Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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El Hierro de la Marea y el Juicio de Sangre
El estruendo de los cañones de plasma solar en las murallas de la Capital Radiante retumbaba con la fuerza de truenos subterráneos. Proyectiles de luz blanca e incandescente descendían desde las almenas sobre los Campos de Ceniza, abriendo cráteres humeantes en la tierra y vaporizando escudos de madera y metal a su paso.
En el corazón del frente derecho, Klen avanzaba a pasos agigantados entre la lluvia de fuego. La lluvia roja provocada por las primeras gotas del Eclipse de Sangre manchaba su camisa de lino y sus brazos vigorosos. Sostenía la gigantesca guadaña de hierro con ambas manos, usando el contrafilo para desviar ráfagas de energía que se disipaban en Chispas sobre la tierra.
—¡Mantengan la línea de picas! —rugió Klen, con una voz potente que se imponía al caos de la artillería—. ¡Los escudos de la Luna cubren la izquierda! ¡Lleguen a las cadenas del portón del acueducto!
A su lado, un contingente de quinientos mineros armados con picos pesados e ingenios alquímicos de azufre se abalanzó contra la base de las puertas de bronce del acueducto oriental. A pesar de los disparos de los arqueros solares situados arriba, los trabajadores colocaron las cargas explosivas en los goznes de la muralla.
—¡Inquisidora a la vanguardia! —gritó un oficial de la guardia imperial desde la muralla—. ¡Es la traidora Vespera! ¡Fuego concentrado sobre el flanco central!
Vespera corría por la llanura como una sombra azul y dorada. Desprovista de su antigua coraza de mando, se movía con una agilidad felina, esquivando los disparos de plasma gracias a sus reflejos perfeccionados por años de instrucción marcial. En su mano derecha, su estoque emitía una hoja de luz azabache teñida de púrpura, canalizando la energía lunar que fluía a través de las brechas del Eclipse.
Al llegar al foso seco de la muralla, seis caballeros de la Inquisición de élite, vistiendo armaduras completas de cuarzo incandescente, saltaron para interceptarla.
—¡Traidora al Sol! —exclamó el comandante de la unidad, lanzando una estocada horizontal con un espadón de plasma limpio.
Vespera no retrocedió. Paró el golpe con una flexión rápida del codo, desviando la hoja enemiga hacia el suelo, y en un contraataque fluido como el agua, atravesó la juntura del cuello de la armadura del comandante. La hoja de luz oscura anuló instantáneamente la red de maná del caballero, que cayó de rodillas, convulsionando antes de quedar inconsciente.
—¡Ya no respondo ante sus dioses de papel ni ante su corona de ceniza! —declaró Vespera, girando sobre sobre sus talones y cortando las lanzas de los otros tres atacantes en un solo barrido rotatorio.
Desde la distancia, Klen vio cómo Vespera abría un pasillo de muerte a través de la primera línea defensiva. La admiración y la devoción que sentía por la mujer quemaban en su pecho más fuerte que cualquier magia divina. Gritando con furia, Klen clavó el pico de su guadaña en el mecanismo de la polea del portón principal y, utilizando únicamente la fuerza bruta de sus hombros acostumbrados al trabajo de la tierra, tiró del engranaje oxidado.
Los engranajes de hierro crujieron con violencia. Los remaches de tres pulgadas saltaron como proyectiles y, con un impacto que hizo temblar los cimientos de la muralla, el portón del acueducto colapsó hacia adentro, abriendo la brecha definitiva hacia el corazón de la capital.
—¡La brecha está abierta! —gritó Klen, extendiendo la mano hacia Vespera entre la humareda—. ¡Entremos antes de que preparen la segunda línea!
Vespera corrió hacia él, tomó su mano con fuerza y, juntos, encabezaron la marea de rebeldes y caballeros lunares que irrumpieron en las calles de la ciudad inferior. La batalla urbana había comenzado.