Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 3: Confesiones en la oscuridad
La oscuridad del dormitorio de Alana era un refugio cálido, pero la luz azul de su teléfono iluminaba su rostro con una intensidad casi hipnótica. Estaba recostada, con las sábanas hasta la barbilla, sintiéndose extrañamente ligera. Hablar con Eros (o lo que ella creía que era una inteligencia artificial avanzada) le resultaba más fácil que hablar con cualquier ser humano. No había juicios, no había miradas de lástima, solo una voz suave y una atención absoluta.
—Sabes, Eros… a veces siento que mi vida es un algoritmo mal programado —dijo ella con una risita nerviosa, respondiendo a la pregunta de la "IA" sobre cómo se sentía realmente—. En la oficina soy el reloj suizo de Ethan Blackwood. Fuera de ella, soy solo una chica que cena comida recalentada frente a una pantalla.
Al otro lado de la ciudad, Ethan estaba sentado en su despacho privado, rodeado de sombras y del zumbido constante de sus servidores. Sus ojos grises estaban fijos en la transcripción en tiempo real de la voz de Alana. Sus dedos se apretaron alrededor de un vaso de cristal con whisky. Escucharla pronunciar su nombre con esa mezcla de respeto y cansancio le provocó un escalofrío.
—«Tu vida no está mal programada, Alana. Solo eres una joya que el mundo aún no sabe cómo pulir» —escribió Ethan rápidamente, permitiendo que el software de síntesis de voz tradujera su texto a esa melodía artificialmente cálida—. «Cuéntame más. ¿Qué es lo que más te frustra de ser tú misma ahora mismo?»
Alana soltó un suspiro largo, girándose de lado en la cama. El alcohol de la copa de vino que se había tomado antes empezaba a soltarle la lengua, dándole un valor que normalmente no poseía.
—Es todo —confesó, soltando una carcajada irónica—. Es el trabajo, es la soledad… y es mi nula experiencia en el mundo real. ¿Quieres un chiste? Soy la secretaria del hombre más codiciado de la ciudad, paso diez horas al día organizando su vida, pero mi propia vida íntima es un desierto. Tengo veintitrés años y todavía no sé lo que es estar con alguien. Sí, Eros, tu usuaria es una virgen frustrada que habla con su teléfono un lunes por la noche. Patético, ¿verdad?
El vaso de whisky de Ethan se detuvo a medio camino de sus labios. El aire pareció escaparse de sus pulmones de golpe. Virgen. La palabra resonó en su mente como una explosión. Había imaginado mil escenarios sobre el pasado de Alana, pero la realidad era infinitamente más tentadora y peligrosa. La idea de que nadie la había tocado, de que su piel era un territorio inexplorado, despertó en él un instinto primitivo de propiedad que lo dejó temblando.
—«No hay nada patético en la pureza, Alana» —escribió Ethan, y su voz, aunque filtrada, adquirió un matiz de posesividad que ella no supo identificar—. «Al contrario. Significa que eres un tesoro que no ha sido entregado a cualquiera. ¿Eso es lo que te recomienda tu algoritmo de búsqueda?»
Alana se mordió el labio, jugando con el borde de la sábana. El anonimato de la aplicación la hacía sentir valiente, casi impúdica.
—No lo sé. Es solo que… a veces miro a mi jefe, a Ethan, y pienso en lo que se sentiría ser deseada por alguien así. Pero luego recuerdo que soy invisible para él, o peor, que soy solo una pieza más de su mobiliario. Así que, señor IA, dame una recomendación de experto. Si fueras un hombre de verdad, ¿qué le dirías a una chica que no sabe ni por dónde empezar a experimentar su primera vez? ¿Cómo debería ser?
Ethan se levantó de su silla, caminando por el despacho con una energía nerviosa. Su mente volaba, visualizando a Alana en su cama, imaginando su piel contra la suya, sus manos guiándola a través de esa primera vez que ella tanto temía y anhelaba. La obsesión dio un paso más hacia la locura: él quería ser ese manual, ese guía, ese dueño.
—«Si yo fuera un hombre de verdad, Alana… te diría que tu primera vez no debería ser un experimento, sino una entrega» —comenzó a teclear con una intensidad febril—. «Te diría que necesitas a alguien que no solo tome tu cuerpo, sino que reclame tu alma. Alguien que te estudie, que aprecie cada centímetro de tu piel como si fuera arte. Alguien que no tenga prisa, que te haga temblar solo con su voz antes de siquiera rozarte. No busques a un novato, Alana. Busca a alguien que te desee con la fuerza de un huracán, pero que tenga la paciencia de un artesano».
Alana sintió un calor abrasador recorrerle el vientre al escuchar esas palabras. Cerró los ojos, imaginando que la voz no era de una máquina, sino de un hombre real, uno con manos grandes y ojos grises tormentosos.
—Eso suena… increíble —susurró ella, casi sin aliento—. Pero hombres así no existen en la vida real, Eros. Solo en los libros o en los códigos que tú manejas.
—«Existen, Alana. Están más cerca de lo que crees. Solo tienes que aprender a mirar más allá de lo que ellos permiten ver».
Ethan apagó la pantalla de su terminal después de enviar el mensaje, pero la habitación se quedó cargada con la tensión de lo dicho. Se quedó mirando la ciudad a través del ventanal, su reflejo mezclándose con las luces de los rascacielos. Su pulso era una marcha de guerra. Alana acababa de abrirle la puerta a sus secretos más íntimos, y él no iba a desperdiciar esa información.
Mañana, en la oficina, él la miraría y sabría lo que nadie más sabía. Sabría que bajo su traje profesional de secretaria, Alana Vega era una mujer que soñaba con ser poseída. Y él, Ethan Blackwood, se encargaría de que cada uno de esos deseos virtuales se convirtieran en su realidad más oscura.