Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 19: El libro olvidado.
El sol comenzaba a filtrarse con lentitud por los grandes ventanales de la biblioteca, iluminando cada rincón con una calidez dorada que contrastaba de inmediato con la tensión punzante que aún sentía apretada en el pecho. Hacía exactamente seis años que no pisaba este lugar, el cual había sido su creación, su refugio personal y el negocio que había visto nacer y crecer con muchísimo esfuerzo y dedicación a lo largo del tiempo. Los príncipes la habían estado mirando con una intensidad tan extraña y abrumadora durante la noche anterior, que la necesidad imperiosa de buscar respuestas lógicas la había empujado a tomarse el día libre para venirse a refugiar en este espacio tan conocido.
Se sumergió por completo entre los altos estantes de madera, buscando algún libro de historia antigua que pudiera después recomendar con calma a los lectores habituales, intentando desesperadamente concentrarse en una tarea sencilla para calmar el remolino de sus pensamientos. El suave y rítmico eco de sus propios pasos contra el suelo era lo único que parecía romper la profunda quietud de aquel lugar silencioso.
—¿Leyendo de nuevo, Maeva?— resonó de repente una voz grave y conocida muy cerca de ella, interrumpiendo de golpe su efímera tranquilidad.
Su corazón dio un vuelco violento en el pecho. Levantó la vista de inmediato y ahí estaba él, el príncipe Tairon, observándola fijamente con una expresión indescifrable mientras sostenía entre las manos un libro idéntico al que Orión le había entregado en el pasado.
—Príncipe Tairon... ¿Qué hace usted exactamente aquí? —logró articular con algo de torpeza, intentando disimular a toda costa la inmensa sorpresa que la invadía.
—Solo me encuentro observando un poco esta biblioteca... ha crecido muchísimo con los años —respondió él con total calma, comenzando a caminar con paso lento y medido por el pasillo.
Maeva se enderezó de inmediato, sintiendo con fuerza una presencia que iba mucho más allá de las simples palabras formales. Intentó mantener una postura sumamente serena y distante.
—Tan solo buscaba algunos libros sobre historia antigua para poder recomendarlos luego —explicó ella, sin apartar la mirada de cada uno de sus movimientos.
El príncipe no emitió ninguna respuesta inmediata; simplemente continuó recorriendo con calma las nuevas secciones, aquellas que ni ella misma reconocía del todo debido a las recientes expansiones. De pronto, su mano se detuvo con firmeza sobre un tomo específico colocado en la estantería.
La respiración se le cortó por completo al reconocer el objeto. Era exactamente el mismo libro que Orión le había regalado hacía ya varios años, una auténtica reliquia cargada de una infinidad de recuerdos muy íntimos de su pasado compartido. ¿Cómo era posible que Tairon tuviera algo así en sus manos? ¿De dónde lo había sacado si el original estaba a buen recaudo en su propia habitación?
—¿Dónde encontró ese libro? —preguntó ella, incapaz de ocultar por más tiempo la profunda urgencia y el temblor que asomaban en su voz.
Tairon se dio media vuelta con lentitud, miró el ejemplar que sostenía con una ligera y enigmática sonrisa en los labios, y le dijo con total tranquilidad que ese libro en particular le recordaba muchísimo a ella, dejándole caer de esa manera sutil una pista bastante clara sobre su verdadera identidad que comenzó a descolocarla por completo.
—Tairon... —susurró ella casi sin aire, mientras todas las piezas de aquel rompecabezas empezaban a encajar de golpe en su cabeza.
Sin añadir una sola palabra más, el príncipe se despidió con una elegancia distante y se marchó del lugar, dejándola completamente sola, con los nervios a flor de piel y la mente absolutamente desbordada de revelaciones que cambiarían el rumbo de todo lo que creía saber.