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¡No Soy Pobre, Cariño!

¡No Soy Pobre, Cariño!

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Juego de roles / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:5
Nilai: 5
nombre de autor: Leni Anita

Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.

Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.

Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.

Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.

Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.

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08

—¿Qué estás queriendo decir, Marcia? Siempre fuiste tú la que hacía las compras. Hoy que tu suegra tuvo la bondad de ayudarte, lo único que tienes que hacer es pagar. ¡No armes tanto lío! —rezongó doña Carmen, visiblemente molesta.

—Si Marcia tuviera dinero, no habría problema, señora. Pero no tengo un centavo. Usted misma le dijo a Rodrigo que dejara de darme dinero —le recordó Marcia a su suegra.

—Eso fue culpa tuya, porque siempre te robabas parte del dinero de las compras —doña Carmen la acusó sin el menor reparo.

—¿Robarme qué, señora? Cinco dólares al día, y usted misma acaba de ver cuánto se gastó en la compra de una sola semana. Haga la cuenta: cinco dólares multiplicados por siete días son treinta y cinco dólares. ¿Le parece que eso alcanza para alimentar a toda la familia durante una semana? —Marcia ya no disimuló su irritación.

—Si durante todo este tiempo la comida nunca faltó, es porque el dinero sí alcanzaba. ¡Imposible que no fuera suficiente! —doña Carmen se aferró a su argumento.

—Mire, señora, la deuda que tiene con doña Elena pídasela a Rodrigo. Que él la pague —Marcia no quería seguir discutiendo y se dirigió hacia la puerta de la sala, dejando a doña Carmen con la palabra en la boca.

—¡Nuera descarada y maleducada! ¡Ya me las vas a pagar! —bramó doña Carmen al ver que Marcia se negaba a cubrir su deuda.

Marcia se dejó caer sobre la cama. Estaba agotada de que la trataran como sirvienta en esa casa. Durante todo ese tiempo había cubierto los gastos del hogar con su propio dinero, a escondidas, sin que nadie lo supiera. Pero a partir de ahora no pensaba volver a hacerlo.

Ya fue suficiente. Me sacrifiqué por ustedes durante demasiado tiempo. Desde hoy, arréglenselas con su propio dinero para cubrir sus necesidades, pensó mientras contemplaba el techo de la habitación.

Si Marcia seguía soportando esa casa era por una sola razón: reunir más pruebas de la infidelidad de Rodrigo. Cuando tuviera todas las evidencias, presentaría la demanda de divorcio. Rodrigo no podría negar nada; las pruebas hablarían por sí solas.

Mamá, te extraño tanto. Mañana voy a ir a verte, pensó de pronto, recordando a la mujer que le había dado la vida.

Después de descansar un rato, Marcia se levantó y fue a la cocina. Tenía que preparar la cena. Al revisar los ingredientes, esbozó una sonrisa: todo lo que doña Carmen había comprado estaba ahí, y efectivamente alcanzaba para una semana entera.

—No hay condimentos ni nada de lo demás. El aceite también se acabó —murmuró al comprobar que no quedaban ni cebollas ni especias.

El aceite de cocina y el azúcar también se habían terminado; los recipientes estaban vacíos. Solo quedaba un poco de chile, y eso porque Marcia lo había cortado ella misma del huerto de don Alfonso, en la parte de atrás.

—Mejor lo hiervo y ya. Que coman o no coman, da igual. Sin condimentos no puedo hacer milagros —dijo mientras lavaba el pollo que acababa de trozar.

Sabía de sobra que si le pedía dinero a doña Carmen para comprar lo que faltaba, la respuesta sería un rotundo no. Así que cocinó con lo que había: pollo hervido con un poco de sal. Porque lo único que quedaba en esa cocina era sal.

* * *

Después de la oración de la tarde, Rodrigo por fin llegó a la casa. Últimamente nunca volvía temprano; al salir del trabajo se iba directo a pasar el rato con Pamela. Marcia lo sabía perfectamente, pero fingía no enterarse de nada.

—¡Marcia! —el grito de doña Carmen retumbó desde la cocina.

Marcia se apresuró a ir al encuentro de su suegra.

—¿Qué pasa, señora? —preguntó con cara de inocente.

—¿Se puede saber qué clase de comida es esta? —la increpó doña Carmen con brusquedad.

—Señora, ya le dije que cociné con lo que había. Los condimentos se acabaron todos, solo quedaba sal. Así que herví el pollo con sal y nada más —respondió Marcia con calma.

—Ya te estás pasando de la raya, Marcia. Si no había condimentos, los hubieras comprado. ¿De verdad hay que recordarte hasta lo más obvio? —Rodrigo se sumó al reproche.

—Rodrigo, ¿acaso tú me diste dinero para comprar todo eso? —preguntó Marcia con tono seco.

—Tú trabajas, Marcia. Usa tu propio dinero —soltó Rodrigo con fastidio.

—Rodrigo, ¿ya se te olvidó que mi trabajo es de mesera y que tú sabes perfectamente lo poco que gano? Yo también tengo mis gastos. Tú nunca me has dado un centavo para el hogar —Marcia, por primera vez, se atrevió a decir lo que llevaba dentro.

—Por eso hay que dejar de ser pobre, para no estar dependiendo del marido —doña Carmen volvió a humillar a su nuera.

—No se le olvide, señora, que esta "pobre" es la que les ha dado de comer todo este tiempo. ¿De verdad creen que con cinco dólares al día se puede poner comida decente en la mesa todos los días? —replicó Marcia con la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando del coraje contenido.

Rodrigo y doña Carmen se quedaron callados. En el fondo, la suegra sabía que Marcia tenía razón. Ella misma había gastado casi ciento cincuenta dólares en una sola compra semanal, y a Marcia apenas le daban cinco dólares por día.

—No me culpes a mí, Marcia, si busqué a otra mujer. Como esposa no eres capaz de cumplir con tus obligaciones ni de hacer feliz a tu marido —Rodrigo, acorralado, se lanzó a justificar lo injustificable.

—Antes de hablar, mírate en un espejo, Rodrigo. Me exiges que cumpla mis obligaciones, pero tú no cumples las tuyas conmigo. ¿Alguna vez me diste algo para mantener este hogar? —le devolvió Marcia sin pestañear.

—¡Insolente! —Rodrigo levantó la mano, dispuesto a abofetearla.

—¡Basta, Rodrigo! —la voz de don Alfonso tronó desde la puerta que conectaba la cocina con la sala.

—Tú eres el que se está pasando de la raya, Rodrigo. Solo un cobarde le levanta la mano a una mujer —sentenció don Alfonso, y Rodrigo bajó el brazo sin atreverse a completar el golpe.

—¿Por qué defiendes a esta nuera muerta de hambre? —doña Carmen no soportaba que su marido tomara partido por Marcia.

—Tú también te has pasado de la raya, Carmen. Acuérdate de que nosotros también tenemos una hija. ¿Cómo te sentirías si un día trataran a Isabella como tú tratas a Marcia? —don Alfonso confrontó a su esposa.

—Nuestra hija tiene estudios, va a trabajar en una oficina importante. Ella jamás va a terminar fregando en una cocina —doña Carmen presumió a su hija con desprecio.

Don Alfonso meneó la cabeza al ver la actitud de su esposa. Doña Carmen juzgaba a la gente exclusivamente por su estatus y su dinero. A los que tenían, los trataba con reverencia; a los que no, los pisoteaba sin remordimiento.

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