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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:335
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10 — El horario infernal

—El horario choca con mi trabajo —le dije, alcanzándolo antes de que llegara a la puerta—. Recoger a Toñito a las cuatro y media. A esa hora yo estoy en la Agencia, en plena jornada. No puedo salir todos los días a esa hora.

Damián se detuvo con la mano en el picaporte. Ni siquiera se dio vuelta del todo.

—Yo me encargaré de eso —dijo.

Y se fue, dejándome con la planilla en la mano y sin la menor idea de qué significaba "yo me encargaré". Con Damián, aprendí rápido, esa frase podía significar cualquier cosa menos que fuera a facilitarme la vida.

El primer día completo de casada empezó, entonces, con el horario infernal en la mano y un niño de cinco años que me miraba desde su silla del desayuno como quien mide a un rival.

—Hoy toca piano —le anuncié, leyendo la planilla—. A las diez.

—No voy —dijo Toñito, y le clavó el tenedor a un panqueque como si fuera yo.

*Ay, este día va a ser largo.*

El Tano nos llevó al salón de piano. Toñito se cruzó de brazos en el asiento del auto, se cruzó de brazos en la vereda, se cruzó de brazos frente al piano, decidido a no tocar una sola tecla ni aunque le fuera la vida en ello. La profesora me miró con cara de "suerte con este".

Me arrodillé a su altura. Tenía que probar otra cosa; a la fuerza con él no se llegaba a ningún lado, eso ya lo había aprendido.

—Toñito —le dije bajito, en secreto, de cómplice a cómplice—. ¿Tú sabías una cosa? A las niñas les encantan los niños que tocan el piano. Muchísimo. Un niño que toca bonito les gusta a todas.

Descruzó los brazos apenas. Me miró de reojo, desconfiado, pero enganchado.

—¿A todas? —preguntó.

—A todas.

Se quedó pensando, mordiéndose el labio. Y de pronto, en voz muy bajita, para que la profesora no oyera, soltó su secreto más grande:

—A mí me gusta Fabi. —Se puso colorado hasta las orejas—. Es de mi salón. Pero Fabi no me hace caso. Ni me mira.

*Vaya. El monstruo tiene corazón.*

—Bueno —le dije, muy seria, aguantándome la sonrisa—. Entonces ya sabemos qué hacer. Aprendes a tocar, y el día que Fabi te oiga, no va a poder dejar de mirarte. Te lo prometo.

Toñito se sentó frente al piano sin decir más y puso los deditos sobre las teclas. Victoria. Chiquita, pero victoria.

Duró poco el orgullo. Cuando la profesora se acercó a saludarme y a preguntar quién era yo, Toñito, sin levantar la vista del teclado, contestó por mí:

—Es la señora que trabaja en mi casa.

La profesora me miró, dudando. Yo sonreí con los dientes apretados.

—Algo así —dije.

*La señora que trabaja en su casa. Bueno. Al menos no dijo "tía fea" delante de la maestra. Progresamos.*

Terminada la clase, creí que me había ganado el resto de la mañana. Error.

—Quiero ir al Castillo del Osito —anunció Toñito en cuanto pisamos la vereda.

—No está en el horario —respondí, agitando la planilla como un escudo—. Toca ir a casa a hacer las tareas.

—¡Quiero ir al Castillo del Osito!

—Toñito, hoy no.

El niño sacó del bolsillo un celular chiquito —un teléfono para niños, de esos con dibujos— y marcó antes de que yo pudiera detenerlo. A los dos tonos:

—Papá. La tía fea no me deja ir al Castillo del Osito.

Silencio. Después me pasó el teléfono con una sonrisita triunfal. Del otro lado, la voz de Damián, tan tranquila como siempre:

—Llévalo. Que se distraiga un rato. Pero lo vigilas. No lo pierdas de vista ni un segundo.

Y colgó.

*Claro. Yo pongo la regla y el señor la borra con una llamada. Perfecto sistema de crianza tenemos aquí.*

El Castillo del Osito era un parque infantil enorme, todo toboganes de colores, pelotas, castillos de plástico y niños gritando por todas partes. Toñito salió disparado en cuanto le solté la mano y yo salí detrás, esquivando criaturas, con el corazón en la boca y la advertencia de don Quique repicándome en la cabeza: prematuro, delicado, se enferma de nada.

—¡Toñito! ¡No corras tan rápido! ¡Toñito!

Corría como si lo persiguieran, feliz, sordo a mis gritos, trepándose a todo. Lo alcancé cerca de los toboganes y estiré la mano para agarrarlo del brazo.

