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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 15: La sombra que se alimentaba de la culpa

El jueves por la mañana, Min‑jun entró en el instituto con la cabeza baja, las manos temblorosas dentro de los bolsillos del pantalón. Sabía perfectamente lo que le esperaba. Sabía que todo el mundo ya lo sabía. Sabía que hoy no habría excusas que valieran, ni sonrisas tontas que le salvaran.

Todo el grupo de amigos estaba junto a la taquilla de Seo‑jun, hablando en voz baja. En cuanto lo vieron aparecer, se callaron de golpe y todos lo miraron. Algunos con lástima, otros con enfado. Tae‑ho, el mejor amigo de Seo‑jun, se separó del grupo y se plantó delante de él sin dejarle pasar.

—¿Te parece bien lo que hiciste ayer? —le preguntó con la voz fría, sin gritar, lo que lo hacía aún más duro—. Él contaba contigo. De verdad. No paró de mirar a la puerta del gimnasio hasta el último segundo. Y tú no apareciste. Luego se pasó toda la noche solo en su habitación sin querer hablar con nadie. Por tu culpa.

Min‑jun se quedó quieto, sin poder defender se, sin poder decir nada que no fuera otra mentira. Apretó los labios con fuerza y asintió con la cabeza, con los ojos ardiéndole de ganas de llorar.

—Lo sé —susurró—. Tengo toda la razón del mundo para estar enfadado conmigo. Lo siento muchísimo.

—Tus perdones ya no valen para nada, Min‑jun —respondió Tae‑ho dándole un lado para pasar—. Ya le has hecho demasiado daño. Déjalo tranquilo un tiempo. ¿Vale?

Entró en el aula con la sensación de que todos los ojos del mundo estaban clavados en su espalda. Seo‑jun ya estaba sentado en su pupitre, mirando por la ventana, con unas ojeras enormes bajo los ojos. No se giró cuando Min‑jun pasó a su lado. No le dedicó ni una sola mirada. Ni un gesto. Nada. Era como si ya no existiera para él.

Min‑jun se sentó en su sitio, sacó los libros despacio y sintió cómo se le hacía un nudo enorme en la garganta. Era justo lo que se merecía. Lo sabía. Pero aun así, dolía. Dolía más que cualquier golpe, más que cualquier batalla perdida, más que cualquier cosa que hubiera vivido hasta entonces.

Durante toda la mañana no habló con nadie. Fingió estar enfermo, fingió estar en las nubes, fingió ser el chico despistado de siempre… pero por dentro estaba hecho pedazos. Justo cuando terminó la cuarta clase, el brazalete de jade vibró suave bajo la manga: Yeo‑wol quería verlo en el Santuario con urgencia.

Salió del aula con la excusa de nuevo de que se encontraba mal. Nadie se ofreció a acompañarlo. Nadie se preocupó. Era como si de repente se hubiera vuelto invisible para todos menos para su deber.

Llegó al Santuario corriendo. Yeo‑wol lo esperaba delante del cofre de los siete Sellos, con el ceño fruncido y una expresión de preocupación que nunca antes le había visto.

—Está pasando algo que no habíamos previsto —le dijo en cuanto entró, sin darle tiempo a saludar—. El Tejedor de Han ha descubierto el punto débil más grande que tienen los Sellos ahora mismo.

Min‑jun se acercó, con el corazón aún apretado por lo del instituto.

—¿Qué punto débil? Los Sellos están protegidos, la barrera nueva que pusimos anoche es…

—No son los Sellos —lo interrumpió ella, mirándolo fijamente a los ojos—. Eres tú. O mejor dicho: sois vosotros dos. Tú y el otro portador. El poder combinado de Jade y Ámbar es lo único que puede detenerlo. Pero ese poder solo funciona si vuestro vínculo de confianza y de equipo está fuerte. Si se rompe… si uno de los dos sufre demasiado, si la culpa, la tristeza o el rencor os dominan… la energía baja muchísimo. Y él lo sabe. Ya lo está usando.

Min‑jun sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo.

—¿Quieres decir que… cuanto peor me sienta por lo de Seo‑jun… más fuertes son las sombras que envía?

—Exacto —asintió Yeo‑wol con tristeza—. Anoche, después de lo del partido, la energía oscura de la zona ha subido un 40 % solo alimentándose de tu dolor y de la decepción del otro chico. Él no tiene que hacer casi nada. Solo esperar a que os rompáis del todo vosotros solos. Y entonces ganará sin tener que luchar.

Antes de que Min‑jun pudiera responder nada, toda la montaña tembló con fuerza. Una alerta roja sonó en sus dos brazaletes a la vez: una sombra de nivel máximo aparecía en el puente de piedra del río Han, el mismo puente donde él y Seo‑jun habían venido tantas tardes a mirar el atardecer, antes de que todo se rompiera.

—Vete —le dijo Yeo‑wol empujándolo suavemente hacia la salida—. Ámbar ya va camino. Tenéis que detenerla juntos. Y esta vez… cuida mucho tus pensamientos. Ella se alimenta de lo que llevas dentro.

