Guillermo Lombardi. Heredero único del consorcio naviero más grande de europa, una noche tras un accidente catastrófico fue salvado por alguien que no logro ver su rostro con claridad.
En su desesperación por encontrarla el destino le hizo una mala jugada que no fue capaz de reconocerla cuando la tuvo enfrente.
Acompañe en está nueva obra. Encontrará Guillermo a la chica que lo salvó esa noche, o terminará casándose con la equivocada.
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Es ella
Pero mientras Isabella y su madre no entendian, por qué Guillermo no respondía las llamadas y los mensajes de Isabella.
Sus padre solo podían decir está viajé urgente. Peor no daban más explicaciones por qué ni ellos mismos sabían donde estaba su hijo.
Guillermo seguia con aquella sensación de que aquella mujer no lo veía como heredero, ni como apellido, ni como titular de prensa.
Revisó informes del accidente.
Contactó discretamente a los paramédicos.
Reconstruyó horarios, rutas, cámaras de tráfico.
El reporte oficial decía que fue un testigo anónimo quien llamó a emergencias.
Pero no coincidían los tiempos.
Alguien estuvo con él antes de que llegaran.
Alguien que no dejó nombre.
Esa ausencia se convirtió en obsesión.
Una noche, revisando una grabación parcial de una cámara cercana a la carretera, detectó una figura femenina alejándose poco después de que la ambulancia llegará. La imagen era borrosa. Cabello recogido. Abrigo claro.
No era suficiente.
Pero era algo.
Con paciencia quirúrgica, siguió hilos diminutos.
Una llamada hecha desde un móvil prepago.
Una coincidencia de horario con un evento benéfico celebrado esa misma noche en la ciudad.
Evento al que asistió la familia Montemayor.
El nombre de Isabella apareció primero como dato circunstancial.
Luego como posibilidad.
Y finalmente como hipótesis firme.
Guillermo no quiso creerlo de inmediato.
Isabella Montemayor.
Elegante. Estratégica. Observadora.
¿Podía ser ella?
Pero no bastaba con una sospecha.
Necesitaba certeza.
Pero no podía preguntarle a ella directamente: “¿Fuiste tú quien me salvó?”
Y si resultaba que ella no era, quedaría expuesto como un hombre aferrado a una fantasía.
Y sí era ella… quería verla sin máscaras.
Quería verla cuando no supiera quién estaba frente a ella. Quería conocerla realmente como era.
Fue entonces cuando encontró el anuncio.
“La familia Montemayor busca chofer con experiencia. Discreción indispensable.”
Guillermo observó el texto largo rato.
El destino no suele ser tan obvio.
Pero a veces ofrece puertas extrañamente convenientes.
Tomó la decisión sin anunciarla a nadie.
Ni a sus padres.
Ni a su círculo cercano.
Lo primero fue cambiar su apariencia.
No podía arriesgarse a ser reconocido.
Su rostro había aparecido demasiadas veces en revistas y portadas empresariales.
Consultó a un especialista en caracterización discreta.
No maquillaje teatral.
Transformación sutil.
Se dejó crecer la barba varias semanas.
Oscureció ligeramente su cabello.
Adoptó lentes de contacto para modificar el tono de sus ojos.
Cambió la forma de peinarse.
Aprendió a encorvar levemente los hombros.
A suavizar su tono de voz.
A hablar con un acento neutro, más apagado.
Pero lo más difícil no fue el aspecto físico.
Fue el lenguaje corporal.
Adrián siempre había ocupado espacio con naturalidad.
Ahora debía reducirse.
Ser casi invisible.
Practicó frente al espejo cómo bajar la mirada sin parecer inseguro.
Cómo responder sin liderar la conversación.
Cómo escuchar sin imponer.
Cuando finalmente se vio en el reflejo, apenas se reconoció.
No era el heredero de los Lombardi.
Era un hombre común.
Se presentó como “Daniel Rivera”.
Documentación falsa, pero perfectamente elaborada.
Experiencia previa como conductor en residencias privadas.
Referencias verificables.
El día de la entrevista, el corazón le latía con una intensidad distinta a cualquier negociación empresarial.
