El futuro regresa al pasado para evitar la destrucción completa, pero ¿como haces para pelear contra algo que es inevitable? ¿como fue posible que ellos terminaran juntos y encima tuviesen descendencia? quizás del odio al amor hay un solo paso o quizás, solo quizás, nunca fue odio ni rechazo.
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entre sombras y vestidos blancos
Muy lejos de cualquier reino conocido, donde los mapas dejaban de tener sentido y ningún camino conducía voluntariamente hacia aquel lugar, una cueva permanecía oculta entre enormes montañas de piedra negra.
El viento silbaba entre las grietas.
La oscuridad era casi absoluta.
Solo una fogata iluminaba parcialmente el interior.
Varias figuras cubiertas con capas negras permanecían alrededor de ella.
Ninguno mostraba su rostro.
Todos mantenían la cabeza inclinada.
Excepto una.
La mujer sentada al fondo de la cueva.
Su trono había sido tallado directamente sobre la roca y, a diferencia del resto, ella no llevaba la capucha puesta.
Su cabello caía sobre sus hombros mientras observaba las llamas.
Durante varios segundos nadie se atrevió a hablar.
Hasta que uno de los encapuchados rompió el silencio.
—Reina... algo no va bien.
La mujer levantó lentamente la mirada.
—Habla.
—Es como si supieran nuestros movimientos.
Otro de los presentes intervino.
—Pareciera que los vampiros sabían que iríamos.
La reina entrecerró los ojos.
—¿Los vampiros?
—La protección del bosque se activó antes de que pudiéramos acercarnos demasiado. Cuando llegamos, ya había soldados esperándonos.
Un murmullo recorrió la cueva.
—¿Y cómo demonios pudieron saberlo?
—No lo sé.
—Entonces averígualo.
Otro encapuchado se adelantó.
—No es solamente eso.
La reina lo observó.
—¿Qué más?
—Alguien quitó las runas del monte Kadreom.
La expresión de la mujer cambió.
—¿Qué dijiste?
—Fui a colocar algunas nuevas porque varias habían desaparecido. Pero cuando llegué descubrí que faltaban muchas más de las que pensábamos.
El fuego crepitó.
Durante unos segundos nadie habló.
La reina se puso de pie.
—¿Quién?
El encapuchado negó con la cabeza.
—No lo sabemos.
—¿Quién estuvo allí?
—No encontramos rastros claros.
La mujer cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, la paciencia había desaparecido de su rostro.
—Silencio.
Todos callaron.
—No voy a aceptar retrasos —dijo con voz fría—. Ni tampoco excusas.
Descendió lentamente los escalones de piedra de su trono.
—No hay un solo ser vivo en este maldito planeta que pueda ver el futuro.
Nadie respondió.
—Así que déjense de estupideces.
Se detuvo frente al fuego.
Las llamas iluminaron sus ojos.
—Esta vez no vamos a fracasar.
Uno de los encapuchados bajó aún más la cabeza.
—Sí, mi reina.
—Balrroj nos obedecerá.
Al escuchar aquel nombre, varios de los presentes intercambiaron miradas.
La mujer sonrió.
—Esta vez el demonio será nuestro.
Caminó lentamente alrededor de la fogata.
—Pero para conseguirlo necesitamos abrir el portal del volcán Kadreom.
Uno de los hombres se atrevió a preguntar:
—¿Y el polvo de hadas?
—Todo el que podamos conseguir.
—¿Todo?
—Todo.
La reina extendió una mano sobre las llamas.
—Necesitaremos una cantidad enorme para mantener estable el portal. Si las hadas mueren, conseguiremos suficiente.
Uno de los encapuchados levantó ligeramente la cabeza.
—¿Y si los intrusos interfieren?
La sonrisa de la mujer se volvió más amplia.
—Entonces habrá que eliminarlos.
—¿A todos?
La reina lo miró directamente.
—A todos.
Su sonrisa se convirtió en algo mucho más siniestro.
—No importa quiénes sean.
Las llamas se elevaron de repente.
La oscuridad pareció tragarse las paredes de la cueva.
Y ninguno de ellos imaginaba que, en ese mismo momento, quienes estaban intentando impedir sus planes estaban mucho más cerca de descubrirlos de lo que creían.
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En la ciudad de las brujas, la tarde era completamente diferente.
No había conspiraciones.
No había runas oscuras.
No había volcanes.
Al menos, por unas horas.
Avelina, Luna, Cony y Lyra habían decidido dedicar aquel día a algo mucho más agradable.
Encontrar el vestido de novia de Cony.
La tienda estaba llena de vestidos blancos, velos, flores y pequeños detalles brillantes.
Lyra caminaba entre los percheros con los ojos enormes.
—¡Hay muchos!
—Y todavía no vimos ni la mitad —respondió Luna.
Cony se acercó a la encargada.
—Quiero un escote en forma de corazón, pero sin demasiada pedrería. Adoro lo sencillo.
La mujer asintió.
—Creo que tengo exactamente lo que busca.
Comenzó a sacar diferentes modelos.
Las tres amigas se sentaron mientras Cony entraba al probador.
Lyra se acomodó entre Avelina y Luna.
—¿Cuánto falta?
—Acaba de entrar —respondió Avelina.
—Pero quiero verla.
—Tendrás que esperar.
—No me gusta esperar.
Luna se rio.
—Eso lo heredaste de tu padre.
Avelina la miró.
—No empieces.
—¿Qué? Es verdad.
Cony salió del probador con el primer vestido.
Luna negó con la cabeza.
—No.
Avelina sonrió.
