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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 — Atrapar al culpable

Esa mañana, Mela llegó más temprano que de costumbre. El cielo aún estaba gris. El rocío todavía se aferraba a las puntas de las hojas. Pero sus pasos se detuvieron en seco al entrar a la parcela.

Frunció el ceño al captar un sonido extraño.

—¡Vengan! —llamó.

Apuró el paso. Y cuando sus ojos cayeron sobre las hileras de plantas, el aire se le atoró en la garganta.

Varios surcos estaban destrozados. La tierra pisoteada, los tallos partidos, las hojas arrancadas y desperdigadas por el suelo.

No eran uno ni dos: casi todo un costado de la parcela.

—¿Cómo... cómo pudo pasar esto? —Se agachó y recogió un tallo de chile quebrado. Le temblaban las manos.

Se dio cuenta de que la rotura aún estaba fresca, lo que significaba que acababa de ocurrir.

—¡Mel! —Las voces de Dora y las demás llegaron desde lejos. Corrieron hasta ella y se frenaron a su lado.

—¡Dios santo! —exclamó Susana, espantada.

Yolanda se acercó de inmediato, recorriendo los alrededores con la mandíbula apretada. —¿Quién hizo todo esto? —gruñó—. Esto no fue un animal.

Dora entrecerró los ojos al ver las huellas de zapatos, nítidas en la tierra, y la dirección de las pisadas parecía deliberada.

Dora cerró el puño. —¡Malditos!

—Esto ya es demasiado —dijo Lucía.

El ánimo se caldeó. La rabia se palpaba en el aire. Pero Mela no se movió. Seguía en cuclillas, contemplando la planta rota entre sus manos.

No lloró ni gritó. Sin embargo, su silencio pesaba más que cualquier estallido.

—¡Mel, tenemos que encontrar al responsable! —dijo Dora—. Si lo agarro, yo voy a...

—¡Ya basta! —la cortó Mela.

Se incorporó despacio. Su mirada barrió la parcela arruinada y luego se posó en ellas. —Ahora no es momento de enojarnos.

—Pero entonces, ¿qué hacemos? —replicó Yolanda, inconforme.

Mela inspiró hondo. —Primero arreglamos todo.

—¿Arreglar? —repitió Susana—. ¿Con todo lo que destruyeron?

Mela asintió. —Lo que se pueda salvar, lo salvamos. —Se inclinó y levantó una planta que aún seguía en pie—. Lo que no... lo sembramos de nuevo.

Dora dejó escapar un suspiro y se agachó en el otro extremo. —Está bien —masculló.

Yolanda chasqueó la lengua, pero se puso a ayudar.

Una por una, todas empezaron a moverse. La tierra maltratada se fue alisando. Las plantas que aún vivían fueron enderezadas. Las que estaban rotas, arrancadas.

Nada de aquello era fácil. Pero no se detuvieron. Ni siquiera al mediodía, cuando el sol pegaba más fuerte que de costumbre. El sudor les empapaba el rostro, las manos ennegrecidas de tierra, y ninguna se quejó.

—¡Mel! —llamó Lucía en voz baja.

Mela volteó. —¿Qué pasa?

Lucía se puso de pie con gesto dubitativo. —Esto... ¿Estás segura de que es suficiente?

Mela se quedó en silencio un momento, recorriendo con los ojos su parcela aún maltrecha, que no se había recuperado del todo pero ya no lucía tan devastada como por la mañana.

—No, no es suficiente —admitió con franqueza.

Todas callaron, volviendo la vista hacia el terreno que tanto esfuerzo les había costado trabajar y que alguien había destruido sin ningún miramiento.

Al atardecer, se sentaron al borde de la parcela. Estaban agotadas, más que cualquier otro día.

—Mel, ¿no te da miedo que vuelva a pasar? —preguntó Dora.

Mela se quedó mirando su terreno un instante y esbozó una sonrisa mínima. —La verdad, sí me da miedo. Pero... yo ya perdí algo mucho más grande que esto.

