confianza de alguien es no pedirla.

Sebastián toma su abrigo del perchero junto a la puerta. Toma sus llaves del gancho de metal. La credencial de bombero oscila un momento antes de quedarse quieta. «Capitán Montero.» Las letras negras sobre fondo blanco. La insignia del cuerpo de bomberos en la esquina inferior.

—Si necesita algo, mi número ya lo tiene.

Sale. La puerta se cierra con un clic suave. Sus pasos se alejan por el pasillo del edificio. Firmes. Sin prisa. Sin vacilación.

Me quedo sola en mi nuevo apartamento. Mío. Temporal, compartido, prestado a medias, con una habitación prohibida al fondo del pasillo y un dueño que aparece y desaparece con la discreción de un gato grande. Pero mío. El primer espacio en años donde nadie va a golpearme, encerrarme, obligarme a arrodillarme ni usarme como recipiente para los hijos de otra mujer.

Me permito un segundo de quietud. Solo uno. Luego me pongo a trabajar.

—————————————————————————————————

Esa tarde, vuelvo a la Casona Solares a recoger lo que queda de mis pertenencias. No es mucho. Cabe en una bolsa de tela.

Rodrigo me intercepta en el pasillo antes de que pueda subir las escaleras. Lleva el brazo vendado. No menciona el incidente del agua caliente. Pero su mirada dice que no lo ha olvidado.

—Mañana es el cumpleaños de la abuela. A las cuatro en punto. Viste bien y lleva un regalo que no nos avergüence.

—Lo sé. Ya tengo el regalo.

Me mira con desconfianza, buscando la grieta, el sarcasmo, la provocación. No la encuentra.

—¿Qué regalo?

—Una sorpresa.

Me deja ir. Subo al cuarto de servicio. Meto mis últimas cosas en la bolsa. Al bajar, me encuentro a Diego apoyado contra su auto frente a la puerta de la casona. Brazos cruzados, piernas cruzadas, con esa postura de modelo que adopta cuando quiere impresionar. Me estaba esperando.

—Valentina, tenemos que hablar.

Sigo caminando.

—Valentina. —Se interpone en mi camino. Su colonia cara me envuelve como una nube pegajosa—. Es sobre la boda. Sobre nosotros.

Me detengo. Lo miro a los ojos.

—El abuelo no acepta la anulación —dice, y por primera vez parece incómodo. Se pasa la mano por el pelo. Un tic que delata nerviosismo debajo de toda esa fachada—. Amenaza con desheredarme si no me caso contigo. Quiere que la boda se celebre antes de fin de año.

—Eso suena como un problema tuyo.

—Escúchame. Tengo una propuesta. —Se acerca un paso. Baja la voz—. Nos casamos. Tú me ayudas a asegurar la herencia Estrada. Una vez que tenga control de la empresa, nos divorciamos. Limpiamente. Sin escándalo. Te doy una compensación económica. Todos ganamos.

Lo miro. Su cara perfecta. Su sonrisa ensayada. Los gemelos de plata que brillan en sus puños como pequeños espejos de vanidad.

Este es el hombre que me utilizó como fachada durante cinco años. Que planeó compartirme con sus amigos como si fuera una posesión. Que dejó que Camila anidara un embrión en mi cuerpo mientras él fingía amarme.

Y aquí está, pidiéndome que lo ayude una vez más.

—Quieres que me case contigo para que heredes una fortuna, y después me botes.

—No lo digas así. Es un acuerdo. De beneficio mutuo.

—No, Diego. Mi respuesta es no. Hoy, mañana y cualquier otro día que se te ocurra preguntar.

—Valentina, escúchame...

—No tengo nada más que decir.

Paso a su lado. Llamo un taxi desde el teléfono. Diego se queda de pie junto a su auto de lujo, con la boca abierta y el discurso ensayado colgando en el aire.

—Esto no ha terminado, Valentina —dice a mis espaldas.