—Definitivamente no.
Cony volvió a entrar.
Segundo vestido.
Tampoco.
Tercero.
—Demasiadas piedras —sentenció Cony.
Cuarto.
Cony salió nuevamente.
Lyra levantó las manos.
—¡Ese me gusta mucho, tía!
Cony se miró en el espejo.
Esta vez su sonrisa fue diferente.
—Tienes razón.
Giró lentamente frente al espejo.
—Es el cuarto que me pruebo y es hermoso.
Luna sonrió.
—Creo que encontramos el ganador.
Cony tocó la tela con suavidad.
—Es sencillo.
—Como querías.
—Sí.
Avelina la observó desde el sillón.
Ver a su amiga tan feliz le provocó una sensación cálida en el pecho.
—Te queda precioso.
Cony sonrió.
—Gracias, Lina.
Luna miró a Avelina.
Y una sonrisa maliciosa apareció en sus labios.
—Ahora deberías probarte uno tú.
Avelina la miró horrorizada.
—¿Yo?
—Sí.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estamos buscando el vestido de novia de Cony.
—Precisamente.
Lyra levantó la mano.
—Sí, mami. Quiero verte con uno.
Avelina la miró.
—Tú también...
—Por favor.
—No.
—Mami...
—Lyra.
La niña hizo un puchero.
Luna se cruzó de brazos.
—Tienes dos contra una.
Cony salió del vestido y se unió a la conspiración.
—Tres contra una.
Avelina suspiró.
—Ustedes deben dejar de pasar tanto tiempo juntas.
Las tres sonrieron.
—Ve —dijo Luna.
Avelina se levantó.
—Solo uno.
—Claro —respondió Luna.
La manera en que lo dijo hizo que Avelina sospechara inmediatamente.
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Mientras tanto, alguien acababa de entrar en la tienda.
Kael.
Había estado caminando por aquella zona cuando vio a Lyra a través del cristal.
La niña estaba sentada junto a las tres mujeres.
Sonrió.
Decidió entrar.
Pero antes de que pudiera llamar su atención, vio a Avelina desaparecer detrás de la puerta del probador.
No sabía por qué se había quedado allí.
Simplemente lo hizo.
Lyra estaba distraída hablando con Cony.
Luna revisaba algunos accesorios.
Nadie había notado su presencia.
Hasta que la cortina del probador se abrió.
Avelina salió.
Y Kael dejó de respirar durante un instante.
El vestido era sencillo.
Pero parecía hecho para ella.
La parte superior tenía un hermoso escote en forma de corazón y pequeñas piedras transparentes adornaban delicadamente la tela.
La falda caía con naturalidad.
No era exageradamente amplia.
Tampoco demasiado sencilla.
Perfectamente equilibrada.
Pero no fue el vestido lo que dejó a Kael sin palabras.
Fue ella.
El blanco contrastaba de manera perfecta con su cabello negro, cuyos destellos azules parecían aún más intensos bajo las luces de la tienda.
Y sus ojos verdes...
Kael sintió que algo dentro de él se detenía.
La observó caminar lentamente hacia el espejo.
Avelina se miró.
Por un momento pareció no reconocerse.
Lyra fue la primera en hablar.
—Mami...
Avelina se volvió.
La niña abrió los ojos con admiración.
—Estás hermosa.
Avelina sonrió.
—¿Sí?
—Muchísimo.
Cony se acercó.
—Lina, es precioso.
Luna estaba prácticamente sin palabras.
—Te queda...
Se quedó callada.
Avelina soltó una pequeña risa.
—¿Tan mal?
—¡No! Todo lo contrario.
Lyra miró hacia la entrada.
Y entonces lo vio.
—¡Papi!
Todas las mujeres se giraron.
Avelina también.
Y descubrió a Kael de pie junto a la puerta.
No había notado cuándo había entrado.
Kael tampoco parecía recordar que debía decir algo.
Solo la miraba.
Lyra corrió hacia él.
—¡Papi, mira a mami!
Kael bajó la mirada hacia su hija.
Luego volvió a mirar a Avelina.
—Sí.
Su voz salió más baja de lo normal.
—La estoy mirando.
Avelina sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
Luna miró a Cony.
Cony miró a Luna.
Ambas intercambiaron una sonrisa.
Lyra, completamente inocente, volvió a hablar.
—Mami está hermosa, ¿verdad?
Kael sostuvo la mirada de Avelina.
—Sí.
Una sola palabra.
Pero dicha con una intensidad que hizo que Avelina apartara los ojos.
Kael se acercó a Lyra y la levantó en brazos.
—Aunque creo que alguien está intentando robarle protagonismo a la novia.
Lyra soltó una carcajada.
—¡No! Tía Cony es la novia.
—Entonces tenemos dos princesas.
—¡Y Pegazo!
—Pegazo no cuenta.
—Sí cuenta.
—No.
Avelina sonrió.
Pero mientras observaba a Kael jugar con su hija, no pudo evitar recordar las imágenes que Serafine había visto.
El hombre que la abrazaba.
El hombre que la besaba.
El hombre que la miraba exactamente como acababa de hacerlo.
Y por primera vez, una pregunta apareció en su mente.
No era sobre el futuro.
Ni sobre Shadow.
Ni sobre Balrroj.
Era mucho más peligrosa.
¿Y si aquel futuro no estaba tan lejos como ella quería creer?
Avelina volvió a mirar a Kael.
Él seguía jugando con Lyra.
Y cuando sus ojos volvieron a encontrarse, ninguno de los dos supo por qué ninguno apartó la mirada.