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ARIA'S REVENGEANCE

ARIA'S REVENGEANCE

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Venganza / Romance
Popularitas:99
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

Es una historia sobre el poder más supremo del universo: la capacidad de ELEGIR tu propio destino, incluso cuando te enfrentas a ciclos kármicos milenarios.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO ERROR

El perfume de Aria llegaba antes que ella.

Ese aroma—una mezcla de jazmín y algo más oscuro, más profundo—era su marca registrada. Era lo primero que Marcus olía cuando ella entraba a una habitación. Y lo último que recordaba cuando se dormía. Pero esa noche, mientras la veía atravesar las puertas del restaurante francés con la luz de la tarde filtrándose a través de su cabello largo y oscuro, Marcus no sintió el acostumbrado salto de reconocimiento.

Sintió pánico.

Ella sonrió. Era esa sonrisa que había perfeccionado durante tres años de relación—la que reservaba solo para él, o eso creía. Los labios ligeramente separados, los ojos brillando con una adoración que debería haberlo hecho sentir como un dios. Pero ahora, en este momento específico, mientras ella se deslizaba en el asiento frente a él con la esperanza radiante de alguien que acababa de vivir una espera ansiosa, Marcus sintió únicamente el peso de la trampa que había construido.

"Llegué temprano," dijo ella, sus dedos buscando los suyos sobre la mesa de mármol blanco. "Estaba demasiado ansiosa. He estado esperando todo el día para verte."

Marcus miró su teléfono. Victoria había dejado otro mensaje hace quince minutos. No había respondido en tres horas. Ella estaría furiosa. O peor, estaría asustada. Y cuando Victoria se asustaba, se volvía peligrosa.

"Llegué temprano," repitió Aria, esperando respuesta.

Marcus no levantó el teléfono. Eso debería haberle advertido a Aria que algo fundamental había cambiado. Cualquier otra noche en los últimos tres años, habría dejado caer el dispositivo como si quemara, habría tomado su mano con ambas manos, habría dicho lo hermosa que se veía. Habría recitado alguna versión de "no puedo creer que sea mía" o "eres perfecta" o alguna otra mentira que él había perfeccionado en el arte de la seducción.

Pero esa noche, su dedo siguió deslizándose por la pantalla. Su atención estaba fragmentada, dividida, en otro lugar completamente. Y los ojos de Aria lo notaron. Ella era inteligente. Siempre lo había sido. Su error había sido pensar que inteligencia era lo mismo que poder.

"¿Está todo bien?" preguntó Aria, aunque ya sabía la respuesta. Había aprendido a reconocer ese silencio específico durante los últimos tres meses. Era el silencio de las mentiras próximas. El silencio de los secretos que pesan demasiado para ser sostenidos, pero que todavía se niegan a emerger.

"Perfecto," respondió Marcus, finalmente guardando el teléfono en su bolsillo de la chaqueta. "Solo trabajo. Siempre hay drama en la oficina."

Aria lo creyó.

Eso fue el primer error.

Pero primero, era necesario entender a Aria Chen completamente para comprender por qué eligió creer una mentira tan transparente. Aria había sido así toda su vida: una creyente fundamental en la bondad de los demás. Una amante de historias de cuento de hadas donde los hombres como Marcus—guapo, ambicioso, encantador cuando decidía serlo—estaban destinados a cosas grandes. Y ella, Aria Chen de veintisiete años, había sido tan extraordinariamente afortunada de ser elegida. De ser la musa. De ser el ancla que lo mantenía conectado a la tierra mientras él ascendía hacia sus sueños.

Pero lo que Aria no había comprendido durante esos tres años era que la elección de Marcus de amarla había venido con un precio no negociado. Él la había moldeado. Gradualmente, casi imperceptiblemente, había reducido sus amigos hasta que apenas viera a cualquiera excepto a él. Había desalentado sus hobbies—"No necesitas pintar, cariño, cuando podrías pasar ese tiempo conmigo." Había restructurado su horario de trabajo para que coincidiera con el suyo—"Es más fácil si los dos podemos organizar nuestros días juntos."

