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Capítulo 24. Un abrazo imposible
Conrad guardó silencio durante unos segundos antes de tomar el sobre que Lord Edmond había llevado.
Revisó los documentos con calma.
No había duda.
Las pruebas eran suficientes para comenzar una investigación.
Cerró lentamente la carpeta.
—Le ayudaré.
Lord Edmond levantó la vista con evidente alivio.
—¿De verdad?
—Sí.
Si Simon Ardent oculta algo, lo descubriré.
El noble dejó escapar un largo suspiro.
—Gracias, Archiduque.
Conrad asintió.
Pero, mientras hablaba, sus ojos se desviaron por un instante hacia los jardines.
A través del enorme ventanal alcanzó a ver a Lyra.
La joven caminaba entre los rosales con una expresión tranquila, disfrutando del aroma de las flores.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del Fae.
Lord Edmond siguió involuntariamente la dirección de su mirada.
También vio a la muchacha.
Y su corazón dio un vuelco.
Se quedó completamente inmóvil.
Aquella forma de caminar...
La manera en que acariciaba las rosas...
Incluso la forma en que el viento movía su cabello...
Todo le resultaba dolorosamente familiar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Conrad.
Lord Edmond negó lentamente.
Sin apartar la vista de Lyra, murmuró:
—Debe ser mi imaginación...
O una estúpida alucinación de un padre que todavía no acepta la muerte de su hija.
Conrad permaneció en silencio.
El noble dio unos pasos hacia el jardín.
Lyra escuchó acercarse a alguien y se volvió.
Cuando sus ojos encontraron los de Lord Edmond, sintió un nudo en la garganta.
Él sonrió con tristeza.
—Discúlpeme, señorita.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Sí?
El hombre bajó la mirada un instante.
—Es que... me recordó mucho a mi hija.
Aquellas palabras rompieron algo dentro de Lyra.
Durante toda su vida anterior, él siempre la había protegido.
La había abrazado cada vez que lloraba.
Y ahora...
Era él quien estaba destrozado.
Sin pensarlo.
Sin medir las consecuencias.
Lyra dio un paso al frente.
Y lo abrazó.
Lord Edmond abrió los ojos con sorpresa.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Después, como si aquel gesto hubiera derrumbado todos los muros que había levantado desde la muerte de Elria, correspondió al abrazo.
Sus ojos se humedecieron.
—Gracias...
Susurró con la voz quebrada.
—No sé por qué... pero necesitaba esto.
Lyra cerró los ojos con fuerza.
Tuvo que morderse el labio para no romper a llorar.
—Todo estará bien...
Respondió en un hilo de voz.
Era lo único que podía decir sin delatarse.
Cuando finalmente se separaron, Lord Edmond sonrió con melancolía.
—Tiene un buen corazón, señorita Lyra.
Le deseo una vida muy feliz.
Ella asintió incapaz de responder.
Observó cómo el carruaje se alejaba lentamente por el camino principal.
No dejó de mirarlo hasta que desapareció tras las rejas de la residencia.
Solo entonces una lágrima escapó por su mejilla.
—Lo extraño...
Murmuró.
En ese momento sintió una presencia a su lado.
Conrad.
No dijo nada.
Simplemente se colocó junto a ella, respetando su silencio.
Después de unos instantes, extendió un pañuelo blanco.
Lyra lo aceptó con una pequeña sonrisa agradecida.
—Gracias...
Conrad contempló el camino por donde había partido Lord Edmond.
—Algún día...
Dijo con voz serena.
—Podrás volver a abrazarlo sin esconder quién eres.
Lyra levantó la vista hacia él.
Por primera vez desde que había regresado a aquel imperio, creyó que ese día realmente podía llegar.
Y, mientras el viento hacía caer los pétalos de las rosas rojas sobre el jardín, encontró un poco de esperanza en la promesa silenciosa que brillaba en los ojos dorados del Rey de la Corte Oscura.