En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capítulo 15: Lo que duele cuando ya no hay pelea
Lo que duele cuando ya no hay pelea
El fin de semana llegó sin avisar y se sintió demasiado largo.
Sin los mensajes de Mateo, sin las discusiones, sin la tensión constante de estar pendiente de su humor, los días se estiraban. Había horas enteras en las que no sabía qué hacer conmigo misma. Antes, incluso cuando estábamos bien, una parte de mi cabeza siempre estaba ocupada en él: qué le contestaría, si debía llamar, si había sonado demasiado distante en el último mensaje. Ahora ese espacio estaba vacío. Y el vacío, aunque ya no me aplastaba como al principio, seguía siendo ruidoso.
El sábado por la mañana me obligué a salir a correr. No porque me gustara correr. Sino porque necesitaba cansar al cuerpo para que la mente callara un poco. Volví a casa con las piernas temblando y el pecho ardiendo. Lucas estaba en la cocina preparando huevos.
—Te ves horrible —dijo con cariño—. Eso significa que lo estás haciendo bien.
—Gracias por el apoyo incondicional.
Me lanzó un trapo de cocina a la cabeza. Lo esquivé por poco. Por un momento todo se sintió normal. Liviano. Como si de verdad estuviéramos aprendiendo a vivir del otro lado de las rupturas.
Por la tarde, mientras ordenaba cajones que no ordenaba desde hacía meses, encontré una caja de zapatos en el fondo del armario. Adentro había cartas. No de Mateo. Cartas viejas de cuando Lucas y yo éramos adolescentes. Notas tontas que nos dejábamos debajo de la puerta cuando estábamos enojados. Una de ellas decía, con letra de él a los quince años: “Dejá de hacerte la fuerte todo el tiempo. Me canso de que no me dejes ayudarte”.
Me senté en el piso y lloré.
No fue un llanto dramático. Fue un llanto cansado, de esos que salen cuando el cuerpo finalmente encuentra un resquicio por donde escurrir lo que lleva días conteniendo. Lucas me encontró ahí, con las cartas esparcidas alrededor y la cara hecha un desastre.
—Hey… —se agachó a mi lado—. ¿Qué pasó?
Le mostré la nota. Él la leyó en silencio y después soltó una risa baja y triste.
—Qué hijo de puta era de adolescente. Ya te estaba retando.
—Y tenías razón. Nunca te dejé ayudarme del todo. Siempre tenía que ser yo la que sostenía.
Lucas se sentó en el piso a mi lado y apoyó la cabeza en la pared.
—Y yo nunca te conté del todo lo de Thiago hasta que ya estaba destrozado. Somos un desastre los dos. Pero al menos ahora somos un desastre juntos y no por separado.
Me reí entre lágrimas. Él me pasó un brazo por los hombros y nos quedamos así un buen rato, rodeados de papeles viejos y silencios nuevos.
Esa noche no tenía ganas de quedarme en casa. Le escribí a Adrián:
“¿El parque sigue existiendo o ya lo cerraron por exceso de faroles parpadeantes?”
La respuesta llegó casi de inmediato:
“Sigue existiendo. Y el chocolate de máquina sigue siendo horrible. ¿Ocho y media?”
“Ocho y media.”
El parque estaba más frío que la vez anterior. Adrián ya estaba en el mismo banco, con dos vasos de cartón humeando. Cuando me senté, me pasó uno sin decir nada. Esta vez el silencio entre nosotros no se sintió como un espacio que había que llenar. Se sintió como un lugar donde se podía estar.
—Hoy encontré cartas viejas de mi hermano —conté después de un rato—. De cuando éramos chicos. Me hizo darme cuenta de cuánto tiempo pasé creyendo que tenía que poder con todo sola.
Adrián bebió un sorbo y miró hacia los árboles oscuros.
—La mayoría aprendemos eso temprano. Que pedir ayuda es una debilidad. Después pasamos años desaprendiendo lo mismo.
—¿Tú ya lo desaprendiste?
—Estoy en proceso. Algunos días se me olvida y vuelvo a cerrarme. Otros días… dejo que alguien se siente en un banco a tomar chocolate malo conmigo.
La frase me dejó un calor raro en el pecho. No respondí. Solo choqué mi vaso contra el suyo en un brindis silencioso.
Hablamos de cosas pequeñas después. De libros. De lo mucho que odiábamos el sonido de las notificaciones. De una serie que los dos habíamos abandonado en el mismo capítulo. Cada tanto el farol parpadeaba y la luz le cruzaba la cara, iluminando la cicatriz de su ceja. Me di cuenta de que ya no me resultaba un extraño. Y eso me asustó un poco.
Cuando el chocolate se terminó, caminamos despacio hacia mi casa. En la esquina, Adrián se detuvo.
—Valeria.
—¿Sí?
—Si en algún momento sientes que estás avanzando demasiado rápido… o demasiado lento… no tienes que explicármelo. Solo dilo. Yo me adapto.
La simpleza de la oferta me desarmó. Mateo siempre había necesitado explicaciones largas, justificaciones, pruebas de que yo seguía siendo “razonable”. Adrián solo ofrecía espacio.
—Gracias —logré decir.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Adrián.
Subí las escaleras sintiendo el corazón más revuelto de lo que había estado en semanas. No era el caos de antes. Era una inquietud nueva. Más viva.
Lucas estaba despierto, como casi siempre. Me miró de arriba abajo cuando entré.
—Vienes con cara de parque otra vez.
—Sí.
—¿Y?
—Y… creo que me estoy acostumbrando a alguien que no me hace sentir que tengo que ganarme el derecho a estar tranquila.
Lucas sonrió, pequeña y genuina.
—Entonces no lo arruines con miedo. Y si lo arruinas, me cuentas. Para reírme un poco de ti.
Le arrojé un almohadón. Él lo esquivó riendo.
Esa noche, antes de dormir, abrí la libreta. La pluma se quedó suspendida un segundo sobre el papel. Después escribí:
“Hoy lloré por una carta de cuando tenía quince años.
Hoy alguien me ofreció adaptarse a mi ritmo sin pedirme nada a cambio.
El miedo sigue aquí.
Pero ya no es el único que habla.”
Cerré la libreta.
Apagué la luz.
Y por primera vez desde que desperté en esta nueva vida, me dormí sin sentir que estaba esperando a que algo malo pasara.
Solo estaba… presente.
En el silencio.
En el espacio.
En mí.