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El Chico Del Libro De Cuero

El Chico Del Libro De Cuero

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Celebridades / Completas
Popularitas:325
Nilai: 5
nombre de autor: Sol Romanov

Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.

Hasta que choca con él.

Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.

NovelToon tiene autorización de Sol Romanov para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Dos mundos, un mismo corazón

El tiempo pareció detenerse en aquel instante. Wonho se quedó de pie en el vano de la puerta, con la mano aún apoyada en el marco, y sus ojos se encontraron con los de Lucy como si en todo el aula no existiera nadie más. Mara lo miró de arriba abajo, boquiabierta, y luego le dio un codazo fuerte a Lucy en el costado.

—¿Me vas a decir qué es esto? —susurró, casi sin aire—. ¡Lucy, por favor, dime que no te lo estás inventando! ¡Es el hombre más guapo que he visto en mi vida!

Lucy apenas pudo contener la risa, nerviosa y feliz a la vez.

—No me lo estoy inventando —respondió en voz baja—. Se llama Wonho. Y… sí, es real.

Mientras los demás estudiantes iban llegando y ocupando sus lugares, Wonho caminó hacia ellas con paso tranquilo, sin prisa, sin llamar la atención de forma exagerada, pero haciendo que cada mirada se girara hacia él. Llevaba la misma ropa de siempre, pero en este entorno, entre pupitres desgastados y mochilas tiradas por el suelo, se veía como alguien que pertenecía a otro tiempo, a otra historia.

—Hola —dijo al llegar junto a ellas, y su voz sonó suave, profunda, logrando que el ruido del aula bajara de golpe—. Espero no interrumpir. Me dijeron que aquí podría encontrarte.

Lucy se puso de pie, sintiendo cómo las mejillas se le encendían.

—No interrumpes —respondió ella—. Wonho, ella es Mara. Mi mejor amiga.

Mara se acomodó el cabello de un movimiento rápido, visiblemente emocionada y nerviosa.

—Mucho gusto —dijo, estirando la mano con una sonrisa que intentaba ser casual pero delataba lo impresionada que estaba—. He oído hablar mucho de ti… bueno, en realidad no he oído nada todavía, pero estoy segura de que Lucy tiene muchas historias pendientes.

Wonho tomó su mano con una cortesía antigua que hizo que a Mara se le iluminaran aún más los ojos.

—El gusto es mío —respondió él—. Y te agradezco todo lo que has hecho por ella mientras yo no estaba.

Mara parpadeó, mirándolo con una mezcla de curiosidad y asombro.

—¿Mientras no estabas? —repitió, mirando a Lucy de reojo—. Vaya… sí que hay mucho que contar.

El profesor entró en ese instante, golpeando la mesa con un bastón para pedir silencio, y Lucy le hizo una seña rápida a Wonho indicándole que se sentara en el banco libre que había al fondo. Él asintió con una sonrisa y se alejó, pero no dejó de mirarla ni un solo instante.

Durante toda la clase, Lucy intentó concentrarse en lo que se explicaba, pero cada pocos minutos su mirada se desviaba hacia atrás. Y cada vez, él la estaba esperando. No con intensidad avasalladora, sino con esa calma que parecía decir: estoy aquí, no tienes prisa, no tienes miedo.

—No me lo creo —le dijo Mara en el descanso, mientras salían al pasillo—. Ese hombre… Lucy, ¿de dónde salió? ¿Por qué nunca me hablaste de él?

Lucy se apoyó contra la pared, buscando las palabras adecuadas.

—Porque ni yo sabía que existía hace tan poco tiempo —respondió con sinceridad—. Es complicado, Mara. No es una historia normal. Pero lo que siento por él… eso sí es normal. Eso es real.

Mara la observó en silencio un momento, y luego su expresión se suavizó, dejando de lado la curiosidad para dar paso a la comprensión.

—No tienes que contarme nada que no estés lista para decir —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. Solo quiero que estés bien. Y si él te hace feliz… entonces me cae bien. Aunque te advierto: lo voy a vigilar de cerca.

Lucy soltó una risa y la abrazó.

—Sabía que podía confiar en ti —dijo emocionada.

Esa tarde, al salir de clase, Wonho las esperaba en la puerta principal. El sol caía sobre la avenida, tiñendo todo de un tono dorado cálido.

—¿Les apetece que vayamos a tomar algo? —propuso él—. Me gustaría conocer mejor a tu amiga. Y también… me gustaría que me enseñes tu ciudad. Los lugares que te gustan.

Mara asintió con entusiasmo antes de que Lucy pudiera responder.

—¡Por supuesto! Conozco el mejor lugar del mundo para comer helado. Vamos.

Caminaron por las calles que Lucy recorría todos los días, y sin embargo, acompañada por él, todo parecía diferente. Wonho miraba todo con una atención que nadie más prestaba: los colores de los edificios, la forma en que la gente se saludaba, el ritmo de la vida que transcurría a su alrededor. No era un extraño que miraba con desdén: era alguien que descubría por primera vez lo que significaba vivir sin cargas, sin misiones, sin esperas interminables. Era como si estuviera aprendiendo a ser humano de nuevo.

