Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Instinto de alfa averiado
Parecía decidido y yo no me daba cuenta que había sido impregnado por ese bastardo, tanto así que mi instinto había sido aniquilado frente a él.
Esa postura duró poco. Apenas un segundo.
Luego volvió a ser él.
Calmado. Firme. Hermético.
¿Me estaré perdiendo de algo?
—No me interesa ni tú, ni tu dinero —dijo—. Tampoco el apellido, ni la fama, ni la vida social de nadie. No me impresiona que seas un Lombard Sanford, Dante. Y no necesito que me “consigas” nada.
La frase fue limpia. Sin agresión. Sin resentimiento. Pero también sin una sola maldita grieta.
Lo observé con más cuidado.
—No te estaba ofreciendo dinero.
—No. Me estabas ofreciendo el papel al que estás acostumbrado.
Fruncí apenas el ceño. ¿Cómo le explico que soy virgen y que es el primer Omega masculino del que me enamoro y de seguro mi familia no lo aprobaría? Eso de alguna forma me hacía sentir rebelde.
—¿Qué papel?
Trébol dejó la botella sobre el banco y se cruzó de brazos.
—El del alfa que llega, evalúa la habitación, decide lo que quiere y da por hecho que, con el tono correcto, la insistencia correcta y la sonrisa correcta, el resto del mundo va a girar un poco a su favor.
—Eso es una interpretación bastante dura de una invitación a cenar. Me estás juzgando sin conocerme.
—No estoy hablando de la cena.
—Entonces, ¿de qué hablas?
Su mirada bajó un segundo a mi postura, a mis hombros tensos, a esa forma mía de quedarme erguido incluso cuando estaba agotado.
—De ti.
No supe por qué esa respuesta me incomodó más que un rechazo directo.
—No me conoces —dije.
—No necesito conocerte entero para reconocer ciertas cosas.
—¿Como cuáles?
Trébol se tomó un segundo antes de responder.
—Como que no estás acostumbrado a ceder. Como que no te gusta sentirte vulnerable. Como que confundes control con seguridad. Y como que, si alguna vez te metieras con alguien como yo, esperarías tener el mando de la situación.
Abrí la boca para responder, pero él me ganó.
—Y no —añadió con una serenidad brutal—. Nunca sería el pasivo si llegara a gustarme un alfa masculino.
El silencio se hizo entre nosotros como una copa de cristal a punto de romperse.
Yo lo miré. Él me sostuvo la mirada.
Y, por razones que prefiero no analizar con demasiada honestidad, sentí un calor traicionero subirme por el cuello y sentí una comezón en mi trasero. Si quería conquistarlo ¿debía permitir eso?
—Vaya —dije al fin—. Eres bastante directo.
—Me ahorra tiempo.
No sé en qué momento mi mente e instinto de alfa dejo de funcional.
¿Tan necesitado estaba de atención, de cariño y compañía?
—¿Y si yo te dijera que eso no es un problema?
—Te diría que estás hablando sin pensar. Eres alfa y yo soy Omega. Es Anti natural según la sociedad en que vivimos que seas el pasivo.
—No sería la primera vez que la sociedad se equivoca. Además deja de lado el segundo género.
—No hables sin pensar, esta vez lo estarías haciendo con demasiada confianza para alguien que ni siquiera ha sobrevivido a su primera semana de movilidad de cadera.
Tuve que reírme.
No por cortesía. Por puro reflejo. Quería verme cool.
—Eres insufrible.
—Y tú eres terco.
—Me han dicho cosas peores.
—Apuesto a que sí.
Nos quedamos callados un segundo.
Yo seguía mirándolo con una mezcla muy poco saludable de curiosidad, deseo y una irritación casi alegre. Porque lo normal habría sido ofenderme. O retroceder. O usar el orgullo como excusa para marcharme y no volver. Aceptar el próximo matrimonio impuesto por mi padre, embarazar a mi futura esposa y vivir engañado en una burbujas de mentiras y aceptar que mi esposa Omega se entregué a otro en su ciclo de calor si no es mordida por mi.
