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Casada con el capitán que odiaba

Casada con el capitán que odiaba

Status: En proceso
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

...Nina....

Tres de la mañana y la lluvia ya había parado, pero el techo seguía goteando en algún rincón que nunca logro ubicar. Revisé el celular por costumbre. Error.

Julián Ríos. Dos mensajes de WhatsApp.

"¿Estás despierta?"

"¿Te sientes sola? Puedo ir a hacerte compañía."

Leí los mensajes dos veces. Luego una tercera, por si el insomnio me estaba jugando una broma cruel. Pero no. Ahí estaban. De él. A las tres de la mañana. Para mí —una mujer casada.

Bloqueé la pantalla y dejé el celular boca abajo sobre la mesita de noche.

Diez años. Diez años queriéndolo como una idiota, tragándome cada indirecta que nunca fue directa, cada "eres como mi hermana" que me destrozaba con una sonrisa, y ahora que tenía un anillo en el dedo —ahora sí me escribía a las tres de la mañana.

No contesté.

Me quedé mirando el techo oscuro hasta que vibró otra notificación. Esta vez era Camila.

"NINA. Despierta. Tengo trabajo para ti."

"Un cliente necesita fotos aéreas y video de aventura en Cerro Sur. Pagan 8000 pesos. ¿Te interesa o te lo paso a Moncada?"

Mis dedos volaron sobre la pantalla.

"Si le pasas eso a Moncada te borro de mi vida."

"Jajajaja. Te mando los datos mañana temprano. Duerme, loca."

Ocho mil pesos. No era una fortuna, pero cada peso contaba cuando debías nueve millones.

Nueve millones. A veces lo repetía en mi cabeza solo para sentir el golpe, como tocar un moretón para comprobar que sigue doliendo. Andrea —mi socia, mi amiga, la mujer a la que le confié todo— había vaciado la cuenta de la productora y desaparecido. Me dejó los contratos incumplidos, las deudas con proveedores y un mensaje de WhatsApp que decía: "Perdóname, no tuve opción."

Eso fue hace un año. La misma semana en que Julián subió la foto con Lorena mostrando el anillo de compromiso. La misma semana en que mi vida entera se desmoronó como un edificio con las bases podridas.

Fui a un bar. Yo, que no tomaba. Yo, que siempre era la conductora designada. Me senté en la barra de un lugar que se llamaba La Deriva y pedí lo que fuera más fuerte.

—¿Nina?

Giré en el banco y casi me caigo. Santiago Reverte. Un metro ochenta y ocho de pasado que no quería recordar.

En la secundaria lo odiaba. Me escondía los cuadernos, me cambiaba las etiquetas del almuerzo, una vez le dijo a todo el salón que yo roncaba en el campamento —cosa que era verdad, pero igual. Santiago Reverte: el chico que me hacía la vida imposible y que, según Camila, "solo lo hacía porque le gustabas, tonta."

Ya no era un chico. Llevaba una camisa con las mangas dobladas hasta los codos y unos antebrazos que no tenían ningún derecho a verse así. Capitán de A330. Volaba rutas a Frankfurt, São Paulo, Madrid. Nos habíamos cruzado dos veces en reuniones de exalumnos y las dos veces me había saludado con un "hola" tan seco que parecía que le debía plata.

Pero esa noche se sentó a mi lado y pidió lo mismo que yo.

—Te ves terrible —dijo.

—Gracias. Justo lo que necesitaba escuchar.

—No es un insulto. Es una observación.

—Pues guárdatela.

No se la guardó. Tampoco se fue. Se quedó ahí, tomando a mi lado sin hacer preguntas, y cuando yo empecé a hablar —porque el alcohol tiene esa crueldad de abrirte la boca cuando más necesitas callar— él escuchó todo. Andrea. La deuda. Julián y Lorena. Cada cosa rota.

No dijo "qué mal" ni "todo va a estar bien." Solo dijo:

—¿Quieres otra copa?

Desperté en su departamento. Sábanas oscuras, olor a suavizante caro, un vaso de agua y una aspirina en la mesita de noche. Él ya estaba vestido, preparando café en la cocina como si fuera cualquier mañana.

—Cásate conmigo —dijo, sin voltear a verme.

Me quedé parada en la puerta de la cocina con su camiseta puesta, descalza, con el pelo hecho un desastre.

—¿Qué?

—Yo pago tu deuda. Nos casamos. Conveniente para los dos.

—¿Conveniente cómo?

—Mi familia necesita que esté casado. Tú necesitas nueve millones de pesos. Es aritmética.

Lo miré. Él seguía de espaldas, sirviendo café en dos tazas, como si me hubiera preguntado si quería azúcar.

Dije que sí. Así, sin pensarlo. Como se toman las peores decisiones y también las mejores: con el estómago vacío y el corazón demasiado cansado para oponer resistencia.

Esa misma tarde fui a hacer bungee jumping. Necesitaba sentir algo que no fuera pánico financiero ni confusión. Camila me filmó desde abajo. En el video se me ve la cara justo antes de saltar —los ojos abiertos, la mandíbula apretada, algo entre terror y furia— y la subió a TikTok con la frase: "Así se ve alguien que ya perdió todo y no le queda nada que perder."

Tres millones de vistas en cuarenta y ocho horas. Después vinieron las marcas de equipo deportivo, las invitaciones a grabar en montañas y ríos, la gente pidiéndome más videos de "la chica que enfrenta la muerte sin pestañear." Así nació mi segunda carrera, por accidente, como todo lo importante en mi vida.

Me levanté a las seis. Ducha rápida, protector solar, ropa cómoda. Revisé el equipo: dron cargado, GoPro, baterías extra, arnés por si el terreno lo pedía. Guardé todo en la mochila y bajé las escaleras.