—Nunca me había detenido a pensar en lo sencillo que es todo esto —le dijo a Lucy cuando se quedaron solos un instante, mientras Mara entraba a comprar los helados—. La gente camina sin mirar atrás, sin esperar que algo salga de la oscuridad. Se preocupan por cosas pequeñas: qué ponerse, qué comer, si llegarán tarde a casa. Antes me parecía una existencia vacía. Ahora la envidio un poco.

Lucy lo miró, conmovida, y le tomó la mano.

—No tienes que envidiarla —le dijo—. Puedes vivirla tú también. Tienes derecho a las cosas pequeñas, Wonho. Tienes derecho a descansar.

Él apretó sus dedos, y sus ojos oscuros se llenaron de una ternura inmensa.

—Solo si las comparto contigo —respondió.

Cuando regresaron a la mesa con los helados, Mara los encontró mirándose de esa manera en que las palabras sobran. Sacudió la cabeza con una sonrisa entre divertida y enternecida.

—Están perdidos —dijo—. Completamente perdidos. Bueno, aquí tienen. Chocolate para ti, Lucy… y para ti… —le extendió el suyo a Wonho con una sonrisa traviesa—, vainilla. Para que vayas aprendiendo lo básico de la vida en la ciudad.

Wonho tomó el helado con una gracia natural que hizo que a Mara se le escapara una risita. Probó un poco con cautela y abrió los ojos sorprendido.

—Es delicioso —dijo con total sinceridad—. Nunca había probado nada parecido.

—¡¿Cómo que nunca?! —exclamó Mara—. ¡Eso es inaceptable! A partir de hoy tenemos mucho trabajo por delante. Tienes que probar las empanadas del barrio viejo, los churros de la estación, el café de la esquina…

Lucy los escuchaba conversar y sintió una emoción tan grande que le dolió en el pecho. Allí estaban: su mejor amiga y el amor de su vida, compartiendo risas y helados como si siempre hubieran formado parte de su mundo. No había secretos que los separaran, ni peligros que acecharan en cada esquina. Solo eran ellos.

Más tarde, cuando se despidieron de Mara y caminaron hacia casa de Lucy, la tarde empezaba a desvanecerse en tonos violetas y azules.

—Me cae muy bien —dijo Wonho de pronto—. Es leal. Se nota en la forma en que te mira. Como si estuviera lista para defenderte de cualquier cosa.

—Lo es —respondió Lucy—. Y no tiene ni idea de todo lo que de verdad tendría que defenderme. Pero me alegra que la hayas conocido. Quiero que formes parte de mi vida entera, no solo de las partes extraordinarias. Quiero que conozcas lo cotidiano también.

Llegaron a la puerta de su casa. Lucy se detuvo en el escalón y se giró hacia él.

—¿Entrarás? —preguntó, con un dejo de nerviosismo—. Mi madre preparó cena. Dijo que… dijo que le gustaría conocerte.

Wonho se quedó inmóvil un instante, y Lucy vio cómo en sus ojos aparecía esa sombra antigua que rara vez abandonaba del todo.

—¿Estás segura? —preguntó con suavidad—. Ella no sabe quién soy. No sabe de dónde vengo. ¿Es justo presentarme así, sin decirle nada?

Lucy dio un paso hacia él y le acarició el rostro con ambas manos.

—Ella necesita conocerte a ti —dijo—. No la leyenda ni el guardián ni el viajero de siglos. Solo tú. El chico que se preocupa por mí, que me acompaña a casa, que comparte helado con mi amiga. Esa persona es tan real como la otra. Y también merece ser recibido aquí.

Wonho respiró hondo, asintió despacio, y tomó sus manos entre las suyas.

—Está bien —dijo—. Entraré. Y seré simplemente yo. Lo mejor que pueda.

Lucy sonrió y lo llevó adentro. Su madre estaba sirviendo la mesa cuando entraron. Al levantar la vista y ver a Wonho, se detuvo en seco, con la jarra de agua en la mano. Lo miró de arriba abajo, con esa cautela instintiva de una madre que protege a su hija. Pero Wonho no se encogió ni se mostró arrogante. Se acercó despacio, con respeto, y simplemente dijo:

—Buenas noches. Muchas gracias por recibirme. Soy Wonho.

Su madre lo estudió largo rato, buscando en sus ojos cualquier señal de mentira o malicia. Y lo que encontró la hizo relajar los hombros poco a poco: solo vio respeto, ternura y una devoción absoluta hacia su hija.

—Buenas noches —respondió finalmente, dejando la jarra sobre la mesa—. Siéntate. Hay suficiente para todos.

Y así, entre el olor a comida casera, el sonido de los cubiertos y las preguntas cuidadosas de su madre, Lucy comprendió que la verdadera magia no estaba en los libros antiguos ni en los poderes extraordinarios. Estaba en esto: en poder sentarse a la mesa con las personas que amaba, en un lugar que llamaba hogar, sabiendo que no tenía que elegir entre ninguno de los dos mundos. Porque ahora, Wonho era parte de ambos. Y ella también.

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