Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Beso
La mansión finalmente quedó en silencio.
Después de un día lleno de risas, juegos y celebraciones...
Todos descansaban.
Los sirvientes recogían los últimos adornos.
Las luces comenzaban a apagarse una a una.
Y el jardín...
Seguía iluminado únicamente por la luna.
Las flores que Edward había hecho crecer con su magia parecían aún más hermosas bajo aquella luz plateada.
Harriet caminó lentamente hasta el centro del jardín.
Todavía quedaba una de las mantas extendidas sobre el césped.
La misma donde Ellie y Eric habían jugado toda la tarde.
Se sentó sobre ella.
Llevaba una pequeña copa de vino entre las manos.
La hizo girar suavemente.
Miró alrededor.
Las flores.
Las cintas.
Algunos juguetes de madera olvidados.
Y sonrió.
[Pensar que...]
[Hace unos meses...]
[Creía que terminaría decapitada.]
Rio para sí misma.
[La vida realmente da muchas vueltas.]
Bebió un pequeño sorbo.
El aire comenzaba a refrescar.
Pero no tenía ganas de entrar.
Quería quedarse un poco más.
Disfrutar del silencio.
Del recuerdo de aquel día.
A unos metros de allí...
Edward caminaba por el pasillo que daba al jardín.
La vio.
Sola.
Sentada entre las flores.
Con el cabello rubio moviéndose suavemente por la brisa.
Se detuvo un instante.
[Pensando...]
[Allí está.]
Sin hacer ruido...
Se quitó la capa que llevaba sobre los hombros.
Se acercó.
Harriet no lo escuchó llegar.
Solo sintió algo cálido cubriéndole la espalda.
Levantó la vista.
Edward estaba de pie junto a ella.
—Hace frío.
Ella sonrió.
Aquella sonrisa era pequeña.
Tranquila.
—Gracias.
Acomodó la capa alrededor de sus hombros.
—Está muy abrigada.
Edward simplemente asintió.
Luego, sin pedir permiso...
Se sentó a su lado sobre la manta.
Los dos permanecieron unos segundos mirando el jardín.
Ninguno parecía tener prisa por hablar.
Finalmente Harriet rompió el silencio.
—Fue un bonito cumpleaños.
Edward también observaba las flores.
—Sí.
Harriet giró apenas la cabeza hacia él.
—Gracias.
El duque la miró.
—¿Por qué?
—Por aceptar hacerlo.
Edward guardó silencio.
Ella sonrió otra vez.
—Los niños fueron muy felices.
El duque asintió lentamente.
—También yo.
Aquella confesión hizo que Harriet lo mirara con sorpresa.
Después sonrió.
Y dio un pequeño sorbo a su vino.
Edward habló unos segundos después.
—No quería que se resfriara.
Harriet bajó la vista hacia la capa.
—Lo sé.
Él añadió con naturalidad.
—Es mi esposa.
Harriet soltó una pequeña risa.
—Al menos...
Lo miró divertida.
—Ya no me odia.
Edward frunció ligeramente el ceño.
—Nunca la he odiado.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Ah, no?
Él negó con tranquilidad.
—No.
Harriet soltó otra risita.
—Pues no se notaba mucho.
Le dio un pequeño empujón con el hombro.
Muy suave.
Completamente en broma.
—Era bastante pesado.
Edward dejó escapar una exhalación que se parecía mucho a una risa.
—Lo admito.
Harriet abrió mucho los ojos.
—¿Acaba de admitir que tenía razón?
—Solo en esa ocasión.
Ella volvió a empujarlo.
—¡Qué tacaño!
Cuando iba a retirar la mano...
Edward la sujetó con suavidad.
Harriet dejó de moverse.
Bajó la vista.
Él seguía sosteniendo su mano.
No con fuerza.
Solo...
Con cuidado.
Como si temiera que desapareciera.
Ella no la retiró.
Al contrario.
Sin darse cuenta...
Se acercó un poco más.
Edward también.
Ninguno habló.
El jardín quedó completamente en silencio.
Solo se escuchaba el suave movimiento de las hojas.
Harriet levantó lentamente la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Muy cerca.
[Pensando...]
[¿Desde cuándo...]
[Está tan cerca?]
Edward tampoco parecía entender en qué momento la distancia entre ambos había desaparecido.
No sabía si había sido él.
O ella.
Quizá...
Los dos al mismo tiempo.
Solo sabía que podía ver el reflejo de la luna en los ojos azules de Harriet.
Y ella descubrió que, cuando Edward dejaba de esconderse tras su habitual seriedad...
Su mirada era sorprendentemente cálida.
No hubo grandes declaraciones.
Ni promesas.
Ni palabras perfectas.
Solo un instante de silencio compartido.
Y entonces...
Sus frentes casi se rozaron.
Harriet respiró despacio.
Edward acarició con el pulgar el dorso de la mano que aún sostenía.
Fue un gesto tan pequeño...
Que bastó para romper la última distancia entre ambos.
Sus labios se encontraron en un beso breve.
Suave.
Cuidadoso.
Como si ambos preguntaran en silencio si aquello estaba bien.
Ninguno se apresuró.
Ninguno quiso romper el momento.
Cuando finalmente se separaron apenas unos centímetros, permanecieron mirándose con una mezcla de sorpresa y timidez.
Harriet fue la primera en sonreír.
Una sonrisa tranquila.
Sincera.
—Creo...
Murmuró entre una pequeña risa.
—...que ninguno de los dos sabe quién besó primero.
Edward, por primera vez sin preocuparse por parecer serio o impecable, esbozó una sonrisa que le llegó hasta los ojos.
—No.
Respondió con voz baja.
—Pero tampoco creo que importe.
Alrededor de ellos, las flores seguían meciéndose con la brisa nocturna.
Y muy lejos de aquel viejo guion donde solo existían el rencor y la tragedia...
Dos personas que habían empezado su historia con un contrato y una discusión...
Acababan de dar el primer paso hacia un amor que ninguno de los dos había esperado encontrar.