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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA GRAN INVASIÓN DEL BUEN GUSTO

​La barbacoa en la casa de campo de los Riquelme estaba programada para ser un evento de networking de alto nivel, diseñado para impresionar a inversores y socios con la sofisticación y el impecable gusto de la familia. El jardín principal, con sus rosales importados y sus estatuas de mármol, estaba perfectamente dispuesto con mesas vestidas de lino blanco y camareros ofreciendo canapés minimalistas.

​Sin embargo, el plan maestro había sufrido una "modificación no autorizada" por parte del patriarca, Arturo Riquelme, quien, encantado con la familia Guedez, les había dado rienda suelta.

​A las 12:00 PM, el ambiente sufrió una metamorfosis radical. El sutil hilo musical de jazz que debía amenizar la recepción fue brutalmente asesinado por una potente mezcla de salsa baúl y vallenato romántico, cortesía de un gigantesco equipo de sonido portátil que Donato Guedez había sacado de su maletero con orgullo.

​—¡Esto sí es música para alegrar el alma, Don Arturo! —gritó Donato por encima del estribillo de "La Rebelión" del Joe Arroyo.

​Arturo, lejos de molestarse, asintió con entusiasmo, pidiéndole a un camarero que le trajera otra copa de coñac al nuevo encargado de la música.

​Mientras tanto, en el área de la barbacoa, el chef ejecutivo, traído especialmente para la ocasión, observaba con horror cómo Jonh Guedez tomaba el control de las brasas. Jonh, con su camiseta de trabajo ajustada y un delantal improvisado con una bandera de Venezuela, había desechado los cortes de carne premium y estaba asando enormes trozos de costilla y chorizo criollo que él mismo había marinado desde la madrugada. El olor, sin embargo, era innegablemente delicioso, y una fila de invitados, intrigados y hambrientos, comenzaba a formarse, ignorando los canapés del chef.

​—¡Eso es, mi gente! ¡Aquí hay sabor, no cartón! —anunciaba Jonh, repartiendo trozos de carne con la misma generosidad con la que repartía sonrisas.

​Ariadna, refugiada en el interior de la mansión, observaba la escena desde una ventana, con el ceño fruncido y un martini en la mano. Había intentado mantener el control, pero era inútil. Su madre, Mariana, estaba bailando animadamente con Eusebio, el abuelo de Jonh, quien, a pesar de su bastón, se movía con una agilidad sorprendente al ritmo de la salsa. Catalina, la abuela, estaba sentada en un sillón Luis XV, rodeada de varias directoras de cuenta, contándoles historias exageradas sobre su juventud en el pueblo, haciendo reír a todas.

​—Esto es el fin —murmuró Ariadna para sí misma.

​—¡Oh, vamos, Glaciar! ¡Esto es historia! —exclamó Daniela Padrón, apareciendo a su lado con una sonrisa de oreja a oreja y una cerveza Polar en la mano—. Mira a tu madre. ¡Nunca la habías visto tan feliz! Y mira a la junta directiva. ¡Están comiendo chorizo con las manos y pidiendo salsa picante!

​Ariadna, negándose a aceptar la realidad, salió al jardín decidida a restaurar el orden. Se dirigió a la mesa de sonido, con la intención de bajar el volumen de la música. Pero al llegar, se encontró con Donato, quien estaba bailando una cumbia con una copa de vino en la mano.

​—¡Jefa! ¡Únase a la fiesta! —exclamó Donato, ofreciéndole la mano.

​Antes de que Ariadna pudiera decir una palabra, Jonh apareció por detrás, con un plato de costillas humeantes.

​—Sé que necesita un control de calidad, Jefa —dijo Jonh, con una sonrisa pícara—. No puede auditar el evento sin probar el producto.

​Ariadna, atrapada entre el padre y el hijo, y con la mirada de media empresa sobre ella, suspiró resignada. Tomó el plato de costillas y, para sorpresa de todos (y horror de algunos), dio un mordisco. El sabor era ahumado, jugoso, delicioso.

​—Está... aceptable, Sr. Guedez —logró decir Ariadna, intentando mantener la dignidad.

​Jonh soltó una carcajada contagiosa.

​—Con el tiempo aprenderá a decir "glorioso", Jefa. ¡Se lo prometo!

​La fiesta, contra todo pronóstico, fue un éxito rotundo. Los inversores, cansados de la formalidad, se soltaron el pelo y disfrutaron de la comida, la música y la alegría contagiosa de la familia Guedez. La barrera corporativa se había derrumbado, y el "Viernes de Salsa" se había extendido al fin de semana.

​Al final de la tarde, Ariadna, con el vestido blanco manchado ligeramente de salsa y el pelo alborotado por el viento, se encontró sentada en el césped, comiendo una arepa con las manos, junto a Jonh y su familia. La música sonaba de fondo, y la risa llenaba el aire. Por primera vez en años, Ariadna Riquelme no estaba calculando nada. Estaba, simplemente, viviendo el momento. El Glaciar, finalmente, se había derretido.

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