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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:80
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

En cuanto la moto de Valentina entró a la calle de la vieja casa de la familia de Andrés, el caos ya se había apoderado de todo. Una columna de humo negro se elevaba hacia el cielo nocturno. El aire estaba impregnado de un olor a quemado que se metía por la nariz. Los gritos de los vecinos resonaban unos sobre otros en la calle angosta frente a la casa.

—¡Pasen el agua para acá!

—¡Rápido! ¡Rápido!

—¡Cuidado, el fuego está subiendo!

Valentina orilló la moto con las manos temblando. Los ojos se le abrieron de par en par al ver la casa donde había vivido Luciana completamente devorada por las llamas. Lenguas de fuego se asomaban salvajes por las ventanas. El crujido de la madera al quemarse se escuchaba tétrico, como huesos quebrándose.

Varios vecinos corrían cargando cubetas. Algunos echaban agua como podían. Otros intentaban sacar cosas de la casa. Pero el fuego era demasiado grande.

Valentina tuvo que retroceder varios pasos porque el calor se sentía hasta en la piel.

Un par de policías ya estaban en el lugar interrogando a los vecinos. A lo lejos empezaba a oírse la sirena de los bomberos.

Al poco rato una moto frenó de golpe. Luciana se bajó con el rostro pálido. En cuanto vio su casa convertida en un mar de fuego, soltó un grito desgarrador.

—¡Dios mío! —El llanto le estalló de inmediato—. ¡Mi casaaa!

El cuerpo de Luciana casi se desplomó; unos vecinos la sostuvieron justo a tiempo.

Sofía, que se bajó de la moto detrás de ella, rompió a llorar también. La niña miraba la casa en llamas con los ojos rojos, bañados en lágrimas.

—¡Mamááá... mi bicicleta! —El llanto de Sofía partía el alma—. ¡No... la bicicleta de Sofía se quemóóó!

Valentina recordó al instante aquella bicicletita rosa. Un regalo de Andrés de hacía tres meses. Aquel día, Santiago sacó el primer lugar y le compraron una bicicleta nueva. Andrés le compró una a Sofía también para que la niña no se sintiera mal. Y ahora esa bicicleta se había convertido en cenizas.

Sofía lloraba a hipidos, aferrada a la ropa de su madre.

—Mami, salva la bicicleta de Sofía.

Luciana la abrazó con fuerza mientras ella misma lloraba sin control.

—Mami no sabe cómo salvarte la bicicleta, mi niña.

Minutos después llegó doña Carmen, jadeando, con el rostro pálido y empapado de sudor. Al ver la casa donde había vivido durante décadas reducida a una hoguera, las piernas se le aflojaron.

—¡No, no, no! ¡Mi casa...!

El cuerpo de doña Carmen temblaba violentamente. Los ojos se le desorbitaron del impacto.

Esa casa no era solo un edificio. Ahí estaban guardados años y años de recuerdos. El lugar donde crecieron sus hijos. El lugar donde pasó décadas de su vida al lado de don Eduardo. Y ahora todo se derrumbaba frente a sus ojos.

Los bomberos llegaron por fin. Las sirenas taladraban los oídos. Los bomberos se apresuraron a desenrollar las mangueras y lanzar chorros de agua contra las llamas.

Pero la tarea de apagar el fuego fue larga. Las llamas ya eran demasiado grandes. Los vecinos solo podían quedarse mirando con caras de angustia.

Algunos cuchicheaban. Otros sacudían la cabeza con pesar.

El fuego tardó casi una hora en apagarse. Cuando el humo empezó a disiparse, lo que quedó fueron solo escombros negros. El techo se había derrumbado. Las paredes estaban ennegrecidas. Casi nada de lo que había adentro se salvó. Todo se perdió.

Don Eduardo y Andrés llegaron casi al mismo tiempo. En cuanto se bajó del auto, Andrés se quedó clavado en el sitio. Los ojos se le perdieron mirando los restos de la casa. Él también estaba en shock.

Don Eduardo se llevó la mano al pecho. La casa que había construido poco a poco durante años era ahora puro carbón.

Un bombero se acercó después de hablar con la policía.

—El incendio aparentemente se originó por una estufa de gas que quedó encendida —explicó con seriedad.

Todas las miradas se volvieron hacia Luciana. La mujer se tapó la boca con las manos, el cuerpo temblándole entero.

Luciana recordó algo de golpe. Antes de ir a recoger a Sofía a la escuela, se había puesto a cocinar carne y salchichas, la comida favorita de su hija para después de clases. Con la prisa, se le olvidó apagar la estufa.

El llanto de Luciana volvió a estallar.

—¡Fue sin querer!

Se dejó caer sentada en medio de la calle, llorando a gritos. Sofía se puso a llorar también, asustada de ver a su madre así.