La sala estaba oscura.

No debería haber nadie. Santiago tenía vuelo a Frankfurt —salía ayer a las cuatro de la tarde, no regresaba hasta el jueves. Yo lo sabía porque revisaba su calendario en el refrigerador, no porque me importara, sino porque necesitaba saber cuándo tenía la casa para mí sola.

Pero ahí estaba. Sentado en el sillón grande, sin prender ninguna luz, con el uniforme de capitán todavía puesto. Camisa azul marino, los galones dorados en los hombros, el saco del uniforme doblado sobre el respaldo. La única luz era la de su celular.

Se me paró el corazón medio segundo.

—¿Qué haces aquí? —dije, y sonó más brusco de lo que quería.

Levantó la vista del teléfono. Con la poca luz distinguí sus facciones —mandíbula recta, ojos oscuros, esa expresión suya que siempre parecía estar evaluándome.

—Cambié turno —dijo.

—¿Por qué?

—Porque puedo.

No me dio más explicación. Se quedó viéndome con la mochila al hombro, el pelo recogido, lista para salir, y algo cambió en su cara. Algo mínimo que otra persona no habría notado.

—¿Te molesta que esté aquí? —preguntó.

—No. ¿Por qué me molestaría?

—No sé. Dímelo tú. Parecías más contenta cuando viste la sala vacía.

—No es cierto.

—Mientes muy mal, Nina.

Odiaba que hiciera eso. Que me leyera como si fuera transparente. Con Julián yo había sido una experta en fingir que todo estaba bien; con Santiago no me funcionaba nada.

Fui a la cocina por una botella de agua y se me resbaló de las manos. Cayó al piso, salpicando el mosaico. Me agaché para recogerla y él ya estaba ahí, más rápido, levantando la botella con una mano mientras con la otra sacaba un trapo del cajón.

Quedamos cerca. Demasiado cerca. Yo agachada, él en cuclillas frente a mí, limpiando el piso con su camisa de capitán que probablemente costaba lo que yo ganaba en tres trabajos. Le vi los hombros, amplios, el pecho bajo la tela oscura, los botones tirantes en la parte de arriba. Apartó la mirada antes que yo.

—¿Dónde es el trabajo? —preguntó sin levantarse, secando el charco con movimientos lentos.

—Cerro Sur.

Un silencio.

—Cerro Sur —repitió, como masticando el nombre.

—Sí. ¿Hay algún problema?

—Ninguno. —Se incorporó. Desde abajo me parecía todavía más alto, una pared de uniforme azul oscuro. —Te llevo.

—No hace falta. Pedí un auto.

—Cancélalo. Te llevo yo.

—Santiago, no.

Lo dije rápido, sin pensar, y vi cómo recibía ese "no" —un parpadeo, la mandíbula un poco más tensa, las manos quietas a los costados. Duró un instante. Después volvió la expresión neutra de siempre.

—Como quieras.

Me colgué la mochila y caminé hacia la puerta. Ya con la mano en la manija, dije sin voltear:

—Vuelvo tarde. Hay comida en el refri.

No esperé su respuesta. Cerré la puerta y caminé hacia el auto que ya me esperaba afuera.

...Santi....

La puerta se cerró y me quedé parado en la sala a oscuras como un imbécil.

Hay comida en el refri.

Cinco palabras. Eso era lo que me tocaba. Cinco palabras funcionales, sin temperatura, como las que le dejas a un roommate que apenas toleras.

Me senté otra vez en el sillón. El departamento olía a su shampoo —algo cítrico que se me quedaba en la cabeza durante horas después de que ella se iba.

Diez años. Diez años callándome. Desde la secundaria, desde la primera vez que la vi discutir con un profesor de historia porque le había puesto mala nota en un ensayo y ella estaba segura de que tenía razón. Tenía catorce años, el pelo suelto, las mejillas rojas de coraje, y yo supe en ese momento con la claridad estúpida de los quince años que esa chica me iba a destruir la vida.

Le escondía los cuadernos para que me hablara. Le cambiaba las etiquetas del almuerzo para ver su cara de confusión. Cada idiotez que hacía era una excusa patética para que me mirara aunque fuera con odio. Y después ella se fue detrás de Julián Ríos —Julián y su guitarra, Julián y su sonrisa fácil, Julián que la trataba como a una hermanita mientras ella se moría por él— y yo me tragué todo y me metí a la escuela de aviación.

Cuando la encontré en aquel bar, destruida, borracha por primera vez en su vida, supe que era mi oportunidad. Mi única oportunidad. Le propuse matrimonio como quien propone un negocio porque sabía que si le decía la verdad —llevo diez años enamorado de ti— habría salido corriendo.

Ahora vivíamos juntos y ella me hablaba como al técnico que viene a revisar el aire acondicionado.

Abrí TikTok. No seguía a Julián Ríos —no necesitaba darle esa satisfacción— pero sí revisaba su perfil. Sabía que era patético. No me importaba.

Su último video era de ayer. Julián con la guitarra en un mirador verde, el pelo revuelto de cantautor, la sonrisa perfecta. La ubicación decía Cerro Sur. El texto sobre el video: "Grabando algo especial en un lugar especial. Nos vemos pronto."

Cerro Sur. Nina iba a Cerro Sur. Julián estaba en Cerro Sur.

Le había dicho que cambió turno "porque podía." La verdad era que había visto ese video anoche, y algo se le rompió adentro, y llamó a operaciones a las once de la noche para pedir el cambio.

Se quedó mirando la pantalla. El auto de Nina ya debía ir por la avenida principal.

Se levantó del sillón, fue al cuarto, y agarró las llaves de su camioneta.

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