Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
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Bab 18
Capítulo 18
Durante todo el trayecto al hospital, las manos de Santiago no dejaron de apretar el volante con fuerza.
Su mente era un caos. Las palabras de Renato seguían resonando sin cesar en su cabeza.
"Sergio es tu hijo."
¡Pum!
Santiago golpeó el volante con frustración.
—Imposible... —murmuró quedamente. Pero cuanto más intentaba negarlo, más cosas empezaban a tener sentido. La mirada de Sara, la forma en que aquella mujer siempre evitaba cualquier conversación sobre el padre de Sergio, y el parecido del niño con él.
Y además estaban las palabras del Doctor Mario esa misma mañana. Todo hacía que el pecho se le cerrara. La vibración incesante de su teléfono lo trajo un poco de vuelta a la realidad. El nombre de su madre aparecía una y otra vez en la pantalla; llevaba ya más de una docena de llamadas perdidas. Con la mandíbula endurecida, Santiago aceleró rumbo al hospital.
En cuanto el auto se detuvo frente al vestíbulo de urgencias, Santiago bajó a paso rápido. El ambiente en el hospital esa noche era agitado. Varias enfermeras iban y venían con el rostro tenso. Y frente a la sala de cuidados intensivos, Teresa estaba de pie, el semblante pálido y cargado de angustia.
Al ver llegar a Santiago, se acercó de inmediato a su hijo.
—¡Santiago!
—¿Cómo está papá? —preguntó él con urgencia.
Teresa le sujetó el brazo con las manos temblorosas.
—Tu padre sufrió un infarto...
El rostro de Santiago se tensó al instante.
—¿Cuándo?
—Hace un momento... —la voz de Teresa empezó a quebrarse—. Después de hablar con tu tío.
Aquella frase hizo que Santiago se detuviera en seco.
Su mirada cambió.
—¿Tío Mario?
Teresa asintió rápidamente.
—Estuvieron hablando en el consultorio de tu tío esta tarde. Después de eso, tu padre llegó a la casa furioso.
El corazón de Santiago latía cada vez más deprisa. Su mente regresó de inmediato a la conversación que había tenido con el Doctor Mario esa mañana.
¿Acaso tío Mario le habló de eso a papá? La respiración de Santiago se volvió pesada.
Mientras tanto, Teresa seguía hablando con el rostro descompuesto por el pánico:
—El médico dijo que la presión de tu padre se disparó justo antes del infarto.
Santiago apenas escuchó el resto de lo que decía su madre. Porque ahora su cabeza estaba llena de una sola pregunta enorme, una cuya respuesta empezaba a darle miedo buscar.
Al otro lado de la ciudad, el ambiente en la florería de Sara era mucho más tranquilo que unas horas antes.
La tienda estaba a punto de cerrar.
Lina y Raquel terminaban de acomodar las últimas flores antes del cierre, mientras Sergio dormía de nuevo en su pequeño cuarto, agotado de tanto jugar.
Sara estaba sentada en silencio junto al mostrador, con la mirada perdida en el jarrón de rosas blancas y tulipanes que tenía enfrente. Sus ojos miraban sin ver; su mente no había dejado de dar vueltas desde que vio a Santiago esa tarde.
Hasta que el sonido de la puerta de la tienda abriéndose despacio la hizo voltear. Renato entró junto con Rocío. Pero en cuanto vio la expresión de Renato, el corazón de Sara dio un vuelco.
—¿Volvieron? —preguntó en voz baja.
Renato asintió levemente. Rocío permanecía callada desde que llegaron, como dejando que Renato fuera quien hablara, pues solo él se había reunido con Santiago.
—Vi a Santiago esta noche —dijo Renato al fin.
El rostro de Sara palideció de golpe, la mirada se le endureció.
—¿Te... reuniste con él?
Renato asintió. Sara se puso de pie lentamente.
—¿De qué hablaron?
Renato guardó silencio unos segundos. Al final, eligió ser honesto.
—Le conté lo de Sergio.
Por un instante el mundo de Sara pareció detenerse. Los ojos se le abrieron de par en par.
—¿¡Qué!?
La voz le tembló con violencia.
—¿¡Qué le dijiste!?
—Sara...
—¿¡Estás loco!? —estalló ella con los ojos enrojecidos—. ¡Tú sabes que Santiago va a quitarme a Sergio! —La respiración se le aceleró, presa del pánico; el cuerpo entero le temblaba—. No quiero perder a mi hijo... —la voz se le quebró—. Renato... no puedo...
Al ver que Sara estaba a punto de llorar, Renato se acercó de inmediato tratando de calmarla.
—Escúchame primero.