Y ella, en su infinita paciencia y amor, había consentido. Una por una, había abandonado piezas de sí misma. Había moldeado su vida entera alrededor de estar disponible para él. Había construido su identidad no sobre sus propios logros, sino sobre su capacidad de ser exactamente lo que él necesitaba en cualquier momento.

El segundo error fue pensar que su amor era suficiente para cambiarle el corazón.

Los platos fueron retirados. Aria esperaba el postre—compartirían un flan de caramelo, que era su tradición. Pero Marcus waved it away.

"Necesitamos hablar," dijo, sus ojos finalmente encontrando los de ella. Y lo que Aria vio en esos ojos fue algo que nunca había visto antes: indiferencia pura.

El mundo de Aria se congeló. Literalmente. Su cuerpo entró en una respuesta de supervivencia—su corazón aceleró, su respiración se volvió superficial, su sistema nervioso preparándose para la noticia que sabía, en algún nivel primordial, estaba a punto de recibir.

Esas cuatro palabras. "Necesitamos hablar." Ella había temido escucharlas durante meses. En las noches cuando él llegaba tarde. En los momentos cuando miraba su teléfono y su expresión se volvía lejana. En los silencios cada vez más largos entre sus conversaciones.

"¿Qué ocurre?" preguntó, aunque sabía exactamente lo que ocurría. Su cuerpo lo sabía antes que su mente. El calor la abandonó. Sus extremidades se volvieron frías. Su garganta se cerró.

"No eres lo que esperaba," dijo Marcus, mirándola directamente a los ojos. Y lo que lo hizo más cruel fue que no desviaba la mirada. Si hubiera mostrado vergüenza, habría sido más fácil. Si hubiera mostrado remordimiento, habría hablado a su favor. Pero su expresión era simplemente... plana. Desinteresada. Como si estuviera teniendo esta conversación con un desconocido que había conocido en el autobús.

"Cuando nos conocimos, eras diferente," continuó. "Tenías fuego. Tenías... vida. Tenías cosas propias. Ahora... ahora eres solo..." Se encogió de hombros, como si las palabras fueran demasiado insignificantes para molestar. "Plana. Aburrida. Me cansas, Aria."

Cada palabra fue un corte. Ella sintió su cuerpo sangrar internamente. Sintió los años de autosacrificio siendo desecho como basura. Sintió la vida que había construido alrededor de él colapsarse.

"Pero dijiste que me amabas," susurró Aria, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaba a dejar caer. "El año pasado, dijiste que eras el hombre más afortunado del mundo por haberme encontrado."

"Mentí," respondió Marcus con tanta casualidad como si estuviera hablando del clima. "O bueno, en ese momento pensé que era verdad. Pero las cosas cambian. Las personas cambian. Yo cambié. Tú no." Se recostó en su asiento y sonrió. Pero no era la sonrisa que ella amaba. Era la sonrisa de alguien que estaba a punto de entregar el golpe final.

"Hay alguien más," confesó.

Aria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era sorpresa. Era confirmación. Confirmación de cada teoría que había estado rumiando en las noches oscuras cuando no podía dormir. Confirmación de que su amor no era suficiente. Que ella no era suficiente. Que nunca lo sería.

"¿Quién?" preguntó, aunque la respuesta no importaba realmente. Lo único que importaba era el hecho de que existía. Que él había elegido buscar a alguien más mientras ella estaba aquí, en este restaurante, moldeándose a sí misma en la forma que él creía que quería.

"No importa," dijo Marcus. "Lo que importa es que he estado pensando en terminar esto durante meses. Tú solo... no eres suficiente, Aria."

Seis palabras. Seis palabras que destrozaron tres años de sacrificio personal.

Aria se levantó. Sus piernas temblaban, pero se levantó. Tenía que salir. Tenía que respirar aire que no estuviera envenenado por su presencia. Tenía que estar LEJOS.

"Espera," dijo Marcus, tomando su muñeca antes de que pudiera alejarse. "Siéntate. No hemos terminado."

"Sí," dijo ella, su voz más pequeña que un susurro. "Hemos terminado."

"No decides cuándo terminamos," siseo Marcus, su agarre apretándose. "Yo decido. Y digo que todavía no hemos terminado."