—Ya, mi amor, ven, despacito…

En ese momento un niño más grande, jugando a la mancha, pasó como un tren y lo empujó al pasar. Sin querer, pero lo empujó. Toñito perdió el equilibrio, dio un paso en falso y se dio de cara contra el borde de plástico del tobogán.

Un golpe seco. Un segundo de silencio.

Y después el llanto.

Me tiré al piso a su lado. Cuando levantó la cara, un hilo de sangre le bajaba de la nariz hasta la boca, rojo, brillante. Al niño se le desencajó la cara de puro terror al verse la mano manchada.

—¡Sangre! —chilló—. ¡Sangre! Tía fea, ¡¿me voy a morir?! ¡¿Me estoy muriendo?!

*No te asustes tú también, Renata. Si tú te asustas, él se muere de miedo. Firme. Tranquila. Ya.*

Respiré hondo y me tragué el pánico entero.

—No, mi amor. —Le tomé la carita con las dos manos, firme, mirándolo a los ojos—. No te vas a morir. Es un golpecito en la nariz, nada más. A todos los niños valientes les sangra la nariz alguna vez. Mírame. Respira conmigo. Así.

Le apreté con suavidad las aletas de la nariz con mi pañuelo, le incliné un poco la cabeza hacia adelante como decían los libros que había alcanzado a hojear esa madrugada, y le hablé bajito, sin parar, hasta que la respiración agitada se le fue calmando y la sangre se detuvo.

—¿Ves? Ya está. Ni una gota más. Eres valiente, Toñito. Muy valiente.

Se me quedó mirando con los ojos enormes, todavía con lágrimas colgando, la nariz roja, y por primera vez en dos días no me miró con odio. Me miró como se mira a alguien que acaba de sacarte de un pozo.

No dijo "gracias". No era para tanto milagro. Pero se dejó levantar en brazos sin patalear, y eso ya fue algo.

Esa tarde teníamos que pasar por la Hacienda Valcárcel, la casa grande del clan, para el almuerzo familiar de rigor. El Tano nos llevó por un camino que subía todavía más alto, hasta una mansión antigua de piedra rodeada de jardines, donde vivían los patriarcas.

En cuanto cruzamos la puerta, Toñito se soltó de mi mano y corrió gritando "¡papá!". Damián estaba ahí, y lo recibió agachándose, abriendo los brazos, con una sonrisa que yo no le conocía, cálida, entera, de padre de verdad. Alzó al niño, le revisó enseguida la nariz con dedos cuidadosos, y algo en esa escena me apretó el pecho.

*Así que sí sabes sonreír. Mira qué bien. Solo que no para mí.*

Don Fernando, el suegro, se acercó a saludarme con una amabilidad que agradecí como agua en el desierto.

—Renata, hija, bienvenida a la Hacienda. Esta también es tu casa, ¿eh? Ponte cómoda.

—Gracias, don Fernando —dije, y por un segundo me sentí casi persona.

El segundo se acabó cuando el bastón golpeó el piso de piedra.

Doña Herminia avanzó hacia mí, erguida a pesar de los años, con los ojos como dos alfileres. Toñito le mostró la nariz de lejos, orgulloso de su herida de guerra, y a la anciana se le encendió la cara.

Me clavó la mirada. Se acercó tanto que sentí el olor a lavanda de su ropa. Y con esa voz suya de cuchillo, para que solo yo la oyera, me lanzó:

—Escúchame bien, muchacha. Este niño es lo único que le queda entero a esta familia. Es mi bisnieto y es de cristal. Si algún día me entero, óyeme bien, de que le pusiste un dedo encima a mi Toñito, de que le pasó algo por tu descuido, me las vas a pagar. Todas juntas. ¿Me oíste?

Golpeó el bastón una vez más, cerca de mi pie, y se dio media vuelta sin esperar respuesta.

Me quedé helada. La nariz sangrante de Toñito, la advertencia, la vigilancia. En esa casa yo no era la esposa de nadie. Era una sospechosa a la que todos observaban esperando el error.

Traté de mantener la compostura durante el almuerzo. Sonreí, contesté lo justo, cuidé de Toñito con más ojos de los que tengo. Cuando por fin se terminó y bajamos hacia el auto para volver a la Villa, creí que había sobrevivido al día.

Damián me estaba esperando al pie de la escalera de piedra de la Hacienda.

De brazos cruzados. La mandíbula tensa. Los ojos otra vez fríos, con esa furia contenida que ya empezaba a reconocerle, la que no grita porque no le hace falta.

Me detuve un escalón más arriba, con el corazón cayéndoseme a los pies.

—Damián, si es por lo de la nariz, te puedo explicar, fue un accidente, otro niño lo…

—Tú y yo —me cortó, con la voz baja y gélida— tenemos que hablar.

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