Sara negó con la cabeza.
—Tú no entiendes...
—¡Sara! —Esta vez la voz de Renato sonó más firme.
Ella finalmente se quedó en silencio, aunque las lágrimas ya le corrían por las mejillas. Renato la miró con seriedad.
—No voy a dejar que nadie te arrebate a Sergio.
Su mirada estaba llena de convicción.
—Los voy a proteger.
Sara seguía aterrada. Porque sabía quién era la familia Montero. Si realmente decidían llevarse a Sergio, tenían el poder para hacerlo.
Hasta que Rocío, que había permanecido callada todo ese tiempo, habló al fin:
—Quizás... Sara debería irse de aquí.
La mirada de Sara se volvió hacia ella al instante.
—¿Irme?
Rocío asintió despacio.
—Si el Doctor Santiago empieza a enterarse de todo, este lugar ya no es seguro para ti ni para Sergio.
Sara bajó la mirada, que cayó sobre la pequeña florería. El lugar que durante todos esos años había sido su hogar. El lugar lleno de recuerdos de su madre.
—Esta era la tienda de mi mamá... —murmuró quedamente—. No puedo abandonar este lugar.
Renato exhaló con pesadez.
—Si es necesario, vende la tienda.
Sara volteó hacia él.
—Renato...
—Compra un local nuevo, lejos de tu madrastra y de tu hermanastro.
La mirada de Renato se volvió seria.
—La seguridad de Sergio es lo más importante.
Aquellas palabras hicieron que Sara enmudeciera.
Rocío pensó un momento antes de decir con suavidad:
—La costa podría ser un buen lugar.
Sara se quedó helada, la mirada se le fue vaciando poco a poco. La costa era el lugar que alguna vez había soñado junto con Santiago. Tiempo atrás, cuando todavía estaban en la preparatoria, Santiago le había dicho:
"Cuando ya sea doctor y tenga éxito... vamos a construir una casita en la costa."
Sara nunca había olvidado aquel sueño. Al notar el cambio en la expresión de Sara, Renato comprendió de inmediato lo que pasaba.
—Si tú quieres... —dijo con cautela— yo puedo encargarme de arreglar todo.
Sara bajó la mirada, los ojos otra vez a punto de llenársele de lágrimas.
—Acepto.
Una vez tomada la decisión, el ambiente dentro de la florería se sintió distinto de pronto.
Como si todos se dieran cuenta de que aquella sería la última noche en el pequeño lugar que durante tanto tiempo había sido su hogar. Sara permaneció largo rato de pie, contemplando cada rincón de la tienda. Los estantes de madera ya un poco gastados. La foto de su madre colgada junto al mostrador. Y el jarrón con las rosas blancas y los tulipanes, todavía en su lugar.
El pecho se le apretó al pensar en Sergio. Sara sabía que no tenía otra opción.
Lentamente, tomó aire y se volvió hacia Lina y Raquel, que la habían estado observando en silencio.
—Lina... Raquel...
Las dos se acercaron de inmediato.
—¿Sí, Sara?
Sara intentó esbozar una pequeña sonrisa, aunque los ojos ya se le enrojecían.
—Por favor empaquen sus cosas esta noche.
Ambas se quedaron mudas.
—Mañana temprano... —la voz de Sara tembló ligeramente— nos vamos.
El rostro de Lina cambió de golpe.
—¿Mañana temprano?
—Es muy rápido, Sara... —Raquel también lucía impactada.
Sara asintió despacio.
—No quiero correr riesgos con Sergio.
Sergio lo era todo para Sara. Lina exhaló quedamente antes de asentir al fin.
—Si es por Sergio... vamos con usted.
—Sí —se apresuró a decir Raquel—. A donde usted vaya, Sara.
Los ojos de Sara ardieron al escuchar aquello. Durante todo ese tiempo, Lina y Raquel no habían sido simples empleadas para ella. Eran como su familia.
—Gracias... —murmuró Sara en un hilo de voz.
Renato, que estaba de pie no muy lejos, intervino:
—Yo me encargo de los boletos y de buscar un lugar provisional en la costa.
Sara asintió levemente.
—Perdón por causar tantas molestias...
—No vuelvas a decir eso —la corrigió Renato con suavidad.
Rocío también sonrió con ternura.
—Ustedes solo preocúpense de descansar esta noche.
Mientras tanto, en el pequeño cuarto, Sergio seguía profundamente dormido, sin saber que su vida volvería a cambiar a partir de la mañana siguiente.
Santiago, te pido perdón. Una vez más borro tu lugar en la vida de Sergio. Sus dedos estrujaron el tulipán blanco con fuerza.