Esa noche, toda la familia de don Eduardo terminó reunida en la casa de Andrés. El ambiente estaba sombrío y pesado. No se oía la televisión ni conversación casual alguna. Solo un llanto quedito de vez en cuando y suspiros largos.

Luciana estaba sentada abrazando a Sofía. Las dos tenían los ojos hinchados. Doña Carmen seguía con la mirada perdida en el vacío.

—¿Y ahora qué voy a hacer, mamá? —gimoteó Luciana entre sollozos.

Don Eduardo se pasó la mano por la cara despacio.

—¿Qué más queda? Tienes que buscar dónde vivir —respondió el hombre en voz baja.

La frase hizo que Luciana volviera a llorar. Había perdido la casa, todas sus cosas de valor, los muebles, la ropa, absolutamente todo.

Doña Carmen, que llevaba rato callada, por fin habló:

—Mientras tanto, que se queden aquí en la casa de Andrés.

Esa frase hizo que Valentina, que estaba sirviendo agua, se detuviera en seco. Volteó despacio. Y sin dudar respondió:

—Eso no va a poder ser.

Todos se quedaron mudos. Hasta Andrés se veía sorprendido de la firmeza de su esposa.

Valentina dejó la jarra con cuidado en la mesa.

—No puedo vivir bajo el mismo techo que Luciana.

El tono fue sereno, pero claro.

Porque Valentina sabía exactamente lo que iba a pasar si vivían juntas: pleitos y roces todos los días. Y ella no quería que su casa se convirtiera en un campo de batalla permanente. Eso iba a afectar el desarrollo emocional de sus hijos.

En vez de conmoverse, doña Carmen frunció el ceño con dureza.

—¿Cómo que no se puede?

Valentina la miró de frente.

—¿No queda todavía el cuarto de Gabriel en la casa de ustedes?

Todas las miradas se volvieron hacia Gabriel y Rosario. La pareja se miró incómoda. Porque era cierto. El cuarto de Gabriel seguía ahí. Solo que estaba lleno de cosas viejas sin acomodar.

—El cuarto está todo desordenado —murmuró Gabriel, apenado.

—Además no tiene aire acondicionado —añadió doña Carmen al vuelo.

Valentina contuvo el aire.

Luciana se sumó con cara de súplica:

—Sofía no puede dormir si hace calor.

Don Eduardo terció:

—Pues entonces que Mateo duerma con Santiago por ahora. Así el cuarto de Mateo lo usan Luciana y Sofía. Es temporal.

Valentina miró a su esposo. El pecho le empezaba a arder.

—Si el problema es nada más el aire acondicionado —respondió Valentina, sin alterarse—, pues que instalen uno en el cuarto de Gabriel.

Hizo una pausa.

—Lo importante es que puedan quedarse en la casa de ustedes.

Doña Carmen la taladró con la mirada. Era evidente que no soportaba que la contradijeran.

Andrés se veía inquieto en medio de la tensión. Volteó hacia su esposa con dulzura.

—Mi amor... —le suavizó la voz—. No pasa nada, ¿sí? Es solo por un tiempo.

Valentina negó con firmeza.

—No se puede, cariño. Lo que va a pasar es que se la van a vivir peleando con los niños.

Antes de que Valentina terminara de hablar, Luciana soltó con sarcasmo:

—Solo di que no te quieres vivir conmigo y ya.

Valentina clavó los ojos en su cuñada. Pero antes de que pudiera responder, don Eduardo se le adelantó:

—Si no quieres vivir con Luciana —dijo pausadamente—, entonces vete tú a la casa de nosotros.

El corazón de Valentina se detuvo por un instante.

—¿Por qué tengo que ser yo la que se vaya? —preguntó en voz baja.

Esa era su casa. La casa que habían comprado juntos ella y Andrés. La casa donde sus hijos habían crecido. Y ahora justamente a ella le pedían que se fuera.

Doña Carmen, con una mirada gélida, respondió de inmediato:

—Tú también tienes que ser solidaria. Tu cuñada acaba de sufrir una desgracia.

Valentina dejó escapar una sonrisa amarga.

Otra vez le tocaba ceder. Siempre era así. Y lo más doloroso: ni una sola persona se detenía a pensar en cómo se sentía ella.

—Mi amor... —Andrés la miró, suplicante. Los ojos del hombre destilaban cansancio.

Valentina sacudió la cabeza.

—No puedo, cariño.

—¡Si no te quieres quedar, entonces lárgate de la casa de mi hermano! —La voz de Luciana retumbó.

Valentina se quedó helada. La frase le paralizó el cuerpo entero. Los ojos se le abrieron grandes y el aire se le cortó.

Doña Carmen se sumó de inmediato:

—Sí. Si no quieres vivir con Luciana, vete de aquí.

Aquellas palabras fueron como un cuchillo clavándose directo en el pecho de Valentina. Dolían. Dolían de verdad. Durante varios segundos no pudo articular una sola palabra.

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