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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La caminata de otoño y tu enorme sonrisa.

Para ese entonces ya daba por terminada la historia.

Hacía meses que habías dejado de venir. Ya no nos escribíamos como antes, ya no teníamos esas charlas interminables, tus ocurrencias, a veces incoherentes, ya no formaban parte de mi día a día. Tampoco sentía esa alegría que, sin saberlo, me regalabas todos los días.

Y un día como cualquier otro, camino a mi trabajo, te encontré.

Era ese otoño bien otoño, en el que hay que salir abrigado pero el sol todavía se parece al de la primavera. Íbamos para el mismo lado. Nos saludamos torpemente y caminamos unas cuadras entre preguntas forzadas y miradas que esquivaban encontrarse. Hasta que, de repente, ahí estábamos otra vez: hablando de nosotros, de la vida, de todo.

Como si el tiempo no hubiera pasado.

Como si nunca nos hubiéramos dejado de hablar.

Como si nunca hubieras conseguido pareja, ni te hubieras juntado, ni formado tu familia.

Te encontré distinto, aunque tantas veces había imaginado cómo sería volver a verte. Pero como todo en la vida, la planificación no sirve de nada.

Tenías puesta ropa de trabajo, la típica. Pero ese pantalón cargo te quedaba tan bien, en realidad todo te quedaba bien, como siempre. Y ahí volvía yo, entrando otra vez en esa espiral interminable. Ya hacía frío. Tenías la nariz roja, como aquella noche en nuestro banquito; la piel más blanca que nunca, los labios siempre rojos. Estabas hermoso. El frío te hacía ver más lindo, más tierno. Tal vez ya lo había notado antes, años atrás, pero ese otoño lo sentí como la primera vez.

No quería llegar. Quería seguir caminando con vos, hablando para siempre, disfrutando de tu compañía. Pero esta vez no había excusas para seguir viéndonos.

De repente te detuviste. Yo frené al darme cuenta de que ya no caminabas. Me miraste con los ojos vidriosos y algunas lágrimas corriendo por tus mejillas. Me acerqué y me abrazaste, como siempre, pero más fuerte. Mucho más fuerte. Así estuvimos un largo rato.

Después te separaste, pero me tomaste de la mano y me pediste que sigamos caminando así, de la mano. Como pocas veces lo habíamos hecho en todos nuestros años. Sentir tu piel era algo que extrañaba profundamente. Mi corazón latía acelerado y en mi cara se notaba esa sonrisa estúpida que siempre me sacabas. Me hacías feliz. Siempre lo hiciste, de una forma inexplicable, con mucho o con poco, con lo que podías.

Llegamos a la esquina donde teníamos que despedirnos. Yo entraba al trabajo y vos también. No quise decir nada. No quería presionarte. Tenía muchas preguntas, pero no sabía si ya servían para algo. Así que solo te agradecí el paseo, te besé la mejilla derecha y te susurré que estabas más lindo que nunca. Te sonrojaste de la forma más linda y te quedaste tocándote la mejilla que había besado.

Me fui sin esperar nada. Ya no sabía qué esperar de vos.

Esa noche apareciste sin avisar. Golpeaste la ventana de la pieza y entraste por ahí, como si te escondieras de algo. La situación fue absurda y, al mismo tiempo, muy divertida. Estabas serio, sin poder decir una palabra. Te tropezaste al entrar y, cuando caíste, me reí a carcajadas. Y ahí estábamos otra vez, como en nuestros mejores años.

Reíamos como dos locos.

Después estábamos en la cama, de costado, mirándonos. No decíamos mucho. Solo nos mirábamos y sonreíamos. Siempre me hacías feliz, y ojalá yo te haga sentir aunque sea la mitad del bien que vos me hiciste.

Más tarde estábamos en el sillón, compartiendo una manta, en pijamas, comiendo helado.

Cuando abrí los ojos, estabas cerrando la puerta. No me levanté: pensé que habías salido a comprar algo para el desayuno. Pero no. Nunca volviste.

Y esta vez no quise ser quien te buscara. Ya había hecho todo lo posible para que volvieras. Así que me quedé ahí, solo, acostado en la cama, mirándome en el espejo del techo, sonriéndome a mí mismo. Sin entender del todo qué había pasado ni por qué te habías ido sin decir nada, como aquella otra noche. Pero esta vez preferí que fuera así. Por mí. Por vos.

Porque la vida es así.

Me hubiera gustado que nuestro encuentro durara mucho más. No el de mi casa: el de la calle. Ojalá hubiera durado mucho más. Fue hermoso volver a verte, encontrarnos, caminar de tu mano y verte sonreír. Pero la vida sigue. Siempre sigue. Y nunca se detiene, menos en esos momentos lindos, que parecen durar tan poco.

Aunque uno quisiera que duren para siempre.

Esto va a quedarse en mis recuerdos. Y ojalá también en los tuyos.

Como un bello recuerdo que algún día te haga sonreír.

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Benjamín Gohega
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