Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 17: La ley de la manzana (Valeria se empieza a cuidar)
El sonido de la pequeña locomotora salvaje seguía rebotando en las paredes de la mente de Valeria. Por más que intentara distraerse revisando planos de diseño de interiores o discutiendo con los proveedores de cerámica, el *tucu-tucu-tucu* acelerado que había escuchado en el consultorio ginecológico se había instalado en su cabeza como una alarma de realidad. El susto inicial y esa inesperada oleada de ternura que le había apretado el pecho la habían hecho recapacitar de golpe. Ya no se trataba de ganar una apuesta de un millón de dólares ni de jugarle malas pasadas al estirado de su esposo; había un ser diminuto, del tamaño de un grano de arroz, que dependía exclusivamente de lo que ella decidiera meterse a la boca.
El chip de Valeria cambió de la noche a la mañana. Decidió, por estricta voluntad propia y por amor a la criatura, que era hora de empezar a cuidarse en serio. Adiós a las bolsas gigantes de papitas saladas a las ocho de la mañana y a los baños de salsa picante industrial.
El único y verdadero problema era el orgullo monumental de Valeria Grien.
Bajo ninguna circunstancia iba a permitir que Maximiliano Starling se enterara de su repentina conversión a la vida saludable. Si el "cara de iceberg" la veía comer una verdura al vapor o morder una fruta sin protestar, se pasaría el resto del embarazo regodeándose con su superioridad moral, soltándole discursos de "te lo dije" y asumiendo que sus sermones sobre los nutrientes orgánicos habían surtido efecto. Y eso, para el honor de los Grien, era un destino peor que la muerte.
Así fue como la cocina del apartamento se transformó en el escenario de una operación de contrabando digna de una película de espías.
Valeria aprovechó una de las tantas reuniones de junta directiva de Maximiliano para ir al supermercado orgánico y comprar un arsenal de manzanas verdes, zanahorias baby, ramas de apio fresco y bolsas de espinacas hidropónicas. Al regresar, en lugar de acomodar los alimentos en los cajones transparentes del refrigerador —donde Maximiliano los auditaría en menos de cinco minutos—, comenzó a esconder el botín por los rincones más insólitos del clóset de la alacena, detrás de las cajas de avena y los paquetes de pasta gourmet que su esposo jamás tocaba.
El jueves por la mañana, a las siete y media, Valeria calculó que el perímetro estaba despejado. Escuchó el sonido del agua de la ducha en la suite de Maximiliano, lo que le daba una ventana de exactamente doce minutos de total libertad.
Con pasos de felino, se deslizó hasta la cocina, abrió la puerta de la alacena profunda y se metió prácticamente de cuerpo entero en el mueble. Rebuscó detrás de un frasco de conservas de alcachofas y sacó una rama de apio verde, crujiente y perfectamente lavada. Se apoyó contra la pared interna de la despensa, oculta por la gran puerta de madera, y le dio un mordisco rápido.
*¡CRUNCH!*
El crujido de la verdura resonó en el silencio de la cocina como un disparo de cañón. Valeria congeló el movimiento de su mandíbula, con los ojos abiertos de par en par. Esperó tres segundos. Nada. Aliviada, continuó masticando de prisa, tragando el agua del apio con una extraña sensación de culpa y satisfacción. Iba por el segundo bocado cuando la puerta de madera de la alacena se abrió de golpe por completo.
La luz de la cocina la inundó. Maximiliano estaba parado en el umbral, luciendo un pantalón de vestir gris, una camisa blanca impecable de botones y sosteniendo su termo de agua alcalina a medio llenar. No estaba en la ducha; se había cambiado los horarios debido a una reprogramación de su agenda.
El magnate del orden se quedó estupefacto, mirando la bizarra escena. Su esposa, una mujer que solía defender el derecho a consumir carbohidratos procesados a cualquier hora, estaba agachada en el fondo de la alacena oscura, masticando una rama de apio de treinta centímetros como si fuera un roedor sorprendido a mitad de la noche.
—¿Valeria? —preguntó Maximiliano, entornando los ojos con una mezcla de desconcierto absoluto y sospecha clínica—. ¿Qué estás haciendo físicamente dentro de la despensa? ¿Y qué es ese objeto vegetal que tienes en la mano?
