Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
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Capitulo 3
Lidia caminaba sin rumbo fijo por las calles, con el bolso apretado contra el pecho y la mirada perdida frente a sí. No sabía hacia dónde iba, solo sabía que necesitaba alejarse, dejar atrás las palabras hirientes de Adrián y el apartamento que olía a promesas rotas. De pronto, el cielo se oscureció por completo y, sin aviso previo, empezó a llover con fuerza: una tormenta repentina que descargó agua pesada sobre el asfalto.
Buscó refugio desesperadamente y llegó a la entrada de un imponente edificio de oficinas, de cristal y acero, que se alzaba silencioso entre los demás. Se quedó bajo el gran porche, lejos del chaparrón, empapada por los bordes de la ropa y con el cabello pegado al rostro. Se abrazó a sí misma, temblando no solo por el frío, sino por el vacío que sentía en el pecho. No sabía qué hacer, a dónde ir, ni quién era ahora que todo su futuro se había desmoronado.
En ese momento, las puertas automáticas se deslizaron con un suave zumbido y salió él. Damián Blackwood. Vestía un traje oscuro impecable, con una presencia que llenaba el espacio por sí sola. Caminaba con paso firme, pero al verla detenerse bajo la lluvia, se detuvo también. La miró directamente a los ojos, y Lidia sintió que esa mirada no era como las demás: no era una mirada superficial, parecía capaz de ver más allá, de traspasar el dolor y llegar a lo más profundo de lo que ella llevaba dentro.
Él se acercó lentamente, sin dejar de mirarla, y habló con una voz grave, profunda y serena, que pareció cortar el sonido de la lluvia.
—No suele ser este el mejor lugar para esperar, menos con una tormenta así —dijo, sin apartar la vista de ella—. ¿Está bien?
Lidia levantó la vista, sorprendida de que un desconocido se preocupara por ella. Sus ojos estaban hinchados de llorar y la garganta le ardía, pero logró responder con un hilo de voz.
—Sí… gracias. Solo espero que pare un poco la lluvia. No sabía a dónde ir y… este lugar fue lo primero que encontré.
Damián dio un paso más hacia ella, y la intensidad de su mirada se hizo aún más fuerte, como si estuviera leyendo cada uno de sus pensamientos.
—No parece que sea solo la lluvia lo que la tiene así —dijo, con calma pero con certeza—. Se ve que lleva un peso encima. Uno que no es solo el agua de la tormenta.
Lidia sintió que el corazón le dio un vuelco. Nadie le había hablado así, con tanta franqueza y a la vez con un respeto que la hacía sentir vista de verdad. Una corriente extraña, cálida e intensa a la vez, la recorrió entera desde la coronilla hasta los pies, borrando por un instante el frío y el dolor. Por primera vez en horas, no sentía solo tristeza y desesperación. Sentía algo más: una chispa, una conexión que no podía explicar.
—Es… ha sido un día difícil —respondió ella, bajando un momento la mirada y volviendo a encontrarse con la suya—. Pero estaré bien. Gracias por preguntar.
Damián no se marchó. Se quedó allí, de pie a su lado, protegiéndola también con su presencia.
—La lluvia suele traer consigo cosas que necesitaban lavarse —dijo él, con una seriedad que la hizo estremecer—. Y a veces, también trae encuentros que estaban esperando el momento justo.
Lidia lo miró fijamente, sin saber qué decir, sin entender por qué aquel hombre enigmático la hacía sentir de una manera que nadie más había logrado. La lluvia seguía cayendo con fuerza detrás de ellos, pero en ese instante, bajo la entrada de aquel edificio, el mundo pareció detenerse. Y Lidia supo, con una certeza que no se atrevía a cuestionar, que aquel encuentro no era una casualidad.
La lluvia golpeaba con fuerza contra el suelo, y el viento arrastraba gotas hasta el porche donde ambos estaban de pie. Damián se mantuvo inmóvil, con la mirada fija en ella, como si nada más existiera a su alrededor.
—¿Segura de que no necesita nada? —repitió él, con esa voz grave que parecía calar hasta los huesos—. Un lugar donde refugiarse, un teléfono, alguien que la lleve a donde tenga que irse. No me gusta ver a una mujer así, sola y bajo la tormenta.