Me subo al taxi sin responder. A través del vidrio trasero, lo veo achicarse hasta convertirse en una silueta oscura junto a un auto que vale más que todo lo que poseo. Un hombre pequeño rodeado de cosas grandes.

Cierro los ojos. Respiro.

En mi otra vida, Diego me hizo esta misma propuesta de matrimonio instrumental, y yo acepté. Agradecida. Aliviada. Convencida de que al menos alguien me quería, aunque fuera por conveniencia. Me aferré a esa migaja durante cinco años, hasta que me enteré de que ni siquiera la migaja era real.

Esta vez, la migaja se quedó en el suelo.

El taxi avanza por las calles de Puerto del Sol. Las palmeras de la avenida costera se inclinan con el viento del mediodía. El mar brilla a lo lejos como una lámina de metal fundido.

Saco mi teléfono y llamo a Isabella.

—Necesito un favor —le digo cuando contesta—. ¿Te acuerdas de la tienda de réplicas de antigüedades que me mencionaste el año pasado? La que tiene las mejores imitaciones de joyería colonial del mercado.

—¿Para qué quieres réplicas de esmeraldas? —Isabella suena intrigada.

—Para un regalo. Para la abuela.

Un silencio breve. Puedo escuchar los engranajes girando en la cabeza de Isabella.

—Vale, ¿qué estás planeando?

—Nada que no se merezcan.

Isabella se ríe. Es una risa corta, cómplice, la risa de alguien que conoce a los Solares lo suficiente como para saber que cualquier cosa que yo haga contra ellos probablemente se la tienen ganada.

Me envía la dirección de la tienda.

—————————————————————————————————

Isabella me dio el contacto de una tienda de antigüedades que vende réplicas. Está en una calle secundaria del centro, entre una tintorería y una farmacia. Un letrero descolorido dice «Antigüedades Cárdenas — Réplicas y Curiosidades».

El dueño es un hombre de mediana edad, con camiseta sin mangas, una lupa colgada del cuello y los dedos manchados de barniz.

—¿Qué busca, señorita?

—Sus mejores imitaciones. Todo lo que tenga en esmeraldas.

Me muestra tres piezas: un cuadro supuestamente colonial con marco dorado, un par de pulseras con falsas esmeraldas y filigrana floral, y un jarrón con acabado de cerámica antigua.

Las pulseras me llaman la atención de inmediato. Son réplicas de un par de piezas coloniales, con una filigrana tan detallada que bajo la luz del sol podrían engañar a cualquier ojo no experto. Las piedras de vidrio tienen un brillo profundo, casi idéntico al de las esmeraldas. A simple vista, parecen piezas de museo.

En mi vida anterior, compré un par de pulseras auténticas de esmeraldas para regalárselas a la abuela en su cumpleaños. Me costaron medio año de ahorros y una subasta donde pujé contra coleccionistas profesionales. Las envolví con mis propias manos. Las llevé con orgullo. Y Camila me las robó diez minutos antes del brindis familiar. Interrumpió el discurso para presentarlas como suyas frente a todos los invitados. La abuela la abrazó. La abuela la felicitó. Y yo me quedé de pie con las manos vacías y la humillación ardiendo en la cara.

—¿Cuánto por las pulseras?

—Una fracción mínima de lo que costarían las auténticas, señorita. Son de las mejores imitaciones del mercado.

—Las llevo.

El dueño las envuelve en terciopelo rojo. Las guardo en mi bolso con cuidado, como si fueran una bomba de relojería. Porque eso son. Una bomba hecha a la medida de Camila.

De vuelta en el apartamento, me siento en el sofá de Sebastián. Abro la caja. Las pulseras brillan bajo la luz del atardecer que entra por la ventana del piso treinta y dos. Las falsas esmeraldas capturan la luz dorada y la devuelven en tonos verdes que parecen vivos.

Son hermosas. Falsas hasta el último micrómetro, pero hermosas.

Sonrío. Es la primera vez que sonrío desde que renací.

Camila siempre quiso lo que es mío. Esta vez, le daré exactamente lo que merece.

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