Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 16: AL LÍMITE
Nicolas Donovan
Dos minutos. Ese era el tiempo exacto que le permitía a Chloe Bennett estar lejos de mi vista antes de que una posesividad irracional comenzara a perforarme las entrañas.
Dimitri Volkov seguía hablando sobre las proyecciones de distribución en el mar Negro, pero yo ya no lo escuchaba. Mis ojos claros estaban fijos en la puerta del salón privado. El ambiente en la mesa me resultaba insoportable tras haber visto la forma lasciva en que esos hombres la habían escaneado durante toda la cena.
Iba a ponerme de pie para ir a buscarla cuando un sonido sutil, amortiguado por las alfombras del pasillo exterior, me congeló la sangre en las venas. Fue un golpe seco. Y luego, un grito ahogado que pronunció con un hilo de terror puro: «¡Ayuda!».
No lo pensé. No medí el impacto diplomático, ni las acciones de la bolsa, ni el maldito contrato de millones de dólares que acabábamos de firmar. Me puse de pie de un salto, derribando la pesada silla de caoba hacia atrás, que impactó contra el suelo con la fuerza de un trueno. Dimitri y su otro socio se quedaron mudos, sorprendidos por mi violenta reacción, pero yo ya me movía con la velocidad de un depredador sediento de sangre.
Salí del salón privado a pasos agigantados, abriéndome paso por el pasillo en penumbra. Al doblar la esquina que conducía a los baños, la escena que encontré me desató un demonio salvaje en el estómago.
Alexei tenía a Chloe acorralada contra la pared. La sostenía por las muñecas con una fuerza bruta, mientras su cuerpo asqueroso se aplastaba contra el satén azul del vestido que yo mismo le había comprado.
El infeliz tenía el rostro enterrado en su cuello blanco y su otra mano tiraba con violencia del escote, desgarrando la tela con un sonido limpio que me nubló la vista por completo. Ella luchaba, lloraba y giraba la cara con desesperación, intentando escapar de una violación inminente.
Un rugido de pura furia animal escapó de mi garganta.
—¡Suéltala, maldito bastardo! —rugí, y mi voz barítona retumbó en las paredes de madera del restaurante como una detonación.
Me lancé sobre él antes de que pudiera reaccionar. Lo tomé por el hombro de su saco oscuro y lo arranqué de encima de Chloe con una fuerza descomunal, arrojándolo hacia el centro del pasillo.
Alexei trastabilló, borracho y sorprendido, pero antes de que pudiera recuperar el equilibrio, mi puño derecho impactó de lleno contra su mandíbula con un golpe seco, brutal y cargado con los doscientos kilos de mi propia furia.
El sonido del hueso rompiéndose resonó en el pasillo. Alexei salió despedido hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el marco de una puerta antes de desplomarse en el suelo alfombrado, escupiendo sangre y quejándose como un perro herido.
No me detuve. Caminé hacia él con la intención de patearle las costillas hasta dejarlo inconsciente, pero Dimitri y su otro socio aparecieron corriendo por el pasillo, poniéndose entre el cuerpo ensangrentado de Alexei y yo.
—¡Señor Donovan! ¡Por favor, deténgase! —exclamó Dimitri, pálido al ver la escena y notar la mirada de asesino que yo cargaba en el rostro—. ¡Ha sido un error! ¡Alexei ha tomado demasiado vino! ¡Le pido una disculpa en nombre de mi consorcio!
Me detuve, respirando de forma entrecortada, sintiendo cómo los músculos de mis hombros amenazaban con romper las costillas del chaleco azul marino. Ajusté las mangas de mi saco con una parsimonia letal, manteniendo mis ojos fijos en Dimitri. La tensión en el pasillo era tan espesa que los propios camareros del lugar se habían quedado estáticos a la distancia.
Miré a mi lado de reojo. Chloe estaba temblando contra la pared, sosteniendo el escote desgarrado de su vestido con una mano, con las lágrimas corriendo por sus mejillas pintadas y el labio inferior mordido por el dolor y el susto. Verla rota por segunda vez en la semana me encendió un fuego de posesividad destructivo.
—Escúchame bien, Volkov —dije, y mi voz bajó a un registro tan gélido y susurrante que los tres rusos se tensaron de inmediato—. Por el respeto que le tengo a nuestra trayectoria comercial y a los años que llevamos haciendo negocios con su familia, no voy a romper el trato que acabamos de firmar en esa mesa. El contrato sigue en pie. Pero que esto les quede grabado a fuego en la cabeza a todos ustedes: siempre que se cruzan las líneas de mi propiedad, hay un precio muy alto que pagar. Si este infeliz vuelve a respirar el mismo aire que mi asistente, o si se atreve a mirarla una sola vez más, me encargaré de destruir cada una de sus malditas filiales en el Báltico antes de que termine la semana. Llévenselo de mi vista antes de que decida terminar el trabajo que empecé con mis propios puños.
Dimitri asintió con la cabeza, asustado por la fría determinación de mis palabras. Hizo una seña a su otro socio y entre los dos levantaron al maltrecho Alexei del suelo, arrastrándolo hacia la salida trasera del restaurante.
