Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 19 LO MÁS IMPORTANTE QUE TENGO
Esa noche, la casa se quedó en silencio mucho antes de lo habitual. Don Eliseo se retiró temprano a su habitación, cansado por las emociones del día. Yo estaba en la biblioteca, de pie frente a la ventana que daba al jardín oscuro, mirando las luces pequeñas que iluminaban los senderos. No podía dormir. Las palabras del investigador, los mensajes entre Victoria y Sofía, mi propia estupidez al creerlo todo sin preguntar… todo me daba vueltas en la cabeza.
Oí la puerta de la biblioteca abrirse despacio. No me giré. Sabía quién era. Conocía el sonido de sus pasos, su respiración, la forma en que siempre dudaba un segundo antes de hablar.
—¿No puedes dormir? —preguntó Dante, su voz suave llenando la habitación en penumbra.
—No —respondí, sin girarme—. Sigo pensando en todo. En lo fácil que fue para ellas separarnos. En lo tonta que fui.
Sentí sus pasos acercándose hasta que se detuvo a mi lado, mirando también hacia el jardín.
—Ya te dije que no fuiste tonta. Confundir lo que parece real con lo que es real no es estupidez. Es humanidad. Y ellas lo sabían. Jugaban con eso. Con nuestros miedos. Con mi miedo a perderte. Con el tuyo a no ser suficiente para mí.
Esas palabras me hicieron girarme hacia él. Lo miré a la cara a la luz tenue de la lámpara de la mesa. Sus ojos oscuros me miraban con una sinceridad que me dolió en el pecho.
—¿Tenía miedo de perderme? —pregunté, bajito, casi un susurro.
Dante se pasó una mano por el cabello, ese gesto que hacía cuando estaba nervioso, cuando iba a decir algo que le costaba. Tragó saliva.
—Sí. Desde el primer día, aunque no quería admitirlo. Desde que entraste aquí con esa maleta vieja y esa mirada de quien no se rinde aunque todo vaya mal. Tenía miedo de acostumbrarme a ti y que un día te fueras. Y ese miedo me hacía ser frío, distante, estúpido.
Se calló un momento. Dio un paso hacia mí, pero no me tocó, como si quisiera darme espacio para alejarme si quería.
—Mis padres murieron cuando era muy joven —empezó, su voz más baja, más vulnerable—. Desde entonces, construí muros alrededor de mi corazón. Aprendí a no necesitar a nadie. A creer que tener a alguien era sinónimo de perderla después. Y entonces llegaste tú. Y derribaste cada uno de esos muros sin siquiera intentarlo. Sin siquiera saber que estaban ahí.
Sus ojos se llenaron de brillo, de lágrimas que no dejaba caer.
—Eres lo más importante que tengo, Aitana. Más importante que los negocios, que el apellido, que todo lo que creí que me importaba. Cuando te fuiste esos días… la casa no era la misma. Yo no era el mismo. Me di cuenta de algo aterrador: que mi vida ya no tenía sentido si no estabas tú en ella. Que este contrato, que empezó como un trato para salvar a tu familia, se convirtió en la mejor coincidencia de mi vida. Y que te quiero… más de lo que supe querer a nadie jamás.
Se me detuvo el corazón. Las palabras salieron de su boca despacio, como si cada una le costara arrancarla de lo más profundo de su ser. Y lo decía sin miradas que oculten, sin gestos que mientan. Solo él, desnudo por dentro, delante de mí.
—Dante… —susurré, y las lágrimas me brotaron solas—. Yo también te quiero. Con todo mi corazón. Y siento haberte dudado. Siento haberte dicho que quería irme. No quería irme. Solo tenía miedo de que tú no me quisieras a mí. De que yo fuera solo un contrato para ti.
Él negó con la cabeza con ternura. Extendió las manos y tomó las mías entre las suyas, apretándolas con esa calidez que solo él tenía.
—Nunca fuiste solo un contrato. Fuiste mi salvación. Mi esperanza. Mi amor.
Me atrajo hacia sí despacio, y cuando nuestros cuerpos se tocaron, sentí como si todo encajara por fin. Sus brazos me rodearon la cintura, los míos le rodearon el cuello. Nos miramos a los ojos, tan cerca que sentía su respiración suave sobre mis labios. No había prisa. No había miedo. Solo nosotros dos, por fin sin muros entre nosotros.
—¿Puedo besarte? —preguntó, muy bajito, respetuoso, como si cada vez fuera la primera vez.
Asentí, con el corazón latiéndole a mil por hora.
—Sí. Por favor.
Sus labios se encontraron con los míos con suavidad, con una ternura que me hizo cerrar los ojos y aferrarme más a él. No fue un beso desesperado ni apasionado. Fue un beso de verdad. Un beso que pedía perdón, que agradecía, que prometía. Un beso que hablaba por todo lo que nos habíamos callado durante meses. Cuando nos separamos, nos quedamos con las frentes juntas, respirando el mismo aire, sonriendo entre lágrimas.
—No te voy a soltar —susurró él contra mis labios—. No importa qué venga. No importa qué peligros nos acechen. No te suelto.
—Y yo no me voy a ir —le respondí—. Estamos juntos. Contra todo. Siempre.
Esa noche no dormimos separados por primera vez. No hicimos el amor, no tuvimos prisa. Solo nos acostamos juntos en su cama, abrazados, su cabeza apoyada en mi pecho escuchando los latidos de mi corazón, mi mano acariciando su cabello oscuro. Por primera vez desde que empezó todo, nos sentimos en casa. El uno en los brazos del otro.
Y mientras la luna iluminaba la habitación a través de las cortinas, supe que habíamos superado lo más difícil. Que las mentiras de Victoria y Sofía nos habían dolido, pero también nos habían enseñado lo que realmente importaba. Que el amor no es perfecto, pero sí verdadero. Y que nosotros teníamos algo que nadie podría romper.
Algo real.