Pero Trébol no me estaba humillando. Ni provocando por deporte. Ni buscando medirse conmigo.
Solo estaba dejando algo claro: no iba a plegarse a la fantasía que yo pudiera traer encima. No por dinero. No por apellido. No por ego. No por nada.
Y eso, en lugar de apagarme, consiguió exactamente el efecto contrario.
—Entiendo —dije al fin.
Trébol alzó una ceja, escéptico.
—No, no entiendes.
—No, probablemente no —admití—. Pero estoy dispuesto a estudiar el tema.
Su boca se curvó apenas.
—Eso suena peligrosamente parecido a una amenaza académica.
—Es mi especialidad.
—Pues cambia de especialidad. Aquí solo vas a conseguir agujetas.
—No subestimes mi capacidad de insistencia.
—No subestimo nada de ti, Dante —respondió, y por primera vez su voz perdió una fracción mínima de ligereza—. Precisamente por eso te estoy diciendo que no juegues a algo que no entiendes.
La frase cayó entre nosotros con un peso distinto.
Lo noté. Él también.
Ya no sonaba a coqueteo ni a una simple conversación entre entrenador y cliente. Sonaba a una frontera real. A una que Trébol no había dibujado por capricho, sino por experiencia.
Lo miré mejor.
La calma seguía ahí, sí. La firmeza también. Pero debajo había otra cosa. Algo endurecido. No frialdad. Más bien el rastro de alguien que un día aprendió, de la peor manera posible, que el cuerpo también necesita defenderse.
No pregunté.
No porque no quisiera, sino porque incluso yo sabía reconocer cuando una pregunta llegaba demasiado pronto.
Trébol se agachó para recoger la banda elástica del suelo.
—Terminamos por hoy. Estira cinco minutos más, hidrátate y no te hagas el héroe mañana si te duele hasta el apellido.
—Eso último ya me duele de fábrica.
Él me miró un segundo sin entender la ironía.
Y esta vez sí sonrió. No mucho. Lo justo para que yo sintiera el golpe de esa sonrisa en el centro del pecho como si mi corazón hubiera estado esperando precisamente eso.
—Nos vemos la próxima clase, abogado.
Se dio la vuelta y se alejó hacia la zona de pesas.
Yo me quedé donde estaba, con la toalla en la mano, sudado, exhausto, ligeramente humillado y muchísimo más interesado de lo que sería prudente.
Rafael tenía razón en algo, y me desagradaba profundamente admitirlo.
Si Trébol Armstrong alguna vez me llevaba a una cama, no sería yo quien pondría las reglas.
La parte más absurda era que, cuanto más claro lo veía, menos ganas tenía de salir corriendo.
¿Me estará fallando el instinto?
Al contrario.
Sentí el impulso peligroso de quedarme. De aprender. De entender por qué ese omega me miraba como si pudiera leer cosas de mí que ni yo mismo quería revisar.
Y lo peor de todo era que una parte muy específica de mi orgullo —la más necia, la más competitiva, la más masculina y peor educada de todas— acababa de aceptar el reto.
Salí del gimnasio quince minutos después.
El aire nocturno me golpeó la cara cuando crucé la puerta principal, pero seguía oliendo a él. A manzanas verdes, a piel tibia, a algo limpio y adictivo que ya empezaba a confundirse con el concepto de problema.
Me subí al Maserati, dejé las manos sobre el volante y exhalé despacio.
—Perfecto —murmuré para el parabrisas—. Me atrae un omega que puede corregir mis sentadillas, destrozar mi ego y además dejarme claro que jamás va a ponerse debajo de mí. ¿Puedo ir encontra de nuestra naturaleza?
Lo pensé dos segundos.
Luego sonreí solo.
—Definitivamente tengo mal gusto.
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