Me giré de inmediato hacia Chloe. Toda la rigidez asesina de mi cuerpo se transformó en una urgencia desesperada por protegerla. Me acerqué a ella a grandes pasos, me quité el saco azul marino del traje y se lo coloqué con cuidado sobre los hombros, cubriendo el vestido desgarrado y su piel expuesta.
—¿Te hizo daño, Chloe? ¿Estás bien? —pregunté con un tono espeso y ronco, acunando su rostro con mis manos grandes, obligándola a mirarme.
—Yo... estoy bien, señor —articuló ella entre sollozos huraños, aferrándose a las solapas de mi saco, buscando el calor y el aroma a sándalo que desprendía la tela—. Llegó a tiempo... Gracias.
El trayecto de regreso al hotel se desarrolló en un silencio absoluto, pero no era el silencio profesional de la tarde; era una atmósfera cargada de una vibración densa, animal y sumamente cliente.
En el asiento trasero de la camioneta, mantuve a Chloe sujeta contra mi costado, con mi brazo firme alrededor de sus hombros. Ella estaba un poco asustada, el temblor de su cuerpo disminuía poco a poco, pero a medida que los minutos pasaban, comenzó a desenvolverse.
Apoyó la cabeza en mi pecho, permitiendo que mis dedos se enredaran en su cabello rubio desordenado. El deseo que habíamos contenido en el vestidor regresó multiplicado por mil, espoleado por la adrenalina del peligro y el alivio de la salvación.
Cuando entramos a la suite presidencial del hotel, el clic de la cerradura electrónica marcó el inicio de nuestra propia zona de guerra. Dejé caer las carpetas sobre la mesa de la entrada sin mirar.
Chloe caminó con pasos vacilantes hacia el centro de la estancia. Seguía vistiendo mi saco azul marino, lo que la hacía lucir ridículamente sexy e indefensa, como una mujer que ya me pertenecía por completo y ahora yo era su dueño. Me acerqué a ella por la espalda, la tomé de la cintura con una delicadeza tosca y la ayudé a sentarse en el inmenso sofá de cuero negro que dominaba la sala.
Me arrodillé frente a ella, quedando entre sus piernas abiertas. Ella me miró desde el borde del sillón, con los ojos verdes encendidos por una mezcla de vulnerabilidad y una lascivia salvaje que ya no intentaba ocultar. Su respiración era corta, haciendo subir y bajar el escote que aún permanecía cubierto por la tela de mi saco.
—Chloe... —mi voz brotó como un barítono espeso, cargado de una impaciencia intolerable—. Necesito saber si estás lista para lo que va a pasar aquí. Porque si doy un paso más, no habrá nada que me detengan de tomarte por completo.
Ella no respondió con palabras. Su respuesta fue deslizar el saco de mis hombros, dejándolo caer al suelo del sofá, exponiendo por completo el satén azul desgarrado de su vestido y la delicadeza del encaje negro que contenía sus senos. Se inclinó hacia adelante y rodeó mi nuca con sus manos pequeñas, atrayéndome hacia ella con una urgencia que me destrozó la cordura.
Nos encontramos en un beso de una intensidad brutal.
Nuestras bocas se estrellaron con el hambre acumulada de semanas de miradas secretas y deseos reprimidos en el piso cuarenta y cinco. La besé con posesividad, metiendo la lengua con fuerza en su cavidad, saboreándola, devorándola, mientras mis manos grandes subían por sus muslos descubiertos a través de la abertura de la falda, desgarrando sutilmente el satén para abrirme camino hacia su intimidad. Chloe soltó un gemido largo y ahogado contra mis labios, arqueando la espalda, buscando con desesperación el contacto de mi cuerpo.
Subí mis manos por su vientre hasta llegar a sus senos, apretándolos sobre el encaje francés, sintiendo sus pezones endurecidos como rocas contra mis palmas. La tensión sexual en el sofá se volvió una locura caliente. Ella se movió sobre mi regazo, frotando su centro húmedo directamente contra la enorme y rígida protuberancia que empujaba la tela de mi pantalón, haciéndome soltar un rugido ronco en su cuello.
Estábamos ya intentando llegar más lejos. Con un movimiento desesperado, metí los dedos debajo de la fina tira de sus bragas de encaje, encontrando su feminidad completamente empapada, ardiendo en una fiebre que pedía a gritos ser apagada por mi hombría. La toqué con rudeza, haciéndola jadear y retorcerse debajo de mí.
Chloe separó sus labios de los míos por un segundo, buscando el aire que se le escapaba, con los ojos vidriosos y perdidos en la inmensidad de mi mirada posesiva. Se aferró a las solapas de mi chaleco con una fuerza salvaje, clavando sus uñas en la tela azul marino.
—Nicolas... por favor... te deseo —jadeó ella, con la voz quebrada por la lujuria pura, entregándome las últimas llaves de su voluntad—. Hazme tuya ahora mismo. Te deseo tanto que me quema por dentro.
El calor en la suite llegó a su punto de ebullición. La miré fija, con mis ojos devorando cada facción de su rostro entregado, sabiendo que la línea ya no existía y que lo que vendría a continuación nos consumiría por completo en el fuego de nuestra propia transgresión.