Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 12.
Sin embargo, la paz duró lo que dura un suspiro en una tormenta. Al llegar al edificio de Marco, el teléfono de Laura estalló en notificaciones. No eran mensajes de felicitación. Eran alertas de Google y menciones en redes sociales.
—Oh, no...
murmuró Laura, sintiendo que el estofado del pueblo quería hacer una reaparición estelar.
Marco detuvo el coche y le arrebató el teléfono. La pantalla mostraba un titular amarillista en un portal de chismes empresariales: -¿Amor o Extorsión? La asistente plus-size de Marco Alarcón reclama tierras millonarias tras un romance de oficina.- Debajo, una foto de Laura en el viñedo, despeinada y con manchas de barro, comparada cruelmente con una foto de la exnovia modelo de Marco.
El artículo, claramente filtrado por Montes, sugería que Laura había usado artes de seducción y documentos falsificados para manipular al CEO y quedarse con el proyecto de La Herencia. Los comentarios eran un nido de víboras: -Claro, la gorda quiere asegurar su jubilación-, -Pobre Marco, cayó en la trampa-.
Laura sintió que el aire se volvía pesado. El complejo que creía haber domado en la sala de juntas regresó con la fuerza de un huracán. Se miró las manos, sintiéndose de repente demasiado grande, demasiado ruidosa, demasiado fuera de lugar.
—Montes es un cadáver social, solo que aún no lo sabe
dijo Marco, y su voz era tan fría que el aire acondicionado del coche pareció congelarse.
—Laura, mírame.
Ella no quería. Estaba ocupada intentando que las lágrimas no arruinaran su traje de cobalto.
—Tenía razón, Marco. Para el mundo, siempre seré la asistente que se aprovechó. No importa que tenga los papeles, no importa que sea mi sangre. Solo ven... esto.
Se señaló a sí misma, a sus curvas, a esa realidad física que la sociedad se empeñaba en llamar exceso.
Marco tomó su rostro con ambas manos, obligándola a conectar con sus ojos grises, que ahora ardían con una furia protectora.
—Escúchame bien, Laura Durán. El mundo es un lugar lleno de gente mediocre que odia ver la luz en los demás. Montes ha intentado usar tu cuerpo como un arma contra ti porque es lo único que su mente podrida puede procesar. Pero lo que él no sabe es que ese cuerpo que él critica es el templo donde están creciendo mis hijos. Es la fuerza que me puso firme en una sala de juntas. Y es, con mucha diferencia, lo más hermoso que he tenido en mi cama y en mi vida.
—Eres un cursi de manual cuando te lo propones, Alarcón
logró decir ella con una sonrisa rota, limpiándose una lágrima.
—Soy un hombre con un equipo de abogados que va a hacer que Montes desee no haber nacido
corrigió él, recuperando su sonrisa de tiburón.
—Pero antes, vamos a subir. Necesitas comida, descanso y yo necesito procesar que voy a tener que comprar un coche con mas asientos.
El apartamento de Marco era lo que Laura imaginaba, frío, minimalista y con una nevera que contenía básicamente agua mineral premium, tres limones y un sobre de jamón ibérico que probablemente costaba más que su primer coche.
—Marco, esto no es una casa, es un catálogo de muebles escandinavos
dijo ella, inspeccionando la cocina
—Aquí no hay nada que se pueda llamar merienda. ¿Dónde están las galletas, El helado de chocolate para las crisis existenciales, La mayonesa?
—Yo no como esas cosas, Laura. Mantener este físico requiere...
se detuvo al ver la ceja arqueada de ella
—Vale, pediré comida tailandesa. Y una tarta de queso. Dos tartas de queso.
Mientras esperaban el pedido, Laura se sentó en el sofá de cuero blanco, estirando las piernas. La noticia del embarazo empezaba a asentarse en su mente. Dos bebés. Dos pequeños seres que no sabían nada de Montes, de viñedos robados o de complejos. Solo sabían que estaban a salvo.
De repente, el timbre del sonó. No era el repartidor. Era la recepcionista del edificio, con una cara de pánico absoluto. Detrás de ella, una mujer de unos cincuenta años, elegantemente vestida y con un parecido asombroso con Marco, entró como un torbellino.
—¡Marco Alarcón!
gritó la mujer, ignorando por completo a Laura
—¿Qué es ese escándalo en la prensa, Quién es esa mujer que dice ser la dueña de nuestras tierras? Tu padre se está revolviendo en su tumba.
Marco se puso en pie, protegiendo instintivamente a Laura con su cuerpo.
—Madre, qué sorpresa. Siempre tan oportuna y con el volumen tan bien calibrado.
—No me vengas con ironías. Montes me llamó llorando. Dice que esa... esa chica lo ha amenazado. Y ahora veo las fotos... Marco, por favor, un poco de decoro. Si vas a tener una aventura, que al menos sea con alguien que no parezca que se ha comido a la modelo.
El silencio que siguió a las palabras de la madre de Marco fue tan cortante que Laura sintió que le faltaba el aliento. Se levantó lentamente, ignorando el pinchazo de dolor en su orgullo. Ya no era la niña de la secundaria que se escondía en el baño a llorar. Era una madre. Era una dueña. Y estaba harta.
—Señora Alarcón
dijo Laura, caminando hacia ella con una calma que sorprendió incluso a Marco
—Mi nombre es Laura Durán. Y tiene razón, no soy una modelo. Soy la mujer que tiene los títulos de propiedad que su marido robó. Y también soy la mujer que está esperando a sus nietos. A los dos.
La madre de Marco se quedó boquiabierta, mirando el vientre de Laura como si esperara que saliera un alien de allí. Marco dio un paso al frente y rodeó la cintura de Laura con su brazo.
—Lo que Laura quiere decir, madre, es que el linaje de los Alarcón, ese que tanto te preocupa, va a continuar gracias a ella. A esta chica. Así que, o cambias el tono y empiezas a pedir disculpas, o puedes irte despidiendo de las fotos de Navidad. Porque Laura es la dueña de La Herencia, de mi corazón y de la mitad de mi paciencia que aún queda intacta.
La mujer parpadeó, procesando la información del embarazo, que para ella era un milagro médico mayor que la división del átomo. Miró a Laura, luego a su hijo, y finalmente se sentó en una silla de diseño, pálida.
—¿Nietos?
susurró.
—Pero si los doctores dijeron...
—Los doctores se equivocaron
sentenció Marco.
—Laura es la prueba viviente de que el amor no se mide en básculas, sino en milagros. Ahora, si nos disculpas, nuestra comida tailandesa está por llegar y tengo a tres personas en este cuerpo
señaló a Laura.
—que necesitan cenar.
Cuando la madre de Marco finalmente se fue, todavía en estado de shock, Laura se dejó caer en los brazos de él, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Tu madre me da más miedo que Montes
confesó ella, hundiendo la cara en el cuello de Marco.
—No te preocupes. Cuando vea a los gemelos, se convertirá en una abuela insoportable que les comprará ropa de seda
la consoló él.
—Pero por ahora, solo somos nosotros. Y esa tarta de queso que viene en camino.
Laura sonrió, sintiendo que por primera vez en su vida, su peso no era una carga, sino el ancla que la mantenía firme en medio de la tormenta.