Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 9 — ATHENA
Pasaron dos semanas.
Dos semanas de informes, de interrogatorios, de entrenamientos bajo la lluvia y patrullajes por los puestos de vigilancia. Dos semanas sin ver a Aster más que de lejos, en el comedor o cruzando un pasillo, siempre rodeado de consejeros, siempre con el ceño fruncido y un pergamino en la mano.
Elysia se había acostumbrado a la rutina. Su cuerpo ya no le dolía al despertar. Sus manos se habían endurecido aún más, si eso era posible. La espada se sentía como una extensión de su brazo, no como un objeto extraño. Incluso había empezado a memorizar los nombres de los soldados, los turnos de guardia, los chismes que corrían por los barracones.
Lian se había convertido en algo parecido a una amiga. O a lo que Elysia imaginaba que era una amiga en ese mundo: alguien que no te apuñalaba por la espalda, que te guardaba un asiento en el comedor, que te decía las verdades a la cara sin endulzarlas.
—Estás mejorando —le dijo Lian una mañana, después de un entrenamiento especialmente duro—. Ya no pareces un fantasma.
—¿Un fantasma?
—Cuando volviste del golpe. Tenías los ojos vacíos. Como si no estuvieras del todo aquí. —Lian se secó el sudor con el paño de siempre—. Ahora ya no. Ahora pareces... presente.
Elysia no supo qué responder. Porque tenía razón. Al principio, todo esto le parecía un sueño. Una pesadilla, más bien. Pero ahora era real. La piedra bajo sus pies, el sabor del pan moreno, el olor a humedad y a cuero. Era real. Y ella estaba presente.
—Supongo que me estoy adaptando —dijo.
—Pues ya tardabas. Seis años sirviendo y parecía que estabas de paso.
Elysia se tensó. Seis años. La Elysia original había servido seis años. Y Lian la conocía de antes. La conocía lo suficiente para notar que algo había cambiado.
—Lian —dijo, con cuidado—. ¿Cómo era yo antes?
Lian arqueó una ceja.
—¿Antes del golpe?
—Sí.
La mujer de la trenza castaña se quedó pensativa. Guardó el paño y se apoyó contra la pared del patio, mirando al cielo encapotado.
—Competente. Callada. Muy callada. Hacías tu trabajo, bien hecho, y punto. No te metías con nadie. Nadie se metía contigo. Eras como una sombra del señor Aster. Siempre detrás, siempre atenta. Pero no hablabas. No sonreías. No mirabas a nadie.
—¿A nadie?
—A nadie. —Lian la miró—. Antes no mirabas ni a los soldados ni a los capitanes. Ahora los miras. Les sostienes la mirada. Y ellos te respetan más por eso. Antes te temían. Ahora te escuchan.
Elysia asimiló la información. Así que la Elysia original era una figura distante, temida pero no respetada. Una herramienta perfecta. Una extensión de la voluntad de Aster sin opinión ni deseo propio. No era extraño que él hubiera notado el cambio. Cualquiera lo habría notado.
—¿Y Aster? —preguntó, antes de poder contenerse—. ¿Cómo era mi relación con él?
Lian soltó una risa seca.
—¿Relación? No tenías relación. Eras su comandante. Él te daba órdenes. Tú las cumplías. No había nada más.
—¿Nada?
—Nada. Ni una palabra de más. Ni un gesto. A veces me preguntaba si te veía como a una persona o como a un mueble útil.
Útil. Otra vez esa palabra. Parecía que todo el castillo la usaba para describirla.
Pero algo había cambiado. Porque Aster ya no la miraba como a un mueble. La miraba como a un enigma. Y Elysia no sabía si eso era mejor o peor.
—Gracias —dijo, incorporándose—. Por ser sincera.
—Siempre lo soy. Para lo bueno y para lo malo.
Esa tarde, el mensajero llegó.
Elysia estaba en la sala de mapas, revisando las rutas de patrullaje, cuando un soldado entró sin llamar. Traía un sobre lacrado con el sello de una casa noble del este. El sello era un águila dorada sobre fondo azul. No lo reconocía. Pero algo en su estómago le dijo que no eran buenas noticias.
—Es para el señor Aster —dijo el soldado—. Pero me han dicho que usted lo vea primero.
Elysia tomó el sobre. Lo abrió con cuidado. Dentro había una carta escrita con una caligrafía elegante y curvada, en tinta negra.
«A su alteza, el príncipe Aster.
