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El bebé que nunca fue de mi esposo

El bebé que nunca fue de mi esposo

Status: En proceso
Genre:Doctor / Vientre de alquiler / Amante arrepentido
Popularitas:136
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell



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Capítulo 18

Capítulo 18 — El profesor Ferrer descubre que el embrión desapareció

El Hospital Metropolitano amaneció bajo una tensión eléctrica que nadie sabía nombrar del todo, pero que todos sentían en la nuca.

Esa semana, el profesor Ferrer había asumido formalmente la dirección del centro de investigación.

Desde su regreso al país ya había pasado por el hospital y se había dejado ver junto a Valeria. Ahora, después de cinco años fuera, volvía a recorrer el laboratorio que había fundado con esa calma suya que helaba más que cualquier grito. Su primera orden como director fue abrir los archivos y auditar el banco criogénico.

Valeria Montes se enteró por Andrea Méndez, una compañera de la facultad que ahora trabajaba en el laboratorio de reproducción y que llegó a buscarla al consultorio con el rostro descompuesto.

—Valeria, esto es un desastre —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. El profesor Ferrer revisó el inventario de sus muestras. Las que dejó congeladas antes de irse. Faltan cientos. Cultivos celulares, líneas experimentales, datos enteros de años de trabajo. Han desaparecido y nadie sabe explicar adónde fueron a parar.

Valeria Montes sintió que el suelo se le movía muy despacio bajo los pies. Mantuvo la expresión serena.

—¿Desaparecido cómo? ¿Robado?

—Nadie lo dice con esa palabra. Pero es lo que es. Alguien estuvo vendiendo material del laboratorio durante años, aprovechando que él no estaba. Y ahora que volvió… —Andrea Méndez bajó la voz—. Convocó a todos los responsables a una reunión esta tarde. Va a interrogar uno por uno. Está furioso. Nunca lo había visto así.

Esa tarde, la sala de juntas del centro de investigación se llenó de médicos y técnicos que evitaban mirarse entre ellos. Valeria Montes se quedó de pie al fondo, junto a la pared, con la excusa de que solo pasaba por allí. Necesitaba ver. Necesitaba saber hasta dónde llegaba aquello.

El profesor Ferrer entró último, sin prisa. Alto, la bata blanca impecable sobre el traje oscuro, el rostro de una serenidad marmórea. No levantó la voz ni una sola vez. No hizo falta. Cada palabra suya caía en el silencio como una piedra en un pozo, y todos la oían tocar fondo.

—Voy a ser breve —dijo—. Este laboratorio guardaba material irremplazable. Años de trabajo. Muestras que no se pueden reponer con dinero. Y una parte considerable ha desaparecido mientras yo estaba fuera. —Paseó la mirada por la sala, sin apurarse, deteniéndose un instante en cada rostro—. No estoy hablando de negligencia. Estoy hablando de robo. Sistemático. Prolongado en el tiempo. Con conocimiento de causa.

Nadie respiró.

—Laura Campos. —El profesor Ferrer giró la cabeza hacia una mujer de bata blanca sentada en la tercera fila—. Usted ha estado a cargo del banco de muestras estos últimos años. ¿Puede explicarme cómo se esfumaron doscientas líneas celulares bajo su custodia?

La doctora Laura Campos se puso de pie con las piernas visiblemente temblorosas. Valeria Montes la observó desde el fondo, el corazón golpeándole las costillas.

—Profesor Ferrer —dijo Laura Campos, con una voz que se esforzaba por sonar firme—, yo solo me hice cargo del banco el año pasado. Lo que ocurrió antes… lo heredé todo desordenado, sin registros claros. Hice lo que pude para poner orden, pero es imposible que reconstruya lo que pasó cuando yo ni siquiera estaba a cargo.

Una mentira envuelta en media verdad. Reconocía la culpa pequeña —el desorden, la mala gestión— para esconder la grande. Valeria Montes la conocía lo suficiente para leerlo. El profesor Ferrer, sospechaba, también.

—Ya veo —dijo él, sin inmutarse—. El desorden lo explica todo. Qué conveniente.

Laura Campos tragó saliva.

—A partir de mañana —continuó el profesor Ferrer, alzando apenas la voz para que llegara a cada rincón— se constituye una comisión de auditoría. Vamos a rastrear cada muestra, cada movimiento de inventario, cada firma de acceso al banco criogénico de los últimos cinco años. Uno por uno. Sin excepciones. Y quien resulte responsable responderá con todo el peso de la ley y de este hospital. ¿Ha quedado claro?

Nadie contestó. El silencio era la respuesta.

—Pueden retirarse.

La sala se vació en un murmullo de pasos apresurados. Valeria Montes se quedó un segundo de más, apoyada en la pared, sintiendo el frío del terror trepándole por la columna.

Porque en aquel banco criogénico, entre las muestras robadas y vendidas, había habido en su momento un embrión. Su embrión. El que la doctora Laura Campos había manipulado. El que ahora crecía dentro de ella.

Si la auditoría del profesor Ferrer rastreaba cada acceso, cada movimiento, cada registro… tarde o temprano llegaría a esa línea. Y con ella, a la verdad de lo que le habían hecho a su hijo antes de que existiera.

Levantó la vista y descubrió que el profesor Ferrer la miraba desde el otro extremo de la sala vacía. Solo un instante. Un instante en que sus ojos oscuros se posaron en ella con una expresión que Valeria Montes no supo descifrar: ni sorpresa, ni frialdad, sino algo sereno y hondo, como si él ya supiera algo que ella no.

Luego apartó la mirada, recogió sus documentos y salió.

Valeria Montes se quedó sola, con las manos frías y una certeza que le cerraba la garganta.

No podía confiar en Laura Campos. Laura Campos se salvaría a sí misma a la primera oportunidad, y si para ello tenía que entregar el secreto del embrión, lo entregaría sin pestañear. La única persona que podía proteger a Valeria Montes de esta tormenta era Valeria Montes.

En los días que siguieron, el hospital vivió en vilo. Cada mañana traía un nuevo nombre caído: un técnico que había falsificado registros, un administrativo que revendía reactivos, un jefe de sección con las cuentas descuadradas. La comisión del profesor Ferrer avanzaba como una marea, limpia y despiadada, dejando al descubierto una podredumbre que llevaba años acumulándose en la penumbra.

Y Valeria Montes, cada noche, se llevaba la mano al vientre todavía plano y pensaba en el reloj que había empezado a correr.

Antes de que aquella marea llegara al fondo del banco criogénico, ella tenía que estar preparada. Tenía que ser más rápida que la verdad.

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