Salió corriendo. Se transformó en Jade Blanco en un abrir y cerrar de ojos y saltó por los tejados hasta el puente. Cuando llegó, la escena era dantesca: una nube enorme de sombra negra y gris, con forma de manos y caras retorcidas, colgaba del arco del puente, absorbiendo toda la luz, toda la alegría, toda la fuerza de la gente que pasaba por allí. En medio de todo, Ámbar Negro luchaba solo, aguantando el tipo como podía, pero retrocediendo paso a paso, porque cada golpe que lanzaba volvía contra él más fuerte.

—¡Jade! —gritó Ámbar al verlo, aliviado pero agotado—. ¡Esta cosa es imposible! Cuanto más rabia pongo, más crece. Cuanto más quiero acabarla rápido, más fuerte se hace. ¡No sé qué hacer!

Jade aterrizó a su lado, respirando hondo, recordando las palabras de Yeo‑wol. *Se alimenta de lo que llevas dentro. De tu culpa. De tu dolor.*

—¡No luches con rabia! —le gritó por encima del ruido—. ¡Ella se come el enfado, la tristeza, la culpa! ¡Vacía tu mente! ¡Solo concéntrate en proteger, no en destruir!

Pero era fácil decirlo. Min‑jun no podía dejar de pensar en la mirada de Seo‑jun por la mañana. No podía dejar de oír las palabras de Tae‑ho. No podía dejar de sentirse el peor cobarde del mundo. Y en el mismo instante en que la culpa le invadió el pecho de nuevo, la sombra gritó y creció el doble de grande, lanzando un golpe oscuro que los mandó a los dos volando por los aires hasta caer en el suelo del puente, doloridos y sin aliento.

Ámbar se levantó con dificultad, se acercó a él y le tendió una mano para ayudarle a levantarse. Jade miró esa mano, con el guante negro y dorado, y supo perfectamente que debajo de ese guante estaban las mismas manos que horas antes habían fallado el último tiro del partido. Las mismas manos que tantas veces le habían acariciado el pelo, que le habían pasado una botella de agua, que le habían ayudado a levantarse cuando se caía por las escaleras del instituto.

—¡Escúchame! —le dijo Ámbar con voz firme, agarrándole del brazo para obligarlo a mirarlo a los ojos a través del antifaz—. No sé qué te pasa hoy. No sé qué llevas dentro que te está haciendo flaquear. Pero lo que sea… déjalo fuera ahora. Porque aquí no estamos solos. Somos equipo. Tú no tienes que cargar con todo solo. Yo estoy contigo. Siempre. ¿Me oyes? Nada de lo que haya pasado puede romper esto. Nada.

Jade se quedó quieto, mirándolo, con el corazón a mil por hora. Era irónico. Terriblemente irónico. La persona que más le había hecho daño últimamente, la persona a la que él había roto la promesa más importante… era la misma que ahora le daba fuerzas para seguir, sin saber siquiera quién era realmente.

Asintió con fuerza, respiró hondo una, dos, tres veces, y empujó toda la culpa, todo el dolor, todo el rencor fuera de su mente por unos minutos. Solo quedaban ellos dos. El puente. La gente que tenían que salvar. Nada más.

—Vale —dijo con la voz firme otra vez—. Ahora sí. Vamos a acabar con esto. Juntos.

Se colocaron de espaldas el uno al otro, como habían hecho tantas veces. Jade extendió sus manos para crear una barrera de luz pura, limpia, sin rencores, sin dolor. Ámbar cargó sus puños con fuerza dorada, controlada, tranquila. Atacaron al mismo tiempo, sincronizados como siempre, en el punto exacto que Jade había calculado: el centro de la sombra, donde toda la energía negativa se juntaba.

La criatura chilló una última vez, intentó alimentarse de nuevo de sus sentimientos… pero esta vez no encontró nada. No había rabia. No había culpa. Solo dos guardianes unidos, trabajando como uno solo. En pocos segundos se deshizo en una nube de luz blanca y suave que voló por el aire devolviéndole la calma a toda la gente del puente. Nadie recordaría nada. Solo sabrían que, de repente, se habían sentido mucho mejor.

Se quedaron los dos solos en el centro del puente, jadeando, mirando cómo el sol se ponía detrás de los edificios de Seúl.

—Otra vez lo hemos conseguido —dijo Ámbar riendo bajo el casco, dándole una palmada fuerte y amistosa en el hombro—. Eres increíble. Cuando te lo propones, nada te puede. No lo olvides nunca, ¿vale? Pase lo que pase en tu otra vida… aquí eres indispensable. Para mí lo eres.

Y antes de que Min‑jun pudiera responder nada, se despidió con un gesto y saltó al vacío para desaparecer entre los tejados.

Jade se quedó solo allí de pie, mirando el río pasar bajo sus pies. Las palabras de Yeo‑wol daban vueltas en su cabeza una y otra vez: *El Tejedor usa tu propio dolor contra ti. Cuanto más sufres por él, más fuerte se hace el enemigo.*

Entonces lo entendió. Entendió todo.