Aria tiró de su brazo. Marcus fue hacia atrás.

Lo que sucedió en el callejón detrás del restaurante fue un borrón de movimientos desesperados. Aria intentó alejarse. Marcus la sostuvo. Hubo una lucha, silenciosa y terrible, porque ella no quería causar una escena en el restaurante lleno de personas que fingían no ver, que fingían no oír cuando él le susurraba cosas crueles al oído.

Finalmente, logró liberarse. Corrió hacia la salida.

Marcus la siguió.

El callejón detrás del restaurante estaba oscuro. Mojado por la lluvia de la tarde. Ella no supo por qué corrió por ahí en lugar de hacia la calle principal. Quizá porque necesitaba un momento para llorar sin ser vista. Quizá porque alguna parte de ella creía que si podían estar solos, si podía hacerle entender cómo se sentía realmente...

"Aria," jadeó Marcus, atrapándola, empujándola contra la pared de ladrillo. El impacto le sacó el aire de los pulmones. "¿Por qué tienes que ser tan dramática?"

"¿Dramática?" Las palabras salieron como vidrio roto. "¿Me acabas de humiliar públicamente y destrozar el único futuro que podía imaginar, y quieres que sea MADURA al respecto?"

"Sí," dijo él. Y luego sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de amor. "Porque eres débil, Aria. Siempre lo fuiste. Y simplemente te doy exactamente lo que mereces."

Su mano fue hacia su garganta.

No para estrangularla, no exactamente. Fue más como un gesto, una demostración de poder. Pero en ese momento, mientras ella estaba contra el ladrillo frío, mientras miraba en los ojos a un hombre al que creía amar con toda su alma, algo en su cuerpo entró en pánico total. No era pánico emocional. Era supervivencia pura.

Ella empujó.

Con toda la fuerza que tenía, empujó.

Marcus fue hacia atrás, sus pies resbalando en el pavimento mojado.

Su cabeza golpeó el borde metálico del cubo de basura con un sonido que resonaría en la memoria de Aria para todas sus vidas.

Hueco. Definitivo. Final.

Aria vio cómo su cuerpo caía en cámara lenta. Vio cómo la sangre comenzaba a filtrarse desde la parte posterior de su cabeza, oscureciendo gradualmente el pavimento mojado. Vio cómo sus ojos—esos ojos que la habían mirado con burla, con posesión, con crueldad—comenzaban a apagarse.

"Marcus," dijo, cayendo de rodillas junto a él. "Marcus, no, no, no..."

Pero ya estaba demasiado lejos para escucharla. Ya estaba demasiado lejos para hacer daño. Ya estaba demasiado lejos para nunca volver.

Alguien gritó desde la calle. Luego más gritos. Luego sirenas. Luego luces rojas iluminando el callejón, iluminando su rostro mojado de lágrimas, iluminando el cuerpo inmóvil de Marcus en el pavimento.

Los paramédicos llegaron. Hicieron preguntas. Ella dijo la verdad: él la atacó. Ella se defendió. Fue un accidente. Un accidente terrible, pero un accidente.

Pero mientras estaba sentada en la ambulancia, una manta térmica alrededor de sus hombros, mientras viajaba al hospital (contusiones extensas, una fractura de muñeca, shock traumático severo), mientras esperaba noticias que nunca llegaron porque Marcus estaba muerto—realmente, irrevocablemente muerto—Aria sintió algo extraño.

No era culpa. No completamente.

Era alivio.

Por primera vez en tres años, sintió que podía respirar. Realmente respirar. La presión que había estado comprimiendo su pecho, que había estado sofocando su alma, finalmente se elevó.

Su corazón aceleró. No por miedo. Por algo más oscuro. Más profundo. Más primal.

Ella quería vivir de nuevo.

Quería EXISTIR de nuevo.

Pero Aria no sabía, mientras estaba acostada en esa cama de hospital, que su vida había terminado en más formas de las que podía comprender. No era simplemente el final de su relación con Marcus. Era el final de un ciclo que había estado repitiéndose durante milenios.

Porque morir no fue el final.

Fue apenas el comienzo.

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