Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 2
La lluvia golpeaba con furia los cristales del parabrisas mientras el coche de Helena se adentraba en la exclusiva finca de los De la Torre. Las luces del vehículo iluminaban la imponente fachada de piedra oscura de la mansión, una estructura arquitectónica que transmitía tanto lujo como una amenaza implícita. Para el resto del mundo, este lugar era el símbolo del poder financiero inquebrantable de la ciudad; para Helena, era el lugar donde solía esconderse de niña para jugar a las escondidas.
Sin embargo, esa noche no había nada de infantil en su visita.
Apretando el volante con los nudillos blancos, apago el motor. La conversación con el hombre misterioso de la fiesta aún resonaba en su cabeza, pero las palabras de alerta quedaban cortas ante la desesperación que le abrasaba el pecho. Necesitaba al único hombre con el peso social, el atractivo peligroso y el aura de poder suficiente para hacer tambalear el orgullo de Mateo. Necesitaba a Leonardo.
Salió del coche cubriéndose apenas con un abrigo de paño, corriendo bajo la tormenta hasta la imponente puerta de roble. Antes de que pudiera pulsar el timbre, la puerta se abrió de par en par.
Leonardo de la Torre estaba de pie en el umbral.
Iba sin chaqueta, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando la piel morena y marcada por venas firmes. Su corbata estaba ligeramente desajustada en el cuello, dándole un aire peligrosamente informal pero dominante. Con más de un metro ochenta y cinco de estatura, sus hombros anchos casi tapaban la luz tenue del recibidor. Helena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Está lloviendo a cántabros, Helena —dijo él. Su voz era grave, una caricia de terciopelo y hielo que pareció vibrar directamente en la columna de ella—. Y son más de las once de la noche.
—Necesito hablar contigo, Leo —respondió ella, dando un paso al frente para entrar sin esperar invitación. El aroma familiar a madera tostada, tabaco dulce y cuero de la casa la envolvió al instante, mezclado con la loción costosa que emanaba directamente del cuerpo de Leonardo.
Leonardo cerró la puerta a sus espaldas con un chasquido seco que resonó en el gran vestíbulo de mármol. Se giró despacio, metiendo una mano en el bolsillo de sus pantalones de vestir mientras la observaba. Sus ojos, de un gris oscuro y penetrante, recorrieron las gotas de agua que resbalaban por el cuello de Helena, bajando por su clavícula hasta perderse en el escote de su vestido mojado. No había calidez de amigo de la infancia en su mirada; era la inspección fría y lenta de un hombre que evalúa algo que le pertenece.
—Si vienes a llorar por el compromiso de tu hermana con Mateo, te equivocaste de dirección —dijo él con una frialdad calculada, caminando hacia la licorera de cristal sobre una mesa de caoba. Sirvió dos dedos de whisky sin quitarle la vista de encima—. La compasión nunca ha sido mi fuerte, y lo sabes.
—No vine por compasión —sostuvo ella, avanzando hasta quedar a un par de pasos de él. El aire entre los dos se volvió denso, sofocante, cargado de una magnetismo eléctrico que Helena intentó ignorar—. Vine a hacerte una propuesta.
Leonardo dio un sorbo a su copa, arqueando una ceja con pausada arrogancia.
—Te escucho.
Helena respiró hondo, sintiendo cómo el calor de la habitación empezaba a secar su piel, dejando una sensación de cosquilleo febril.
—Mateo no ama a Victoria. Se está casando por la alianza entre las familias, pero me quiere a mí. Lo vi en sus ojos esta noche. Solo necesita un empujón, algo que sacuda su ego y le haga darse cuenta de que no puede tenerme disponible como su premio de consolación.
—¿Y qué sugieres? ¿Un poema trágico? ¿Una carta anónima? —se burló Leonardo, dando un paso hacia ella. La sombra de su cuerpo la envolvió por completo.
—Un noviazgo —soltó Helena sin titubear, clavando la mirada en sus labios impecablemente delineados—. Quiero que fingas que estás saliendo conmigo. Que me lleves a cada evento, que me mires como si fuera lo único que te importa, que beses mi mano frente a las cámaras de la alta sociedad. Quiero ponerlo tan rabioso de celos que rompa el compromiso antes de llegar al altar.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación. El sonido de la lluvia estrellándose contra los ventanales era lo único que llenaba el espacio.
Por un segundo, la máscara de hielo de Leonardo pareció resquebrajarse. Un destello oscuro, casi voraz, cruzó por sus pupilas antes de ser reprimido tras una sonrisa lenta y peligrosa. Dejó la copa de whisky en la mesa con un golpe sordo y dio un paso más, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. Helena sintió cómo el corazón se le desbocaba contra las costillas; la cercanía de Leonardo producía una atracción física tan violenta que le cortaba la respiración.
—¿Quieres que juegue a ser tu novio para llamar la atención de otro hombre? —murmuró él, bajando la cabeza hasta que sus labios quedaron a milímetros de la oreja de Helena. Su aliento cálido le erizó cada bello de la nuca—. Qué idea tan infantil, dulce Helena.
—Es el único plan que funcionará —insistió ella, tratando de mantener la firmeza en la voz, aunque el roce casi imperceptible de la mano de Leonardo contra su cintura le enviaba descargas eléctricas por la espina dorsal—. Mateo te teme, Leo. Respeta tu poder y envidia todo lo que tienes. Si ve que tú me posees, se volverá loco.
Leonardo deslizó lentamente su mano desde la cintura de Helena hasta la parte posterior de su cuello, enredando los dedos en su cabello aún húmedo. El agarre no era suave; era firme, dominante, manteniéndola cautiva sin margen para escapar. La presión de su palma contra la piel desnuda de su espalda la hizo ahogar un suspiro.
—Poseerte... —repitió él, saboreando la palabra con una cadencia oscura que le hizo dar un vuelco al estómago a Helena—. Hablas de eso como si fuera una actuación fácil. Si acepto esto, Helena, no habrá espacio para dudas. Si voy a estar a tu lado frente a la prensa y frente a tu familia, las miradas no serán actuadas. Los toques no serán tímidos.
Helena tragó saliva, sintiendo el pulso acelerado en su garganta justo donde el pulgar de Leonardo descansaba suavemente. La intensidad en los ojos de él la asustaba tanto como la atraía. Había algo en la postura de su amigo de la infancia que había cambiado; ya no era el chico con el que compartía secretos, sino un predator que acechaba a su presa.
—Acepto las condiciones —susurró ella, desafiándolo con la mirada a pesar del temblor interno que amenazaba con traicionarla—. Solo dime si estás dentro o si le tengo que pedir esto a alguien más.
El agarre de Leonardo en su cuello se apretó apenas un milímetro más, trayéndola pegada a su cuerpo de tal forma que Helena pudo sentir la dureza de su torso contra sus pechos y el calor abrazador que despedía.
—Ni se te ocurra pensar en otro hombre —sentenció él, con una voz baja y posesiva que resonó como una orden inquebrantable—. Acepto el trato, Helena. Pero te advierto algo desde ahora: no me gusta perder, y mucho menos me gusta compartir lo que firmo con mi nombre.
Helena sintió una corriente de aire helado y fuego líquido recorrerle las venas. Había conseguido lo que quería, pero al mirar la sonrisa calculadora de Leonardo, una pequeña voz en su interior le advirtió que acababa de abrir una puerta que jamás podría volver a cerrar.