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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: EL HOMBRE DEL BILLAR

El billar de don Arsenio quedaba en la mitad de la loma, en un local sin nombre visible que todo el mundo conocía simplemente como "el billar", con dos mesas gastadas por décadas de partidas y una nevera que solo vendía cerveza y gaseosa, nunca las dos cosas frías al mismo tiempo. Mila no tenía costumbre de entrar ahí. Era, sin que nadie lo dijera en voz alta, un territorio más de hombres que de mujeres, uno de esos lugares donde las muchachas del barrio entraban solo a comprar algo rápido y salían sin quedarse a mirar las mesas.

Esa tarde entró porque doña Nelly le había pedido, con una voz todavía débil, que le trajera una gaseosa, la única que vendían fría en todo ese tramo de la loma. Mila cruzó el umbral con la plata exacta en la mano, sin fijarse mucho en quién estaba adentro, pensando —como llevaba pensando toda la semana, de forma casi obsesiva— en la palabra que Katiuska le había dejado sembrada: "alguien de adentro".

Fue mientras esperaba que don Arsenio le sacara la gaseosa de la nevera que lo vio.

Estaba sentado solo en una mesa del fondo, con un tinto ya frío frente a él que no había tocado hacía rato, mirando el juego de billar de al lado sin verlo realmente, con esa clase de mirada perdida que Mila reconocería, con el tiempo, como la mirada de alguien que carga algo pesado por dentro y ha aprendido a que no se le note por fuera. Era joven —no mucho mayor que Yeison, calculó Mila, quizás veinticuatro, veinticinco años— con el pelo corto, una camiseta gris sin ninguna marca ni logo que llamara la atención, y una manera de sentarse, casi imperceptible, de espaldas contra la pared, de cara a la puerta, que un ojo entrenado hubiera reconocido de inmediato y que Mila, sin saber nada todavía de ese mundo, apenas alcanzó a notar como algo raro sin entender por qué.

No lo hubiera mirado dos veces si no fuera porque, en el instante exacto en que ella se dio la vuelta con la gaseosa en la mano, sus ojos se cruzaron.

Fue apenas un segundo. Pero en ese segundo, Mila sintió algo que no supo nombrar del todo: no era atracción, no todavía, era más bien un reconocimiento extraño, como si de alguna manera su cuerpo entendiera, antes que su cabeza, que ese hombre pertenecía al mismo mundo oscuro que le había arrebatado a su hermano, y que sin embargo no tenía la misma cara fría que había visto en el hombre del tatuaje, en el entierro.

Él bajó la mirada primero. No con incomodidad, sino con una especie de disciplina, como quien tiene por costumbre no sostenerle la mirada a nadie más de lo estrictamente necesario.

Mila pagó la gaseosa y salió. No pensó que fuera a volver a verlo. El Pozo, aunque parecía pequeño desde afuera, tenía sus propios circuitos invisibles, gente que uno cruzaba una vez y no volvía a cruzar en meses, otros que se repetían todos los días sin que uno supiera bien por qué.

Pero dos días después, lo volvió a ver.

Fue en la tienda de Katiuska, a las siete de la noche, cuando Mila fue a comprar arroz para la comida. Él estaba ahí, comprando cigarrillos, y esta vez, cuando sus miradas se cruzaron de nuevo, no bajó la suya de inmediato. La sostuvo un segundo más de lo necesario, como si estuviera decidiendo algo, y después, para sorpresa de Mila, habló.

—Usted es la hermana de Yeison. —No fue una pregunta. Fue una afirmación tranquila, dicha casi sin inflexión, pero con un peso detrás que Mila no supo interpretar de inmediato.

—¿Lo conocía? —preguntó ella, con una mezcla de cautela y curiosidad que no logró disimular del todo.

—De vista. Buen muchacho. No se merecía lo que le pasó.

Algo en la manera en que lo dijo —sin la lástima ensayada de los vecinos, sin la fórmula vacía del investigador de la corbata floja, sino con una sobriedad casi profesional, como quien constata un hecho más que expresa un sentimiento— hizo que Mila sintiera un escalofrío distinto a todos los que había sentido esa semana.

—¿Usted sabe quién fue? —preguntó, casi sin pensarlo, con la voz más baja de lo que pretendía.

El hombre la miró un momento largo, evaluándola, como si calculara cuánto podía decir y cuánto no, y al final negó con la cabeza, aunque a Mila algo en ese gesto le pareció menos sincero que el resto de sus palabras.

—Eso no lo sé yo. Y aunque lo supiera, no es una pregunta que se haga en voz alta en esta tienda.

Katiuska, detrás del mostrador, había dejado de hacer cuentas y observaba la escena con una atención disimulada que no le pasó desapercibida a Mila. El hombre pagó sus cigarrillos, se dio la vuelta para irse, y justo antes de salir por la puerta, se detuvo un segundo, sin mirarla del todo, y dijo, casi como si se lo dijera más a sí mismo que a ella:

—Cuídese, hermanita. En este barrio las preguntas se pagan caro cuando se hacen a la persona equivocada.

Y se fue, dejando a Mila parada en mitad de la tienda con el arroz todavía en la mano y una sensación extraña en el pecho, mitad advertencia, mitad algo que no supo nombrar todavía.

—¿Quién es? —le preguntó a Katiuska en cuanto la puerta se cerró.

Katiuska bajó la voz, aunque no había nadie más en la tienda, con esa cautela reflexiva de siempre.

—Ese es Nail, mija. Anda con la gente de Efraín Roldán, el que manda en la loma alta.

—¿Es peligroso?

Katiuska soltó una risa corta, sin humor, mientras le entregaba el vuelto.

—Todos los que andan con esa gente son peligrosos, Mila. Pero ese, en particular... —se detuvo, buscando la palabra correcta— ese tiene algo distinto. No sé qué es. Pero no es como los otros.

Mila salió de la tienda esa noche con el arroz en una bolsa y el nombre de Nail dándole vueltas en la cabeza, junto con la frase que Katiuska le había dejado como advertencia y, sin quererlo, también como una especie de invitación: "en este barrio las preguntas se pagan caro cuando se hacen a la persona equivocada".

No sabía todavía si Nail era la persona equivocada o si, por primera vez desde la muerte de Yeison, había encontrado a alguien que sí sabía algo, alguien con oídos donde la ley nunca llegaba, tal como le había dicho Katiuska días antes.

Lo que sí sabía, subiendo la loma con el corazón latiéndole más rápido de lo normal, era que iba a buscar la forma de volver a cruzarse con él. Aunque tuviera que ir al billar todos los días. Aunque tuviera que arriesgarse a hacer, tarde o temprano, la pregunta prohibida.

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