Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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— El visitante inesperado
Pasaron los meses. Luca vivía dividido entre el infierno de su casa y los momentos secretos con Nicolás, que cada vez eran más tormentosos. Martina disfrutaba de su victoria, sin saber que en las sombras la verdad se iba abriendo paso.
Un día, llegó a la ciudad Mateo Duarte. Un hombre de 28 años, dueño de una fortuna inmensa, conocido por ser tan peligroso como atractivo. Alto, musculoso, con mirada de acero y una presencia que imponía respeto y miedo a partes iguales. Su llegada se había anunciado con días de antelación, y nadie ignoraba que no era un visitante cualquiera: sus negocios se extendían por varias provincias, sus decisiones movían fortunas y destinos, y se decía que quien se cruzaba en su camino se convertía en su aliado más leal o desaparecía sin dejar rastro. Se había asociado con los Moretti, y llegó a la mansión para cerrar unos negocios que cambiarían el peso de poder en toda la región.
Allí vio a Bruno. Y en ese instante, algo estalló en él. No fue algo lento ni confuso: fue como un golpe seco en el pecho, una certeza que lo dejó sin aire. Bruno, con esa fuerza tranquila, esa mirada recta que no se apartaba ni se agachaba ante nadie, esa dignidad intacta a pesar de todo lo que había sufrido, le llamó la atención como nadie en años. No había sumisión en él, ni temor fingido, ni adulación. Solo él, entero y de pie.
—Mateo, te presento a Bruno. Es el hijo mayor de los Alvarado, familia de confianza —le explicó el padre de Nicolás, con tono respetuoso—. Un buen chico. Trabajador.
—Trabajará con nosotros. Es eficiente —agregó, como si quisiera subrayar su valor.
—Ya lo veo —respondió Mateo, sin quitarle la vista de encima ni un instante—. Muy bueno. Demasiado bueno para este mundo.
Bruno sostuvo esa mirada pesada y directa sin apartarse.
—Hola. Espero llevarnos bien —dijo con voz firme y educada, sin dejarse intimidar.
—Será todo un placer —respondió Mateo, con una sonrisa de costado que no llegó a ablandarle los ojos, una sonrisa que prometía mucho y a la vez advertía de todo.
Desde ese momento, empezó a buscar excusas para verlo. Mandaba llamarlo para revisar documentos que ya estaban firmados, para recorrer las instalaciones juntos, para consultarle sobre asuntos que no le correspondían. Le ofrecía más trabajo, mejor pago, horarios flexibles. Le hacía regalos exclusivos: un reloj de acero sencillo pero impecable, una caja de herramientas profesionales que había mencionado necesitar, un libro antiguo que le había visto mirar en una estantería. Le hablaba con una intensidad, con una atención total que ponía nervioso y a la vez emocionado a Bruno, como si todo el resto del mundo desapareciera cuando estaban los dos. Mateo no ocultaba su interés. No le importaba lo que dijeran el resto, ni los murmullos, ni las miradas curiosas.
—Me gustas —le dijo una tarde, sin rodeos, mientras estaban solos en la oficina tras cerrar—. Y voy a tenerte. No me importa nada más. Ni lo que digan, ni lo que cueste, ni los obstáculos.
Bruno, que nunca había sentido nada parecido, se vio arrastrado a esa corriente poderosa, irresistible, que lo atraía aunque su mente le gritara que tuviera cuidado. Pero tenía miedo. De decepcionar a su familia, que siempre había confiado en él. De lo que dirían los vecinos, los conocidos, los que lo veían como el hermano responsable y ejemplar. De los enemigos que rodeaban a alguien como Mateo, que no era un hombre sin peligro. Y también tenía miedo de sí mismo: de lo que estaba empezando a sentir, de lo que estaría dispuesto a arriesgar solo por estar cerca de él.