En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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El árbol
En medio del patio común, justo frente al pozo de flores que Don Beto había cavado por error, crecía un pequeño árbol de mango. Había nacido de una semilla que uno de los niños había arrojado al suelo sin darle importancia, y con el paso de los meses se había convertido en un arbolito esbelto, de tronco delgado y hojas verdes brillantes que se mecían con la más leve brisa.
Todo parecía ir bien, pero el arbolito tenía un problema: no tenía paciencia. Cada mañana, apenas salía el sol, estiraba sus ramas hacia arriba con todas sus fuerzas, empujaba sus hojas hacia la luz y se quejaba en voz baja, para que lo escucharan las plantas vecinas:
—¡Ay, qué lento crezco! ¡Mírenme! Sigo tan pequeño… quiero ser alto, altísimo, más alto que la casa, más alto que los tejados, más alto que todo el barrio. ¡Quiero crecer de una vez! ¡No quiero esperar!
Las flores del pozo, que vivían tranquilas y felices con su tamaño, le decían con suavidad:
—No tengas prisa, arbolito. Todo llega a su tiempo. Disfruta del sol, bebe el agua de la lluvia, y verás cómo poco a poco te haces grande.
Pero el arbolito no quería escuchar consejos. Impaciente como era, decidió que no esperaría. Empujó con tanta fuerza hacia arriba que su tronco se alargó de golpe, volviéndose delgado y débil. Estiró sus ramas tan deprisa que no tuvieron tiempo de hacerse fuertes. Y en muy poco tiempo, el arbolito se veía alto, sí… pero frágil, inclinado, como si cualquier viento pudiera derribarlo.
Don Beto, que lo cuidaba con cariño, lo miró un día y negó con la cabeza, preocupado.
—Ese árbol creció demasiado deprisa —dijo a doña Eustaquia—. Se le fue la fuerza arriba y no le quedó nada abajo. Las raíces apenas han entrado en la tierra. Me temo que lo vamos a pasar mal cuando llegue la tormenta.
Y la tormenta llegó, como siempre llega, sin avisar. Una tarde, el cielo se oscureció por completo, el viento empezó a soplar con furia y la lluvia cayó con fuerza sobre el patio. Los árboles grandes y viejos se mantuvieron firmes, porque tenían raíces profundas y troncos resistentes. Pero aquel arbolito, que había querido crecer de golpe sin esperar su tiempo, se sacudía de un lado a otro como una caña. Sus ramas delgadas crujían, su tronco se inclinaba cada vez más, y antes de que terminara la tormenta, con un quejido suave y triste, cayó al suelo.
Cuando amaneció, los vecinos salieron al patio y encontraron al arbolito tendido sobre la tierra, con sus ramas rotas y sus hojas marchitas. Los niños se pusieron tristes. Doña Eustaquia suspiró. Don Beto se arrodilló junto a él, lo acarició con cariño y dijo suavemente:
—Querías crecer demasiado deprisa, pequeño… y olvidaste lo más importante: que primero hay que crecer por dentro, fuerte y despacio, antes de poder crecer hacia arriba.
Entonces Don Casimiro se acercó despacio. Se arrodilló también, examinó el tronco y dijo:
—No está perdido. Si lo levantamos con cuidado, le arreglamos las raíces y le damos tiempo, tal vez aprenda la lección y vuelva a crecer bien.
Todos se pusieron manos a la obra. Cavaron alrededor, lo levantaron con cuidado, lo sostuvieron con unos palos firmes para que no se inclinara, y rellenaron la tierra alrededor de sus raíces con paciencia. Desde aquel día, el arbolito cambió. Ya no estiraba sus ramas con desesperación. Ahora, cada día, dedicaba su energía a algo más importante: profundizar sus raíces en la tierra, hacerse más grueso y fuerte por dentro, y crecer despacio, un poquito cada día, sin prisa pero sin detenerse jamás.
Pasaron los meses. Luego los años. Y aquel arbolito que había querido correr antes de saber caminar, se convirtió en un árbol hermoso y majestuoso. Su tronco era grueso y firme, sus ramas se extendían a todos lados ofreciendo sombra fresca, y cada verano se llenaba de mangos dulces y jugosos que todos compartían.
Un día, reunidos todos bajo su sombra, Don Beto acarició su corteza rugosa y dijo con una sonrisa:
—Mirenlo ahora. Es el árbol más fuerte de todos. Y lo es porque aprendió que no se puede llegar a lo alto sin haber echado raíces profundas primero. Que crecer deprisa no es lo mismo que crecer bien.
Y así, aquel árbol se convirtió en el mejor maestro que los vecinos pudieron tener. Les enseñó que todo lo que vale la pena requiere tiempo, paciencia y esfuerzo. Que las cosas hechas con prisa y sin cuidado suelen durar poco. Y que para ser grandes y fuertes por fuera, primero hay que crecer por dentro, despacio, firme y con humildad.
Desde aquel día, cada vez que alguien se impacientaba o quería hacer las cosas corriendo y sin cuidado, todos señalaban el árbol de mango y decían con una sonrisa: “Recuerden al arbolito que quiso crecer demasiado deprisa. ¡Vamos despacio, que así se llega más lejos!”.