Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 9 No me lastimaré si estás aquí
Carmen se fue pasada la medianoche, dejándola con un nudo de preocupación y un plan tan vago como "aguantar y ver qué pasa". Fabiana se quedó mirando el techo blanco de su apartado durante lo que parecieron horas, dándole vueltas a la misma pregunta: ¿cómo diablos se desenredaba un tema así?
Se despertó temprano, como siempre, arrastrada por el hábito y la ansiedad. Sus ojos estaban hinchados, su mente, un torbellino. Sin pensarlo demasiado (porque si pensaba, se echaba a llorar), abrió la puerta que conectaba con la habitación principal.
Y dio un grito ahogado de horror.
Lucian estaba intentando pararse. Se mecía peligrosamente al borde de la cama, sus piernas aún débiles temblaban bajo el peso de su cuerpo, a punto de caer de bruces al suelo.
—¡No! —gritó Fabiana, lanzándose hacia él.
Corrió para sujetarlo, pero no calculó la fuerza ni el impulso. En lugar de detenerlo, su cuerpo chocó con el suyo, y la frágil estabilidad de ambos se quebró. Cayeron de lado sobre la cama con un pesado ¡umpf!, una maraña de brazos, batas de hospital y piernas entrelazadas.
Y entonces, Lucian aprovechó. No para liberarse, sino para rodearla con sus brazos —aún fuertes a pesar de la debilidad— y pegarla firmemente contra su pecho. Enterró la nariz en su cabello, inhaló profundamente y susurró contra su cuero cabelludo, con una voz aún ronca del sueño pero cargada de una intimidad desarmante:
—Hueles tan bien… Extrañaba tu aroma. Suave y delicado.
Fabiana se quedó absolutamente inmóvil, paralizada por el contacto y las palabras. ¿Dónde la había olido? ¿En qué momento? Y entonces, los recuerdos la asaltaron: las incontables veces que se había inclinado sobre él para limpiarlo, cuando lo recargaba contra su hombro para acomodarle la bata en la espalda, durante los masajes… Su proximidad había sido constante, íntima, pero clínica.
Hasta ahora.
Un calor intenso le subió del cuello a las orejas, seguramente dejándola roja como un tomate maduro. Y en medio del torbellino de vergüenza y confusión, un pensamiento típicamente fabianístico, absurdamente práctico y bochornoso, cruzó su mente a toda velocidad:
"Dios mío… ¿me estuvo oliendo también esos días que llegaba tan agotada del trabajo y de ver a mis padres que me saltaba la ducha? ¡Qué vergüenza total! ¡Soy una esposa fraudulenta y olorosa!"
Fabiana intentó despegarse, pero sus brazos la mantenían con una firmeza gentil, pero innegable.
—Lucian… tienes que soltarme. Te vas a lastimar —logró decir, su voz un susurro sofocado contra su pecho.
—No me lastimaré si estás aquí —murmuró él, y su mano comenzó a trazar círculos lentos en su espalda, a través de la fina tela de su camiseta. Era un gesto instintivo, tranquilizador, de una domesticidad que no existía. —¿Por qué te tensas, Fabi? ¿Estás enojada conmigo?
¡Enojada! ¡Si él supiera! Fabiana cerró los ojos, buscando fuerzas. Recordó las palabras de su tía: "Eres su salvavidas". No podía empujarlo. No podía asustarlo.
—No… no estoy enojada —mintió, relajando sus músculos a la fuerza. —Es que… me sorprendiste. No deberías intentar levantarte solo.
—Lo sé. Pero quería verte —dijo, como si fuera la razón más lógica del mundo. —Tu lado de la cama estaba vacío.
Fabiana sintió un vuelco en el estómago. No físico, sino emocional. Era una línea sacada de la peor (o mejor) telenovela, pero dicha con una sinceridad aplastante.
—Voy… voy a llamar a la enfermera para que te ayude —improvisó, buscando una salida.
—No —fue su respuesta inmediata, y el brazo que la rodeaba se ajustó un milímetro más. —Tú me ayudas. Solo tú.
Fabiana asintió. Realmente, no podía hacer nada más que rendirse a la lógica surrealista de la situación. Con un esfuerzo que le quemaba los músculos, logró ayudarlo a incorporarse y sentarse al borde de la cama, sosteniéndolo por los hombros para que no se fuera de lado.
Fue entonces cuando Lucian, en un movimiento fluido y natural, se inclinó hacia ella. Su rostro se acercó al suyo, y antes de que Fabiana pudiera procesarlo, sintió el contacto suave y cálido de sus labios en su mejilla. Era un beso breve, dulce, doméstico. El beso de un marido que agradece a su esposa.
Fabiana, que había logrado bajar un poco su rubor, se encendió de nuevo al instante. Un fuego rápido y vergonzoso le recorrió la piel desde la mejilla besada hasta la raíz del cabello. Su mente fue un blanco estático.
Pero antes de que cualquier palabra o reacción pudiera escapar de sus labios, un sonido áspero y deliberado cortó el aire como un cuchillo.
¡Ahem!
El carraspeo de Manuel, seco y cargado de desaprobación, los sobresaltó a ambos. Fabiana se separó de un salto, como si la hubieran pillado haciendo algo prohibido (que, técnicamente, en su realidad, lo era).
En el marco de la puerta, la familia Borbón formaba un trío impasible. Jimena, con un vestido de seda color hueso que parecía una armadura, fue la primera en hablar.
—Buen día —dijo. Pero en su boca, las dos palabras no sonaban a saludo, sino a un insulto cuidadosamente pronunciado, a una maldición de clase alta dirigida a la intrusa que osaba tocar a su hijo.
En el marco de la puerta, la familia Borbón formaba un trío impasible. Jimena, con un vestistido de seda color hueso que parecía una armadura, fue la primera en hablar.
—Buen día —dijo. Pero en su boca, las dos palabras no sonaban a saludo, sino a un insulto cuidadosamente pronunciado.
La sonrisa de Lucian, que había sido suave y genuina para Fabiana, se congeló al instante. No desapareció; se transformó en algo fino, cortante y socialmente obligatorio, como un cristal tallado. Sus ojos, que un segundo antes habían tenido un destello cálido, se volvieron de un gris glacial al posarse en sus padres.
—Padre. Madre —los saludó con una inclinación de cabeza casi imperceptible. Su tono era plano, correcto y tan frío como el acero inoxidable de los instrumentos médicos. No hubo "buenos días", ni preguntas sobre su visita. Solo un reconocimiento formal de su presencia.