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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23 — Las siete guardianas

Las puertas de la iglesia se cerraron detrás de ellos con un estruendo que hizo temblar el suelo. Valeria permaneció inmóvil frente a las siete habitaciones. Cada una tenía una puerta diferente, pero todas llevaban grabado el mismo símbolo que había visto en la mansión. Detrás de cada cristal había una mujer. Todas tenían su rostro. Todas permanecían inmóviles, observándola. Vera se aferró a su brazo.

—No me gusta este lugar.

Valeria tampoco podía apartar la mirada.

—A mí tampoco.

Gabriel se acercó.

—Tenemos que salir antes de que comiencen las campanas.

Valeria lo miró.

—¿Qué sucede cuando suenan?

—Las guardianas despiertan.

—Pensé que ya estaban despiertas.

Alessia negó.

—No.

—Entonces ¿qué son?

—Esperan.

Valeria volvió a mirar las habitaciones.

—¿A qué?

Alessia respondió en voz baja:

—A ti.

Una campana sonó.

El sonido atravesó la iglesia.

Las siete mujeres abrieron los ojos al mismo tiempo.

Vera gritó.

—¡Se movieron!

Samuel levantó el arma.

—¡Atrás!

Una de las puertas comenzó a abrirse.

Gabriel sujetó a Valeria.

—No las mires a los ojos.

—¿Por qué?

—Porque reconocerán tu miedo.

—¿Y qué harán con él?

—Lo convertirán en una puerta.

Valeria no tuvo tiempo de preguntar. La primera mujer salió de la habitación. Caminaba lentamente, con los pies descalzos sobre el suelo de piedra. Su rostro era idéntico al de Valeria, pero tenía una expresión vacía.

Se detuvo frente a ella.

—Finalmente.

Valeria sintió que aquellas palabras se repetían en todas las pesadillas que había tenido desde que comenzó todo.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió.

—La que recuerda tu nacimiento.

—Yo ya sé quién soy.

—No.

La mujer levantó una mano.

—Sabes quién crees ser.

Las luces se apagaron.

Cuando regresaron, Valeria ya no estaba en la iglesia.

Estaba en un jardín.

Había flores, árboles y una casa blanca al fondo. Una niña pequeña corría hacia ella.

Valeria reconoció el vestido.

Era el suyo.

—¿Dónde estoy?

La niña se detuvo.

—En tu primer recuerdo.

—Esto no es real.

—No importa.

—¿Quién eres?

La niña sonrió.

—Tú.

Valeria retrocedió.

—No.

—Sí.

—Yo nunca tuve este jardín.

—Porque te lo quitaron.

La niña señaló la casa.

—Ahí comenzó todo.

Valeria caminó hacia ella.

—¿Qué hay dentro?

—Tu madre.

—¿Y mi padre?

—También.

—¿Isabel?

La niña negó.

—Todavía no.

Valeria abrió la puerta.

Dentro había una habitación iluminada. Elena sostenía a un bebé. Gabriel estaba junto a ella.

Valeria sintió que las lágrimas aparecían en sus ojos.

—¿Soy yo?

—Sí.

—¿Entonces esto ocurrió realmente?

—Sí.

Valeria se acercó.

Elena estaba llorando mientras miraba al bebé.

—¿Por qué llora?

La niña respondió:

—Porque sabe lo que va a ocurrir.

Gabriel tomó al bebé.

—Tenemos que irnos.

Elena negó.

—No puedo.

—Si nos quedamos, Isabel la encontrará.

—Ella es nuestra hija.

—Precisamente por eso.

Valeria escuchaba la conversación como si estuviera escondida detrás de una pared.

—¿Por qué nunca recordé esto?

La niña la miró.

—Porque después de esa noche te quitaron el recuerdo.

—¿Quién?

La niña señaló detrás de ella.

Valeria se volvió.

Isabel estaba allí.

Pero no era la mujer anciana que había conocido.

Era joven.

Y llevaba un vestido negro.

—Ahora entiendes.

Valeria retrocedió.

—¿Tú?

Isabel sonrió.

—Tu madre me pidió que te protegiera.

—Mentira.

—No.

—Ella nunca habría hecho eso.

—Ella quería salvarte.

—¿Y tú qué hiciste?

Isabel se acercó al bebé.

—Te dividí.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué?

—Tu cuerpo no podía contener lo que eras.

—¿Qué era yo?