La frase era sencilla, y sin embargo las dejó calladas a todas.

—Si esto se arruina, todavía puedo volver a sembrar —continuó Mela. Fue mirándolas una por una—. Mientras sigamos aquí, no hemos perdido.

Mela trataba de mantener la calma y esperaba que algo así no se repitiera. Pero cuanto más lo dejaban pasar, el culpable se envalentonaba.

Hasta que al fin se le acabó la paciencia. Y a Dora y las demás, también.

Mela decidió actuar de una vez, porque aquello ya era intolerable.

Esa noche, el pueblo volvió a quedar en calma. Pero no para todos.

En un rincón oscuro, alguien se mantenía de pie, observando la parcela de Mela desde lejos. Inmóvil, como si esperara algo.

Y del otro lado, Mela acababa de cerrar la puerta de su casa. Su paso era lento, el cuerpo agotado. Pero la mirada era distinta a la de siempre, porque ahora no solo se dedicaba a sembrar: de nuevo la ponían a prueba para ver si resistía.

Aunque se repetía que estaba bien, la verdad era que no se sentía del todo tranquila después de lo ocurrido.

La parcela ya había sido reparada y las plantas comenzaban a erguirse de nuevo. Pero la sombra de quien le destruía el terreno y las siembras no dejaba de rondarle la cabeza.

Ahora, Mela y las demás estaban de pie al borde de la parcela, escrutando los alrededores.

La noche se sentía silenciosa. Solo se oía el viento y el canto de los grillos.

—No podemos seguir quedándonos de brazos cruzados —dijo Yolanda.

Dora asintió. —Ya van tres veces. La última no fue tan grave, pero esto ya rebasó todos los límites. Que se atenga a las consecuencias si lo agarramos —gruñó, golpeándose la palma de la mano con el puño.

Mela guardó silencio un momento. Su mirada recorrió la parcela que poco a poco se recuperaba. Luego asintió despacio.

—Esta noche vamos a hacer guardia.

Y esa noche, por primera vez, la parcela no quedó sola.

Mela y sus cuatro amigas, con la ayuda de algunos vecinos, se escondieron en distintos puntos: detrás de un árbol, junto a la cerca rústica, al lado del canal de riego.

Apagaron las linternas y bajaron la voz al mínimo. Solo se escuchaban los grillos.

El tiempo transcurrió con lentitud.

Una hora.

Dos horas.

Nada.

—A lo mejor no viene —susurró Susana.

Yolanda chasqueó la lengua. —Cállate.

Mela siguió en su puesto. Los ojos fijos en la parcela, sin moverse un milímetro. Hasta que un sonido sospechoso rompió el silencio.

Todos se tensaron de inmediato.

La silueta de alguien apareció por la parte trasera. Avanzaba despacio, con cautela. Como quien conoce el terreno de memoria.

Mela entrecerró los ojos al ver que la figura se dirigía derecho a los surcos. Sin vacilar, el intruso comenzó a pisar las plantas, a jalarlas, a arrancarlas sin ningún cuidado.

—¡Ahora! —susurró Yolanda, dando la señal.

—¡OYE!

El grito rasgó el silencio de la noche.

Varios salieron de sus escondites al mismo tiempo, haciendo que la figura se sobresaltara e intentara huir. Pero sus pasos se frenaron cuando alguien le cerró el paso de frente.

—¡Alto ahí! —La voz de Dora retumbó. Tenía los puños cerrados, los ojos encendidos, claramente lista para explotar.

El intruso retrocedió, intentó escapar por un costado, pero ya era tarde. Los vecinos lo habían rodeado. No había salida.

—¡Quítate la cara tapada! —gritó Yolanda.

La figura no se movió. Solo se oía su respiración pesada.

Dora avanzó un paso. Sin dudarlo, le arrancó la tela que le cubría el rostro. Y en ese instante, todos enmudecieron.

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