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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CPAITULO 2 INVISIBLE POR ELECCIÓN

Tres meses.

Ana contó cada uno de los 92 días de probatoria tachando casilleros en una libreta que guardaba en el cajón del escritorio. Nadie en _Volkov Industries_ sabía que existía esa libreta. Como nadie sabía que "Ana B." tenía pestañas largas, o que bajo ese saco gris había cintura.

Su plan funcionaba demasiado bien.

Dmitri Volkov seguía sin saber su apellido. Seguía gritándole "¡Asistente B, mi agenda!" a las 6:50 AM. Seguía saliendo cada viernes con mujeres de portada de revista. Seguía mirándola como mira una silla: útil, presente, sin valor decorativo.

Y Ana respiraba tranquila.

Se hizo amiga de las otras "invisibles" del piso 48. Irina le enseñó atajos de Excel que le ahorraban 3 horas. Katya le traía té con miel cuando Dmitri la hacía quedarse hasta las 11 PM. Entre ellas tres sostenían el imperio mientras el CEO rompía copas y contratos.

"Él te respeta", le dijo Irina un día mientras corregían un informe. "No te grita como a los demás. Para Volkov, eso es cariño."

"Él ni sabe que existo", contestó Ana, empujándose los lentes hacia arriba.

Y era verdad. Casi.

Porque Dmitri empezó a pedirla a ella. Solo a ella.

"Que venga Asistente B", decía por el intercomunicador. "No, la otra no. La del rodete".

Al principio fue por eficiencia. Ana memorizaba todo. Los nombres de los 14 vicepresidentes, los códigos de los 3 pisos restringidos, qué tipo de café tomaba cada inversor. Nunca se equivocaba.

Después... fue por otra cosa que ni él supo nombrar.

Empezó a quedarse a trabajar tarde cuando ella estaba. "Terminemos esto hoy", decía, aunque el informe podía esperar al lunes. Empezó a hablarle mientras firmaba papeles. Tonterías. "¿Siempre hace tanto frío en Argentina?" "¿Tu familia... bien?"

Ana contestaba con monosílabos. Ojos en el teclado. Rodete tirante. Lentes puestos.

Él fruncía el ceño y volvía a su iPad. Molesto. No sabía con qué.

*Mes cuatro: La grieta*

Todo cambió un martes de marzo.

Hubo un corte de luz en Moskva-City. Todo el edificio quedó a oscuras 40 minutos. Los generadores tardaron. El piso 48 se volvió un caos.

Ana estaba en la oficina de Dmitri archivando contratos cuando se apagaron las luces. Afuera, Moscú era solo nieve y el reflejo naranja de los autos.

"¿Asistente B?" Su voz salió más cerca de lo normal. Sin la máscara de CEO.

"Aquí, señor."

"Trae una vela. Del cajón de abajo."

Ana se agachó. Cuando se incorporó con la vela encendida, una ráfaga de viento de la ventana mal cerrada le arrancó la gomita del pelo.

El rodete se deshizo.

El pelo castaño oscuro le cayó hasta la cintura. Ondulado. Brillante. Nada que ver con el rodete militar de todos los días.

Dmitri no dijo nada. La luz de la vela le pegó de costado a la cara de ella. Iluminó la línea de su mandíbula, el cuello, la forma de sus labios que nunca había visto porque siempre estaban fruncidos por la concentración.

Ana se congeló. Rápido, se ató el pelo otra vez con las manos temblando. Se puso los lentes que se habían caído.

"Perdón, señor. El viento."

Dmitri parpadeó. Volvió a ser hielo. "Siéntate. Seguimos."

Pero no firmó nada en los siguientes 20 minutos. Solo la miró. Por encima de su iPad. Sin que ella se diera cuenta.

Esa noche no llamó a ninguna modelo.

*Mes cinco: Las pequeñas traiciones*

Después de eso, Dmitri empezó a notarla. Y a odiarse por hacerlo.

La notó cuando se quitó el saco porque la calefacción estaba muy alta y quedó con una camisa blanca, abotonada hasta arriba, pero que igual marcaba su silueta. No era escotada. No era provocativa. Era real.

La notó cuando se rió. Una vez. Katya contó un chiste malo en la cocina del piso y Ana soltó una risa corta, real, sin filtros. Dmitri pasó por el pasillo justo en ese segundo y se detuvo. 2 segundos. Nadie lo vio.

La notó cuando ella, sin pensar, le corrigió una cita en latín que él usó mal en una reunión con italianos. _"Carpe diem no significa eso, señor. Significa 'cosecha el día'."_

La sala se quedó en silencio. Dmitri la miró. Lento. "Gracias, Asistente B."

No la despidió. No la humilló. Solo dijo "gracias".

Irina le apretó el brazo después. "Cuidado. Lo acabas de hacer humano frente a todos."

Ana negó con la cabeza. "Fueron 5 segundos."

Pero para Dmitri fueron 5 segundos de más.

Empezó a inventar excusas para tenerla cerca. "Revisa conmigo este contrato". "Acompáñame a la impresora". "Quédate, vamos a pedir sushi y terminamos".

Siempre a 2 metros de distancia. Siempre profesional. Siempre con ella detrás de esos lentes enormes.

Y cada vez que ella se iba, él se quedaba mirando la puerta. Con el ceño fruncido. Como si le debieran plata.

*Mes seis: La negación*

Una noche de abril, 9:37 PM. Oficina vacía.

Solo estaban ellos dos. Terminando el reporte anual.

Dmitri se quitó la corbata. Desabotonó el primer botón de la camisa. Estaba cansado. Molesto.

"¿Por qué te vistes así?" soltó de golpe.

Ana levantó la vista del teclado. "¿Así cómo, señor?"

"Como si quisieras desaparecer."

Ana tragó saliva. Los lentes le pesaban 10 kilos. "Es mi ropa, señor. Es cómoda."

"Es una carpa", dijo él, más duro de lo que quiso. Se arrepintió al instante.

Ana no contestó. Bajó la vista. Volvió a tipear. Pero sus manos temblaron sobre el teclado.

Dmitri se levantó. Caminó hasta la ventana. Moscú abajo, iluminada, indiferente.

"Te pareces a alguien", mintió. "No sé a quién."

"Debe confundirme con otra asistente", dijo ella sin mirarlo.

"Puede ser."

Se hizo un silencio horrible. Uno de esos que queman.

Dmitri quería decir algo más. Quería decir: _Quítate esos lentes. Quiero ver qué escondes._ Quería decir: _Desde que se te cayó el rodete no duermo bien._

En vez de eso dijo: "Vete a casa, Asistente B. Ya es tarde."

Ana recogió sus cosas. En la puerta se detuvo. "Buenas noches, señor Volkov."

"Buenas noches."

Cuando la puerta se cerró, Dmitri apoyó la frente contra el vidrio frío.

No estaba enamorado. Eso era ridículo. Él no se enamoraba. Él coleccionaba. Usaba. Descartaba.

Pero hacía 6 meses que una chica con ropa de 3 talles más grande lo hacía mirar la puerta cada vez que se iba.

Y eso lo ponía furioso. Porque no lo entendía. Y Dmitri Volkov necesitaba entender todo lo que controlaba.

No la veía como mujer. Se repetía. La veía como... un problema sin resolver.

Un problema con ojos almendra que escondía tras vidrio grueso.

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