No era solo que tuviera que elegir entre su deber y Seo‑jun. Era mucho peor. Si seguía cerca de él, si seguía sufriendo por haberle roto el corazón, si seguía sintiendo culpa cada vez que lo veía… sus propios sentimientos se convertirían en el arma más poderosa del Tejedor de Han. Y pondría en peligro a todo el mundo. A la ciudad. A los Sellos. Y también a él. A Seo‑jun.

La única forma de protegerlo de verdad… la única forma de que el villano no ganara usando su dolor… era alejarse del todo. Dejar de intentar arreglarlo. Dejar de mirarlo. Dejar de ser su novio. Aunque eso le partiera el corazón en mil pedazos. Aunque significara perderlo para siempre.

Llegó a su casa cuando ya era de noche. Subió despacio a su habitación, cerró la puerta con llave y se dejó caer en la cama sin encender la luz. Sacó el cuaderno de debajo del colchón, agarró el bolígrafo con la mano temblorosa y empezó a escribir.

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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN

Jueves por la noche, ya casi es viernes

Querido cuaderno:

Hoy he aprendido algo que me va a perseguir toda la vida.

Todo el mundo en el instituto me mira mal. Tae‑ho me ha dicho claramente que le deje tranquilo a Seo‑jun. Y tiene razón. Toda la razón del mundo. Yo le prometí estar ayer y no estuve. Le fallé. Y ahora todos lo saben. Todos saben que soy un mentiroso que nunca cumple lo que dice. Y no puedo decirles nada para defenderme. Nada.

Luego he ido al Santuario y Yeo‑wol me ha contado la peor noticia que me podían dar. El Tejedor de Han ya no necesita enviarnos monstruos muy fuertes para ganarnos. Basta con que yo sufra. Basta con que Seo‑jun esté triste por mi culpa. Cuanto más daño nos hagamos el uno al otro… más fuerte se hace él. Se alimenta de nuestra tristeza, de nuestra culpa, de nuestro vínculo roto.

Hoy ha aparecido una sombra enorme en el puente donde nosotros solíamos ir a ver los atardeceres. Casi nos mata. Cuanto más pensaba en lo que le había hecho a Seo‑jun, más grande se hacía la cosa. Ámbar me ha tenido que sacar de ahí. Me ha dicho que no estoy solo, que somos equipo, que puedo contar con él siempre. Y yo le he escuchado… y me he dado cuenta de la ironía más terrible del mundo.

La persona que me da fuerzas para seguir luchando cada noche… es la misma a la que estoy destruyendo cada día sin querer. Y ninguno de los dos lo sabe.

Ahora lo entiendo todo. No hay otra salida. Si sigo intentando estar cerca de él, si sigo intentando que me perdone, si sigo sufriendo cada vez que lo veo… mi propio dolor le dará al villano todo lo que necesita para ganar. Y entonces morirá gente. Se robará los Sellos. Y pasará lo que le pasó a Dae‑ho. Y todo será por mi culpa.

La única forma de protegerlo de verdad… la única forma de ganar al final… es alejarme del todo. Tengo que dejarlo. Tengo que ser yo quien ponga el punto final. Aunque sea lo más duro que haga en mi vida. Aunque me muera por dentro. Porque es la única manera de que su dolor acabe. De que mi dolor acabe. De que el Tejedor no pueda usarnos más.

Odio esto. Odio tener que elegir siempre. Odio tener que ser el malo de la película para salvar a todo el mundo. Odio tener que romperle el corazón del todo para no matarlo sin querer después.

Mañana tendré que ir al instituto y verle. Y esta vez… no voy a intentar disculparme más. No voy a mirarle. No voy a hablarle. Voy a hacer como si ya no significara nada para mí. Aunque cada segundo me esté matando por dentro.

Tengo que ser fuerte. Tengo que ser el Sucesor que todos esperan. Tengo que ganar esta guerra.

Incluso si para eso tengo que perderlo a él para siempre.

Ojalá algún día, si todo acaba bien, si consigo detener al Tejedor de una vez, si algún día puedo quitarme este brazalete y ser solo yo… pueda encontrarle de nuevo. Y decirle toda la verdad. Y pedirle perdón por todo. Por cada mentira. Por cada promesa rota. Por cada vez que le hice daño sin querer.

Pero hoy… hoy solo puedo hacer esto.

Buenas noches.

Min‑jun.

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Cerró el cuaderno con los ojos llenos de lágrimas, lo escondió bien bajo el colchón y se tapó la boca con ambas manos para no hacer ruido mientras lloraba a solas en la oscuridad. El brazalete brillaba apagado en su muñeca, como si también él sintiera la tristeza que llevaba dentro.

Fuera, la noche estaba en silencio. Y muy lejos, en su habitación, Seo‑jun también estaba despierto, mirando la única foto que tenía de los dos juntos en el móvil, sin entender qué había pasado, sin entender por qué la persona que más quería se había convertido de repente en un extraño que solo le mentía y le rompía promesas.

Ninguno de los dos sabía que, apenas unas horas más tarde, el destino les daría la última oportunidad de arreglarlo todo… antes de que fuera demasiado tarde.

FIN DEL CAPÍTULO 15

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