Isabel miró a la niña que permanecía junto a Valeria.

—La última heredera de la memoria.

Valeria miró a la pequeña.

—¿Por eso creaste las copias?

—No.

Isabel sonrió.

—Las siete guardianas existían antes que tú.

La escena comenzó a desvanecerse.

Valeria gritó:

—¡Espera!

La niña la tomó de la mano.

—No necesitas saberlo todo todavía.

—¿Por qué?

—Porque primero debes descubrir cuál de las siete puertas es la tuya.

El jardín desapareció.

Valeria abrió los ojos.

Estaba nuevamente en la iglesia.

Gabriel la sostenía por los hombros.

—¡Valeria!

Ella respiró profundamente.

—Vi a mamá.

—¿Qué viste?

—La noche en que nací.

Gabriel palideció.

—¿Qué más?

—Isabel dijo que yo era la última heredera.

Alessia cerró los ojos.

—Entonces ya despertó.

—¿Qué despertó?

Alessia miró hacia las siete habitaciones.

—Tu memoria verdadera.

Una segunda campana sonó.

La primera guardiana comenzó a caminar hacia Valeria.

—No te acerques —advirtió Samuel.

La mujer se detuvo.

—No quiero hacerle daño.

Valeria dio un paso.

—Déjala hablar.

Gabriel negó.

—No.

—Papá, si quiero terminar esto, necesito saber la verdad.

La guardiana levantó la mano.

—La primera puerta pertenece a la memoria.

—¿Y las otras?

—La segunda pertenece al miedo. La tercera al dolor. La cuarta a los sueños. La quinta a la culpa. La sexta a la muerte.

Valeria miró la séptima puerta.

—¿Y la última?

La guardiana bajó la voz.

—A la elección.

—¿Qué elección?

—La que decidirá quién sale de aquí.

Vera se acercó.

—¿Valeria puede cerrar las puertas?

La guardiana la miró.

—Sí.

—¿Cómo?

—Debe entrar en las siete.

Samuel negó inmediatamente.

—Eso es imposible.

Alessia respondió:

—No para ella.

Gabriel miró a Valeria.

—Si entras, cada puerta te mostrará algo que olvidaste.

—Entonces entraré.

—Y podrías no volver.

Valeria sostuvo su mirada.

—Ya estuve atrapada una vez.

Gabriel bajó la cabeza.

—No quiero perderte otra vez.

Valeria se acercó y lo abrazó.

—No me vas a perder.

Se separó de él y caminó hacia la primera puerta.

La guardiana se hizo a un lado.

—Cuando cruces, no confíes en lo que veas.

Valeria puso la mano sobre el pomo.

—¿Y en quién debo confiar?

La mujer miró a Vera.

—En quien te recuerde cuando tú misma te olvides.

Valeria miró a su hermana.

Vera asintió.

—Yo te recordaré.

Valeria abrió la puerta.

Al otro lado había un largo pasillo cubierto de fotografías. En cada imagen aparecía ella en diferentes edades. Algunas eran reales. Otras parecían pertenecer a vidas que nunca había vivido.

Entonces vio una fotografía diferente.

Era reciente.

Mostraba a Valeria durmiendo.

La fecha estaba escrita debajo.

20 de agosto de 2026.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Quién tomó esta fotografía?

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Yo.

Valeria levantó la mirada.

Un hombre apareció al final del pasillo.

Era Gabriel.

Pero Valeria sabía que su padre estaba detrás de la puerta.

El hombre sonrió.

—¿Cuál de los dos crees que es el verdadero?

Valeria retrocedió.

—No eres mi padre.

—¿Estás segura?

—Sí.

El hombre comenzó a acercarse.

—Entonces dime qué recuerdo solo nosotros dos compartimos.

Valeria quedó inmóvil.

No podía pensar.

El hombre sonrió.

—Exactamente.

Las fotografías comenzaron a caer de las paredes.

Una por una.

Hasta que solo quedó una.

En ella aparecía Valeria de niña junto a un hombre que no era Gabriel.

Valeria se acercó.

Reconoció el rostro.

Era el primer guardián.

Y detrás de ellos estaba la puerta cero.

Debajo de la fotografía había una frase:

«Antes de ser hija de Gabriel, fuiste hija de la casa.»

Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Y una voz susurró desde detrás de ella:

—Ahora recuerda quién fue tu verdadero padre.

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