Lidia apretó el bolso contra sí, sintiendo cómo la corriente intensa que había sentido al principio no desaparecía, al contrario, crecía con cada palabra suya.
—No conozco —admitió ella, con la voz más baja—. No sé quién es, y sin embargo… me habla como si supiera lo que me pasa.
—Quizá porque lo reconozco —respondió él, dando un paso corto hacia ella, sin invadir su espacio pero acercándose lo suficiente para que ella percibiera la fuerza que emanaba—. Esa mirada. Es la de alguien a quien acaban de romper el corazón. Y que no se atreve a decirlo en voz alta.
Lidia contuvo el aliento, con los ojos clavados en los de él.
—¿Es tan evidente?
—Para quien sabe mirar —dijo él, sin apartar la vista—. Y yo sé mirar. Veo dolor, veo confusión… y también veo algo que tú misma quizá no has notado: fuerza. Mucha fuerza.
Ella soltó una risa amarga, apartando la vista un instante hacia la cortina de agua que caía ante ellos.
—Fuerza es lo que menos siento ahora mismo. Me siento como si me hubieran arrancado de raíz. No sé a dónde ir, no sé qué hacer, y hace unas horas creía que tenía toda la vida resuelta.
—La vida se encarga de desmentir nuestros planes —respondió Damián con tranquilidad, pero con una firmeza que la hizo sentir más segura—. Pero a veces lo hace para llevarnos a sitios a los que nunca habríamos llegado por nosotros mismos.
—¿Cree que es eso? —preguntó ella, volviendo a mirarlo—. ¿Que todo esto… toda esta tormenta, dentro y fuera, sea para llevarme a algún lado?
—Lo creo —dijo él con absoluta seguridad—. Y creo que este encuentro no es una casualidad. No lo siento así.
Lidia sintió cómo esa sensación extraña la recorría de nuevo, más intensa que antes, como si algo en su interior despertara por primera vez en mucho tiempo. No era miedo, no era solo curiosidad. Era algo más grande, más profundo, algo que la hacía olvidar por un instante el dolor que la había acompañado toda la tarde.
—No sé qué responderle —confesó ella—. Ni siquiera sé su nombre.
Él esbozó una media sonrisa, breve pero intensa, y se presentó con claridad.
—Damián Blackwood. Y tú no tienes que responderme nada, Lidia. Basta con que estés aquí.
Ella abrió ligeramente los labios, sorprendida.
—¿Sabe mi nombre?
—Lo supe en cuanto te vi —dijo él, sin dar más explicaciones, con esa seguridad que parecía no necesitar confirmación—. Y sé que hoy ha sido el peor día de tu vida. Pero también sé que después de la tormenta, las cosas cambian.
—¿Y si no quiero que cambien? —preguntó ella, con la voz temblorosa pero desafiante—. ¿Y si solo quiero que todo vuelva a ser como era antes?
—Porque antes no era tan bueno como crees —respondió él suavemente—. Si lo fuera, no estarías aquí, empapada y con el corazón roto. A veces perdemos algo que nos hacía daño sin saberlo.
Lidia se quedó callada, procesando sus palabras, mientras la lluvia seguía cayendo y el mundo parecía reducirse a aquel porche, a la voz de él y a la corriente que la recorría cada vez que sus miradas se cruzaban.
—Es usted un hombre muy seguro de sí mismo, Damián Blackwood —dijo ella al final, con un tono que mezclaba asombro y desconfianza.
—Soy seguro de lo que veo —corrigió él—. Y ahora mismo veo a una mujer que está a punto de empezar una nueva etapa. No sabe todavía que es así, pero lo es. Y yo… me alegra haber estado aquí para ver el momento en que comienza.
—¿Por qué le importa? —preguntó ella, acercándose un poco más, sin darse cuenta—. No me conoce.
—Quizá ya te conocía —respondió él, con la mirada fija en sus ojos—. Quizá solo estaba esperando el momento de encontrarte.
Lidia no pudo responder. Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, porque en el fondo de su pecho sentía que él decía la verdad. La lluvia continuaba golpeando el suelo, pero ella ya no sentía frío. Solo sentía esa fuerza, esa atracción imposible de explicar, que nacía entre ellos bajo la tormenta y que le hacía pensar que, tal vez, algo nuevo estaba empezando justo en ese instante.