Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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Capítulo 12 Rodrigo Huele el Peligro
Elena apenas había terminado de leer los documentos que Luciano le envió cuando Rodrigo apareció en la puerta de su oficina. Traía esa sonrisa que ya no engañaba a nadie.
—Cariño, ¿tienes un minuto?
Ella levantó la vista con calma. Cerró la laptop y se recostó en la silla.
—Claro. ¿Qué pasa?
Rodrigo entró y cerró la puerta. Se quedó de pie frente al escritorio, observándola. Demasiado tiempo.
—He estado pensando —dijo por fin—. La restructuración que propusiste la semana pasada… creo que fue un poco apresurada. Quiero revisarla.
Elena sintió un tirón en el estómago, pero no movió ni un músculo de la cara.
—¿Ahora? Ya fue aprobada por la junta.
—Precisamente —respondió él, sentándose frente a ella—. Por eso convoqué una reunión de directivos para dentro de media hora. Quiero que revisemos algunos puntos.
Elena apretó los dientes. No esperaba que actuara tan rápido.
—Está bien —dijo con voz neutra—. Vamos.
La sala de juntas se llenó rápido. Los directivos parecían incómodos. Rodrigo tomó su lugar en la cabecera y fue directo al grano.
—Quiero revertir parte de la restructuración aprobada la semana pasada. Algunas áreas de control operativo deberían volver a su estado anterior.
Felipe Andrade, sentado al otro lado de la mesa, levantó la mano antes de que nadie más hablara.
—Con todo respeto, eso no es posible sin seguir el procedimiento correcto. La restructuración ya fue votada y registrada. Revertirla ahora requeriría una nueva asamblea y justificación formal.
Rodrigo lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Desde cuándo eres tan estricto con los procedimientos, Felipe?
—Desde que soy director financiero y me pagan para cuidar que las cosas se hagan bien —contestó Felipe sin alterarse.
Elena se quedó callada, observando. Rodrigo empezaba a perder la paciencia. Golpeaba la mesa con los dedos y miraba a los demás buscando apoyo. Nadie abrió la boca.
—Esto es ridículo —soltó finalmente—. Soy el presidente de esta empresa. Si digo que se revisa, se revisa.
—Legalmente no puedes hacerlo solo —intervino Elena con voz tranquila—. Ya no.
Rodrigo giró la cabeza hacia ella. Por un segundo, sus miradas se cruzaron y algo cambió en su expresión. Como si por primera vez estuviera viendo algo que no le gustaba.
La reunión terminó sin que lograra revertir nada. Rodrigo salió furioso, dando un portazo que hizo vibrar las paredes.
Elena se quedó un momento más en la sala, respirando lento. Felipe se acercó antes de que ella se levantara.
—Está empezando a oler algo —murmuró.
—Lo sé —respondió ella.
Felipe asintió y se fue.
Esa tarde, Elena trabajó desde su oficina con la puerta cerrada. Revisó los documentos de Luciano. Todo parecía limpio, pero aún no confiaba del todo. A las seis, cuando ya se preparaba para irse, recibió una llamada de Rodrigo.
—No vengas a casa todavía —dijo él con tono cortante—. Tengo una reunión.
—Está bien —contestó ella.
Colgó y se quedó mirando el teléfono. Sabía que no era una reunión. Era otra cosa.
Rodrigo llegó a un hotel discreto en las afueras. Camila lo esperaba en la habitación, ya con una copa en la mano.
—¿Qué pasó? —preguntó ella al verlo entrar con cara de pocos amigos.
Rodrigo se aflojó la corbata y se sirvió un whisky doble.
—Algo está pasando con Elena.
Camila soltó una risa baja y se sentó en el borde de la cama.
—Siempre tan paranoico, amor. ¿Qué hizo ahora? ¿Te dijo que no quería cenar contigo?
—No es eso —respondió él, bebiendo un trago largo—. Es… diferente. Sigue actuando como la esposa perfecta, pero hay algo en su mirada. En la forma en que habla. No me tiene miedo.
Camila dejó de reír. Lo miró con más atención.
—¿Estás seguro?
Rodrigo se pasó la mano por la cara. Se veía cansado. Preocupado.
—Esta mañana intenté revertir la restructuración y no pude. Felipe me bloqueó. Y Elena… se quedó callada, mirándome. Como si supiera que no podía hacer nada. —Dejó el vaso sobre la mesa con fuerza—. No es la misma Elena de siempre. Es como si ya no le tuviera miedo a nada.
Camila se levantó y se acercó a él. Le pasó los brazos alrededor del cuello.
—Tal vez solo está dolida por lo del divorcio. Se le va a pasar.
Rodrigo no la abrazó de vuelta. Se quedó mirando la pared con el ceño fruncido.
—No lo sé —murmuró—. Esta vez se siente diferente.
Camila le besó el cuello, intentando distraerlo.
—Relájate. Ella sigue siendo la misma idiota que ha pagado todo durante años. En una semana firmará lo que sea.
Rodrigo no contestó. Pero por primera vez en mucho tiempo, no parecía convencido.
Elena llegó a la mansión pasadas las ocho. La casa estaba vacía. Mejor. Se encerró en la habitación de huéspedes, revisó los documentos de Luciano una vez más y se quedó pensando.
Tenía la sensación de que el tiempo se le estaba acabando. Rodrigo empezaba a sospechar. Y ella todavía no tenía todas las piezas en su lugar.
Sacó el teléfono y miró el último mensaje de Luciano.
“¿Ya revisaste los documentos?”
Escribió la respuesta con dedos firmes.
“Sí. Mañana hablamos.”
Dejó el teléfono a un lado y se recostó en la cama. Tenía el pecho apretado y la mandíbula tensa.
Rodrigo ya olía el peligro.
Y ella necesitaba moverse más rápido.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.