Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Cena y propuesta.
La noche del día siguiente había caído sobre Florencia con esa elegancia silenciosa que solo ciertas ciudades poseen. Las calles brillaban bajo las luces cálidas, los autos avanzaban despacio entre edificios antiguos y restaurantes exclusivos, y dentro del vehículo negro donde viajaba Adara Lobo, el ambiente parecía cada vez más pesado.
Sus dedos jugueteaban distraídamente con el cierre de la gabardina oscura que llevaba encima del conjunto ajustado color marfil que abrazaba sus curvas con una sofisticación impecable. El maquillaje era sutil. El cabello negro caía semi ondulado sobre sus hombros. Todo en ella lucía perfecto y hermoso.
Excepto la tranquilidad porque no la tenía.
Miraba por la ventana mientras intentaba organizar las palabras correctas dentro de su cabeza. Una y otra vez ensayaba la conversación.
"Fausto, esto ya no está funcionando".
"Fausto, eres un buen hombre, pero"…
"Fausto, no estoy enamorada".
Esa última frase era la que más le costaba. No porque dudara sino porque era cruel y aunque ella había nacido en un mundo donde la crueldad muchas veces era necesaria, jamás había disfrutado herir a quienes la querían.
Apoyó la cabeza unos segundos contra el asiento y cerró los ojos. La realidad era simple… y complicada al mismo tiempo. Nunca había amado a Fausto, lo había querido. Había existido química, costumbre, compañía. Incluso deseo algunas veces. Pero amor no.
Y ahora, después de aquella madrugada de pasión y entrega con Cedric Becker, todo dentro de ella había terminado de romperse porque no podía seguir fingiendo normalidad cuando por primera vez entendía lo que era perder el control con solo una mirada.
El auto se detuvo frente a un elegante edificio residencial. Uno de sus guardaespaldas femeninos descendió primero y abrió la puerta.
—Llegamos, signorina.
Adara asintió despacio, alzó la mirada hacia el edificio mientras soltaba un suspiro lento.
Era ahora.
—La acompañamo arriba —dijo otra de las mujeres.
Adara negó inmediatamente.
—No. Me iré sola.
—Pero..
—Estaré bien. Esperen aquí.
Las guardaespaldas intercambiaron miradas breves. No les gustaba la idea. Nunca les gustaba dejarla sola, pero obedecían.
—Esperaremos aquí entonces.
Adara asintió y tomó su bolso, luego caminó hacia la entrada con paso firme, elegante y decidido, aunque por dentro sintiera una presión incómoda en el pecho.
El ascensor subió lentamente. Demasiado lento a su parecer y mientras observaba los números cambiar sobre la pantalla metálica, el recuerdo de Cedric volvió como un maldito reflejo involuntario.
Sus manos apretando su cuerpo.
Su voz grave en su oído.
Su boca contra la suya.
La forma en que había pronunciado su nombre aquella madrugada mientras p3n3traba una y otra vez.
Adara cerró los ojos apenas un instante.
"Concéntrate" —se dijo así misma.
Las puertas se abrieron finalmente y al fondo del pasillo estaba el apartamento de Fausto.
Dentro del lugar, Fausto terminaba de acomodar las últimas velas sobre la mesa cuidadosamente preparada. La cena desprendía un aroma exquisito. Pasta artesanal, vino costoso, flores frescas y música suave llenaban el ambiente de una intimidad perfectamente planeada.
Todo tenía que salir bien porque aquella noche cambiaría su vida. Miró una vez más la pequeña caja roja de terciopelo sobre la mesa auxiliar y sonrió para sí mismo.
Adara Lobo.
El apellido más poderoso de Italia.
La mujer perfecta.
Hermosa, inteligente, deseada y además… una entrada directa al núcleo más alto de la organización.
No podía perder eso.
El sonido del timbre lo hizo enderezarse de inmediato sonrió y fue a abrir.
La puerta reveló a Adara envuelta en aquella gabardina oscura que contrastaba deliciosamente con su piel clara y su cabello negro.
Dios.
Era hermosa y tenía que ser su esposa.
—Amore… —murmuró él con una sonrisa cálida.
Adara intentó corresponderla.
—Hola, Fausto.
Él se inclinó para besarla en los labios, pero ella giró apenas el rostro y el beso terminó rozando su mejilla.
Fausto lo notó, por supuesto que lo notó, ñero fingió no darle importancia.
—Pasa.
Adara entró lentamente mientras observaba el lugar. El aroma de la comida la golpeó enseguida. Y, en vez de abrirle el apetito… le revolvió el estómago porque aquello parecía demasiado perfecto para una despedida.
—Huele delicioso… —dijo en voz baja.
Fausto sonrió orgulloso.
—Preparé algo especial para nosotros.
Tomó delicadamente su cartera y la dejó sobre un sofá antes de ayudarla con la gabardina.
Y entonces ella vio la mesa, las velas, las flores, la decoración, la música. Un nudo subió inmediatamente a su garganta.
Fausto se acercó con un hermoso ramo de flores blancas y se lo entregó.
—Son tus favoritas.
Adara tomó el ramo casi mecánicamente.
—Gracias…
Él abrió la silla para que se sentara.
—Ven.
Ella obedeció despacio, su corazón comenzaba a latir demasiado fuerte.
—Fausto… necesitamos hablar.
Él sonrió mientras servía vino.
—Después de cenar. Primero quiero disfrutar contigo.
Adara tragó saliva, intentó relajarse. Quizá podía hacerlo después, quizá podía terminar la noche en paz.
Quizá…
Pero algo dentro de ella comenzaba a sentirse terriblemente incómodo.
La cena avanzó entre conversaciones suaves y sonrisas forzadas. Fausto hablaba de Italia, de nuevos proyectos, de lo feliz que estaba de tenerla cerca otra vez y Adara apenas podía probar la comida porque el peso de lo que iba a decirle parecía crecer cada segundo más.
La música sonaba baja, elegante. Demasiado romántica y ella tuvo que respirar profundo.
Ya no podía seguir esperando.
—Fausto, yo..
Pero él se levantó antes de que terminara la oración.
—Ahora yo.
Adara frunció apenas el ceño y entonces lo vio sacar aquella pequeña caja roja de terciopelo. El mundo pareció detenerse, Fausto caminó hasta ella lentamente y se arrodilló.
El corazón de Adara cayó directamente al vacío.
—Sé que no soy perfecto —comenzó él, mirándola con intensidad—, pero eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres inteligente, fuerte, hermosa… y quiero construir todo contigo.
Adara sintió la respiración atorarse en su pecho.
No.
No.
No ahora.
—Quiero despertar contigo cada mañana… quiero una vida contigo… una familia contigo.
Abrió la caja.
El diamante brilló bajo la luz de las velas.
—Cásate conmigo, Adara.
Ella cerró los ojos lentamente porque el problema era que ya conocía la respuesta y aun así no sabía cómo destruirlo.