Le escribo en nombre de las casas menores del este para solicitar una reunión formal. Nuestra mediadora, lady Athena, desea presentarle una propuesta de conciliación con su hermano, el príncipe Aslan. Creemos que el diálogo puede evitar un conflicto que ninguno de nosotros desea.
Esperamos su respuesta con urgencia.
Firmado: Lord Eriksen, portavoz de las casas menores del este.»
Athena.
El nombre le quemó los dedos. Lo leyó tres veces, como si las letras fueran a cambiar, como si su cerebro se negara a aceptarlo. Athena quería reunirse con Aster. Quería mediar. Quería evitar la guerra.
En el mahwa, Athena era la heroína. La que unía al pueblo. La que enamoraba a Aslan. La que, al final, destruía al villano. Pero en el mahwa, ella y Aster no se reunían hasta mucho más adelante. Esto era nuevo. Esto no estaba en el guion.
Y Elysia no había hecho nada para provocarlo.
¿O sí?
Repasó mentalmente sus acciones. Había interrogado a los capitanes. Había investigado los símbolos. Había sido más visible, más activa, más presente. Quizá eso había acelerado las cosas. Quizá su mera existencia estaba moviendo las piezas del tablero sin que ella lo supiera.
Dobló la carta con manos temblorosas y subió a la torre norte.
Aster estaba en su despacho, como siempre. Pero esta vez no estaba solo. Dos consejeros ancianos discutían frente a su escritorio sobre impuestos y fronteras. Elysia esperó en la puerta, con la carta apretada en el puño.
Aster la vio. Levantó una mano. Los consejeros callaron.
—Fuera —dijo.
—Pero, alteza...
—He dicho fuera.
Los consejeros salieron refunfuñando. La puerta se cerró. Aster se reclinó en su sillón y la miró.
—Tienes algo.
Elysia le tendió la carta sin decir nada. Él la tomó, la leyó en silencio. Su expresión no cambió. Ni una ceja se movió. Pero Elysia ya sabía leerlo un poco, y notó la tensión sutil en su mandíbula.
—Lady Athena —dijo Aster, como saboreando el nombre—. La mediadora de la que tanto hablan.
—¿La conoces?
—De oídas. Una mujer joven, de origen modesto pero con contactos sorprendentes. Se ha ganado el favor de las casas menores en muy poco tiempo. Dicen que es carismática. Inteligente. Peligrosa.
—¿Peligrosa?
—Cualquiera que se gane tantos favores tan rápido es peligroso. —Dejó la carta sobre la mesa—. ¿Qué opinas?
Elysia dudó. No podía decirle la verdad. No podía decirle: «Es la heroína del mahwa y está destinada a destruirte». Pero podía decirle algo que también era verdad.
—Opino que quiere algo. Nadie ofrece mediar sin pedir nada a cambio.
Aster esbozó ese casi-gesto que a veces parecía una sonrisa y a veces no.
—Exacto. —Se levantó y fue hacia la ventana—. Quiere acercarse a mí. Quiere ver mis defensas. Quiere medir mis debilidades.
—¿Y vas a aceptar la reunión?
Aster se giró. Sus ojos grises tenían un brillo extraño.
—Por supuesto que voy a aceptar. Que venga. Que vea lo que quiera ver. Mientras ella me observa a mí, yo la observaré a ella.
Elysia sintió un escalofrío. Esa era la mente del villano. No evitaba el peligro. Lo invitaba a entrar. Lo estudiaba. Lo diseccionaba.
—Quiero que estés presente —añadió Aster—. En la reunión. A mi lado.
—¿Yo?
—Eres mi comandante. Mi mejor espada. Que vean quién me protege. Que sepan que no estoy solo.
Elysia asintió, con la boca seca.
—Estaré allí.
—Bien. —Aster volvió a su escritorio—. La reunión será dentro de tres días. Prepárate. Y prepáralos a ellos.
Elysia salió del despacho con la cabeza dándole vueltas. Athena venía al castillo. En tres días, la heroína y el villano estarían cara a cara por primera vez. Y ella, la lectora reencarnada, estaría justo en medio.
No sabía qué iba a pasar. Pero sí sabía que nada de esto estaba en el guion original.
Y eso la aterraba.
Esa noche, no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de vigas, escuchando el viento contra la ventana, pensando en ojos rojos que aún no había visto pero que pronto estarían frente a ella.
Athena.
La heroína.
La mujer destinada a destruir al hombre al que Elysia empezaba a respetar.