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Fuegos Artificiales Invisibles

Fuegos Artificiales Invisibles

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:651
Nilai: 5
nombre de autor: Yelina Lopez

¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.

NovelToon tiene autorización de Yelina Lopez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Eco De La Marea

Escenas explistas para +18

El despertar del día siguiente nos encontró envueltos en las sábanas desordenadas, con el sol de la mañana filtrándose por el ventanal y pintando destellos dorados sobre nuestras pieles desnudas. Gonzalo me tenía abrazada por la espalda, su mano descansando sobre mi vientre con un gesto de posesión pacífica. Sentir el calor de su cuerpo contra el mío me recordó la intensidad de la noche anterior, una entrega tan salvaje y libre que había borrado cualquier rastro de la timidez que alguna vez gobernó mi vida.

Nuestra luna de miel consistía en dos semanas en una playa privada del Caribe, un viaje que Gonzalo había planeado meticulosamente para que estuviéramos completamente aislados del mundo. Tras un vuelo donde no dejamos de tocarnos las manos y besarnos a escondidas de los pasajeros, llegamos a un bungalow flotante sobre un mar de aguas cristalinas y turquesas.

La primera tarde en la playa fue un juego constante de seducción. Llevaba un bikini negro diminuto que dejaba al descubierto mi silueta de modelo; Gonzalo no podía quitarme los ojos de encima mientras tomábamos dos tragos frutales que Jester nos había recomendado preparar.

—Si sigues mirándome así, la gente de la playa va a pensar que me vas a comer aquí mismo —bromeé, acomodándome los lentes de sol.

—No me importa lo que piense la gente —respondió él, levantándose de su camastro para sentarse a horcajadas sobre las mías, su mirada fija en el escote de mi traje de baño—. Eres mi esposa, Yadira. Y tengo intenciones de recordártelo cada hora de este viaje.

Su mano bajó por mi muslo, subiendo con un descaro caliente por debajo de la tela de mi bikini, buscando mi intimidad que ya comenzaba a reaccionar ante su cercanía. El roce de sus dedos ásperos contra mi piel sensible, bajo el sol abrasador y con el sonido de las olas de fondo, encendió una chispa inmediata. Gonzalo se inclinó para besarme, un beso que comenzó suave pero que rápidamente se transformó en un intercambio húmedo y necesitado.

Regresamos al bungalow casi corriendo, cerrando las cortinas de lino blanco para dejar el espacio en una penumbra fresca. Gonzalo me despojó del bikini de un solo tirón, arrojándome sobre la mesa de madera del balcón privado que daba directo al mar. La urgencia de la tarde era distinta a la de la noche de bodas; era un deseo hambriento, alimentado por el calor del sol y el olor a sal en nuestra piel.

Se desnudó con rapidez, su miembro erecto apuntando hacia arriba, goteando un líquido transparente de anticipación. Me tomó de las piernas, levantándolas hacia sus hombros, dejándome completamente expuesta y abierta ante él. Sin preámbulos, se hundió en mí con una estocada profunda que me hizo soltar un grito que se perdió en el rumor del océano. El ritmo de la tarde fue implacable; Gonzalo me embestía con fuerza, sus manos sosteniendo mis caderas con firmeza para guiar cada golpe directo a mi punto más sensible. Las paredes de lino se mecían con el viento mientras nuestros cuerpos sudorosos chocaban con un eco húmedo y rítmico.

Me vine dos veces seguidas, con contracciones violentas que me hicieron morder mi propio brazo para no gritar demasiado fuerte, sintiendo cómo el placer me consumía las entrañas. Gonzalo, estimulado por mis orgasmos, aceleró el bombeo, hundiéndose con una violencia deliciosa hasta que soltó un gemido largo y se vació con fuerza dentro de mí, regando mi interior con su semen caliente. Nos quedamos abrazados en el balcón, escuchando la marea, sabiendo que el amor que habíamos construido no solo tenía la sintonía de las palabras, sino la vibración perfecta y eterna de nuestros cuerpos entregados al placer.

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