No temía al rechazo.
Temía al reconocimiento.
La mansión Montemayor se alzaba imponente, como siempre.
Había estado allí antes, el día de la cena del compromiso con Isabella.
Ahora cruzaba la misma reja desde el otro lado del poder.
El mayordomo lo recibió con profesionalismo distante.
—¿Viene por el anuncio?
—Sí, señor.
Guillermo bajó ligeramente la mirada.
Lo condujeron a una sala secundaria.
Esperó.
Observó.
Escuchó.
Cada sonido tenía una textura distinta cuando uno no es invitado de honor.
Finalmente, la puerta se abrió.
No fue Isabella quien entró primero.
Fue el señor Montemayor.
Lo evaluó con una mirada rápida pero minuciosa.
—¿Experiencia manejando vehículos de alta gama?
—Sí, señor.
—¿Discreción?
—Absoluta.
Hubo una pausa.
—Aquí valoramos la lealtad.
Guillermo sostuvo la mirada solo un segundo antes de bajarla con respeto medido.
—Lo entiendo.
Tras varias preguntas formales, el señor Montemayor asintió.
—Comenzará a prueba por dos semanas.
Guillermo inclinó la cabeza.
—Gracias.
Cuando salió al patio trasero, respiró profundo.
Había cruzado el primer umbral.
Pero aún no la había visto.
La primera vez que Isabella apareció frente a él como “Daniel”, fue al tercer día.
Ella descendía las escaleras exteriores, revisando algo en su teléfono.
Él abrió la puerta del automóvil con gesto preciso.
—Buenos días, señorita.
Isabella levantó la mirada apenas un instante.
—Buenos días.
Su voz fue amable, automática.
No hubo reconocimiento.
Ni siquiera curiosidad.
Guillermo sintió una extraña mezcla de alivio y decepción.
Durante los trayectos, ella hablaba poco.
A veces atendía llamadas.
A veces permanecía en silencio mirando por la ventana.
Él observaba cada gesto desde el espejo retrovisor, con cautela.
Buscaba algo.
Un rasgo.
Un indicio de que era ella realmente.
Una tarde, mientras la lluvia comenzaba a caer inesperadamente, Isabella pidió que se desviaran por una carretera secundaria.
—Prefiero evitar el tráfico.
La carretera mojada, las luces difusas…
Algo en ese escenario golpeó la memoria de Guillermo con violencia.
La noche del accidente.
La lluvia.
La oscuridad.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Isabella de pronto.
Había notado su rigidez.
—Sí, señorita.
Pero su voz tembló apenas.
Isabella lo observó por el espejo.
Por primera vez con atención real.
Esa noche, mientras estacionaba el vehículo en la mansión, ella se quedó sentada un momento más antes de bajar.
—¿Ha tenido algún accidente manejando? —preguntó de repente.
La pregunta lo atravesó.
—No, señorita.
Ella asintió, pero su mirada fue distinta.
Más profunda.
Más evaluadora.
***Isabella Montemayor***
Que pensará y hará Isabella porque sus planes se le están escapando de sus manos 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Guillermo termina de una vez en decirle a Lucia que le gustas que estás babeando 🤤🤤🤤 por ella.
Lucia a medida que vas leyendo cada documento te das cuenta que la fortuna que dejo tu madre es mayor de lo que tu imaginabas.
Que paso Isabella tu orgullo está herido porque Guillermo Lombardi termino lo que nunca empezó bien y ahora lo quieres comprometer sutilmente ojalá que se de cuenta y no te siga el juego.
Claudine zorra vieja le estás preparando según tu idea el vestido, las joyas y que es lo que tiene que hacer Isabella para que quede Guillermo comprometido socialmente y no pueda salirse sin armar un escándalo.
Que mentira le dirán a Armand Valois 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
Todos los planes que tenían las víboras se les fue por el caño de casar a sus hijas con magnates para seguir aparentando en sociedad.
Guillermo que harás con esa verdad de que fue Lucia quien te salvó esa noche y no Isabella 🤔🤔🤔❓❓❓❓