Valeria tragó el pedazo de apio entero, sintiendo que le raspaba la garganta de la prisa. Escondió la rama detrás de su espalda con un movimiento torpe y salió del mueble sacudiéndose la playera, intentando adoptar una postura de absoluta dignidad que el rastro de hojas verdes en su comisura labial arruinaba por completo.
—No sé de qué me estás hablando, Starling —declaró ella, arrastrando las palabras con un cinismo desesperado—. Estaba haciendo una inspección de control de calidad en las repisas traseras. El polvo se acumula y sé perfectamente lo mucho que te altera la existencia la falta de higiene en los espacios cerrados.
—Tienes fibra vegetal entre los incisivos, Grien —replicó él, dando un paso al frente y cruzándose de brazos, con una sonrisa de suficiencia que empezó a dibujarse lentamente en su rostro de piedra—. Y puedo ver claramente el extremo de una rama de *Apium graveolens* sobresaliendo por el costado de tu cadera izquierda. ¿Estás comiendo apio crudo a escondidas detrás de las cajas de galletas?
—¡Esto no es apio! —mintió ella, sacando la rama y mirándola como si fuera un artefacto extraterrestre—. Bueno, o sea, sí es apio, pero... ¡el apio ya estaba ahí! Apareció de la nada. Seguro se cayó de alguna de las bolsas de compras de tu madre la semana pasada y quedó atrapado en el vórtice del espacio-tiempo de la alacena. Yo solo... le estaba haciendo una prueba de textura con los dientes para comprobar si todavía era biodegradable.
Maximiliano soltó una risita baja, un sonido limpio que Valeria odió con todas sus fuerzas porque sabía lo que significaba: se estaba burlando de ella con datos científicos. El millonario se acercó al mueble, metió la mano detrás del frasco de alcachofas y sacó una manzana verde, brillante y perfectamente pulida que Valeria había escondido allí una hora antes.
—Vaya, vaya —articuló Maximiliano, lanzando la manzana al aire y atrapándola con elegancia corporativa—. Una manzana orgánica de cultivo sostenible, oculta en el sector de las harinas refinadas. Parece que el contrabando de fitonutrientes es una realidad en este departamento. ¿Qué pasó, Valeria? ¿El grano de arroz desarrolló un paladar aristocrático de la noche a la mañana o es que finalmente decidiste capitular ante mis directrices de salud intrauterina?
—¡Jamás! —chilló Valeria, arrebatándole la manzana de la mano de un manotazo—. No he capitulado ante nada ni ante nadie, Starling. Esto lo hago por el bicho, porque no quiero que sus células se formen a base de tus batidos de brócoli rancio si mi cuerpo se debilita. Es una estrategia de defensa inmunológica independiente. Tú no ganaste nada.
—Oh, claro que gané —sonrió él, recostándose contra la barra de la cocina con una satisfacción que le iluminaba los ojos grises—. Mi planta de manufactura por fin ha aceptado los estándares de calidad de la junta directiva. Has implementado el protocolo de nutrición óptima de manera clandestina solo para proteger tu orgullo, pero el resultado es el mismo: el embrión está recibiendo antioxidantes de primer nivel. Debería cobrarte una regalía por el asesoramiento médico gratuito que te he proporcionado estas semanas.
Valeria le clavó una mirada asesina, le dio un mordisco monumental a la manzana verde justo en su cara, haciendo todo el ruido posible, y avanzó hacia el pasillo con paso firme.
—Sigue festejando, "cara de iceberg" —le lanzó antes de salir de la cocina—. Pero te recuerdo que sigo teniendo el control de los antojos nocturnos. Así que disfruta de tu pequeña victoria vitamínica, porque la próxima vez que se me ocurra comer una fruta, va a ser una sandía entera a las cuatro de la mañana, y tú vas a ser el encargado de rebanarla en cubos perfectos de dos centímetros.
Maximiliano la vio desaparecer por el pasillo, negando con la cabeza pero manteniendo esa extraña y sutil sonrisa que el sonido del latido del bebé le había dejado grabada en el rostro, dándose cuenta de que la guerra textil y las camisas teñidas de rosa habían evolucionado hacia una batalla nutricional donde, por primera vez, el caos de Valeria empezaba a jugar a favor del futuro de ambos.