Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 12
Capítulo 12. La señora Alcázar
La viejita del parque le marcó al día siguiente.
Y en cuanto intercambiaron un par de mensajes, Lucía se llevó una sorpresa que le desarmó por completo la desconfianza: la señora —Doña Carmen, se llamaba— resultó ser clienta y amiga de toda la vida de la maestra Ofelia. "Ah, ¿la Carmen? Muchacha, esa señora me ha comprado vestidos treinta años", le dijo Ofelia por teléfono, muerta de risa. "Es de fiar. Anda medio casamentera y muy metiche, pero de fiar. Ve a ver ese departamento."
Con la bendición de Ofelia, Lucía dejó de dudar. Quedaron de verse el lunes.
Doña Carmen la citó en Polanco.
Cuando Lucía se bajó del metro y caminó las cuadras que le indicaron, empezó a sentir que se había equivocado de dirección. Las calles se volvían más anchas, más limpias, más arboladas. Los coches, más caros. Y al final de una avenida se alzaba la torre: una construcción altísima de cristal y piedra, con un vestíbulo de mármol que se veía desde la banqueta, un nombre discreto en la entrada —Torre Montebello— y un portero de uniforme abriendo la puerta.
Lucía se quedó parada en la acera, con su bolsa de siempre, sintiéndose de pronto fuera de lugar, como una mancha en un vestido caro.
—Yo aquí no puedo pagar nada —murmuró.
Pero Doña Carmen ya la esperaba en el vestíbulo, haciéndole señas con la mano, encantada.
—¡Aquí, mija, aquí! Ándale, no te quedes ahí como palo.
El portero se enderezó al verlas acercarse y saludó con una inclinación respetuosa:
—Buenas tardes, señora Alcázar. ¿Le abro el elevador?
—Gracias, yo me arreglo. Vengo con visita.
Señora Alcázar. Lucía registró el apellido apenas un segundo y lo dejó pasar: el apellido de casada de una viejita amable, nada más. No tenía por qué significarle algo. En su cabeza no había ningún Alcázar; su mundo estaba hecho de telas, de rentas, de una familia que la exprimía, no de los apellidos que salían en las revistas que ella nunca leía.
Mientras subían en el elevador —un elevador con espejos, alfombra y música suave—, Lucía se miró de reojo en el reflejo: el suéter zurcido, los zapatos gastados, la bolsa de tela. Y volvió a sentir, como un eco viejo, aquella palabra que se había dicho tantas noches. Utilería. En su casa había sido la utilería, el objeto que se usaba. Aquí, en cambio, entre estos espejos, algo dentro de ella se atrevió a susurrar otra cosa, tímida pero terca: yo también quiero un rincón mío. Un lugar del tamaño que sea, pero donde yo entre por la puerta como dueña y no como sirvienta.
El elevador se detuvo en el piso veintidós. Doña Carmen la guio por un pasillo alfombrado hasta una puerta, la abrió, y Lucía se quedó sin aire.
El departamento era luminoso, amplio, con ventanales que daban a la ciudad entera. Tres recámaras. Una de ellas, con una pared de luz perfecta, parecía hecha a la medida para poner una mesa de corte y un maniquí. Lucía caminó por los cuartos sin atreverse a tocar nada, con esa mezcla de deslumbramiento y tristeza de quien mira algo que sabe que no puede pagar.
—Es precioso, doña —dijo, y le costó decirlo—. Pero yo no… esto ha de costar una fortuna. Yo no puedo.
—Eso lo decido yo, que soy la dueña de la renta —contestó Doña Carmen, con un guiño—. De cuánto hablamos y cómo, lo vemos con calma. Tú primero dime si te gustaría vivir aquí.
A Lucía se le hizo un nudo en la garganta. Claro que le gustaría. Le gustaría tanto que dolía. Pero prefirió no ilusionarse, así que solo asintió, con la calidez de esa viejita metiéndosele en el pecho, y bajó de nuevo al vestíbulo con la cabeza dándole vueltas y una necesidad urgente de contarle todo a alguien que la quisiera.
Salió a la banqueta y le marcó a Fernanda.
—¡Comadre! —La voz de su amiga estalló al otro lado, cálida y escandalosa como siempre—. ¿Dónde andas metida que no me cuentas nada?
Lucía se rio, y sintió que se le destrababa algo en la garganta. Le contó a trompicones: la pelea con su familia, la mudanza, la viejita del parque, la torre imposible.
—A ver, a ver, para. —Fernanda tomó aire—. ¿Sabes qué? Nada de esto me lo cuentas por teléfono. Mañana paso por ti y te llevo a comer rico, de lo bueno, yo invito. Y me cuentas TODO, con lujo de detalle. Ya, comadre, no se discute.
—Fer, no tienes que…
—¡Que no se discute! Mañana a la una. Ponte bonita. Y prepárate, porque hay un chisme que te tengo que contar, algo de un cliente que anda preguntando por ti en el medio. —Fernanda bajó la voz, gozándolo—. Pero eso mañana, en persona. No te lo suelto por teléfono.
—Fer, no me hagas esto. ¿Cuál cliente?
—¡Mañana, comadre! Un beso, te dejo, que se me quema la comida.
Y colgó, dejándola con la duda picándole, muy a su estilo.
Lucía se quedó mirando el teléfono, entre la risa y la intriga. Un cliente preguntando por ella. No quiso pensar en cierto hombre de traje oscuro y voz ronca. No quiso, pero lo pensó de todos modos, y se enojó consigo misma por segunda vez en esa semana por el mismo motivo.
Guardó el teléfono y sonrió sola. Levantó la cara hacia lo alto de la Torre Montebello, que se perdía contra el cielo, tan lejos de la casa de la que se estaba yendo, y por primera vez en semanas tuvo la sensación rarísima de que el destino, por una vez, le estaba haciendo un guiño.
Detrás de ella, el portero le sostuvo la puerta a una señora que salía y volvió a decir, con la misma naturalidad de antes, "que le vaya bien, señora Alcázar". El apellido pasó junto a Lucía como pasa el viento: sin que lo agarrara, sin que supiera que un día ese apellido iba a ser el eje entero de su vida.
No sabía cuánto le estaba guiñando el destino. No tenía forma de saberlo. Pero por primera vez en mucho tiempo, caminaba hacia adelante.