Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 19
Seis años atrás.
Sayon había sido obligado a comprometerse con Lebrón Kambell por decisión de su padre, David Reynar, un Alfa que necesitaba desesperadamente el apoyo y el poder de la familia Kambell para salvar su farmacéutica, la empresa a la que había dedicado toda su vida y que, en su desesperación, terminó poniendo por encima de su propio hijo.
Para David, Sayon era la pieza que podía cerrar aquel acuerdo, una forma de unir a ambas familias y conseguir la ayuda que necesitaba, y aunque Sayon sabía que aquello era injusto, no tenía realmente la posibilidad de negarse.
Desde el principio, aquella relación había sido extraña. Sayon no sabía qué sentía Lebrón por él, ni siquiera si realmente Lebrón lo quería.
Nunca había recibido de aquel hombre una muestra clara de afecto, así que terminó convenciéndose de que simplemente era una herramienta para conseguir algo que su familia necesitaba.
El día anterior a la boda, incapaz de soportar la presión, Sayon salió con unos amigos y bebió mucho más de lo que su cuerpo podía soportar. No era bueno con el alcohol, pero aquella noche no quiso detenerse. Bebió hasta perder prácticamente el control y, en medio de aquella confusión, terminó pasando la noche con su mejor amigo, otro Alfa al que conocía desde hacía años.
Harold no recordaba completamente lo ocurrido aquella noche. Solo conservaba pequeños fragmentos que aparecían de manera desordenada en su memoria, imágenes incompletas que se mezclaban con las emociones y los recuerdos del verdadero Sayon, haciendo difícil distinguir qué había vivido él y qué pertenecía a la vida de aquel cuerpo.
Lo que sí sabía era lo que había ocurrido al día siguiente.
Lebrón los había encontrado.
La furia del Alfa había sido inmediata y aterradora. Había estado a punto de matar al otro hombre allí mismo, pero Caleb y sus guardaespaldas habían conseguido detenerlo antes de que ocurriera una tragedia.
Y, aun así, Lebrón no canceló la boda.
No.
Cualquiera podría haber pensado que lo hacía porque amaba demasiado a Sayon, porque estaba dispuesto a perdonarlo o porque, a pesar de lo sucedido, seguía queriendo convertirlo en su esposo.
Pero no era simplemente una palabra tan simple como, amor.
Lebrón Kambell no era un hombre que perdonara fácilmente.
Era un hombre que se vengaba.
Canceló a todos los invitados de la boda y se casó con Sayon prácticamente a la fuerza. El Omega ni siquiera tuvo tiempo de cambiarse; apenas llevaba una sábana sobre el cuerpo cuando fue llevado hasta aquel lugar para convertirse en el esposo de Lebrón.
Ni su padre, ni ningún otro familiar estuvo presente. Solo Caleb, los guardaespaldas y el hombre encargado de celebrar aquella boda absurda, que parecía demasiado acostumbrado a obedecer como para cuestionar el estado en el que se encontraba el Omega o preguntarse si realmente estaba dando su consentimiento.
Después de la ceremonia, Sayon fue llevado a la mansión principal de los Kambell.
Allí conoció a la madre de Lebrón, una mujer de presencia elegante y mirada gélida que, aunque nunca llegó a tratarlo con una crueldad abierta, tampoco hizo nada para cambiar su situación. Sabía perfectamente lo que había sucedido entre su hijo y Sayon, conocía la personalidad de Lebrón, pero decidió no intervenir.
Sayon quedó viviendo allí, rodeado de lujo, sirvientes y enormes habitaciones que nunca había pedido, pero también completamente aislado. Podía caminar por la mansión, pero no podía abandonar los límites de la propiedad sin permiso.
Al principio, Sayon todavía intentaba acercarse a Lebrón.
Quizá porque, a pesar de todo, seguía esperando que las cosas pudieran cambiar.
No hacía grandes cosas. Eran pequeñas, casi insignificantes, pero para Sayon significaban mucho.
A veces esperaba a que Lebrón regresara para poder cenar con él. Otras veces intentaba sentarse cerca durante las comidas, aunque el Alfa apenas levantaba la mirada de su plato. En alguna ocasión le preparó una bebida que sabía que le gustaba, la dejó sobre la mesa y se marchó sin decir nada cuando vio que Lebrón ni siquiera la tocaba.
También intentaba iniciar conversaciones.
—Hoy el jardín...
Nada.
—La señora Kambell me dijo que...
Silencio.
—Lebrón...
El Alfa continuaba leyendo documentos, revisando su teléfono o simplemente permanecía sentado como si Sayon no estuviera allí.
Nunca lo miraba.
Nunca le respondía.
Nunca parecía escuchar una sola de sus palabras.
Con el tiempo, Sayon comenzó a reducir sus intentos. Si antes esperaba en el comedor, después dejó de hacerlo. Si antes intentaba hablarle, empezó a guardar silencio. Si antes buscaba cualquier excusa para permanecer cerca de él, terminó aprendiendo a mantenerse lejos.
Pero incluso entonces, durante aquellos primeros meses, seguía buscando pequeñas maneras de acercarse.
Tal vez dejaba un libro sobre la mesa porque pensaba que podía gustarle. Tal vez preguntaba a los sirvientes qué comida prefería Lebrón para intentar que la prepararan. Tal vez, cuando lo encontraba en algún pasillo, se detenía durante unos segundos esperando que el Alfa finalmente lo mirara.
Nunca ocurrió.
Para Lebrón, Sayon parecía haberse convertido en una presencia invisible.
Compartían la misma casa, pero no una vida.
Compartían una habitación, pero no una cama en el sentido de intimidad.
Compartían el mismo techo, pero entre ellos existía una distancia que parecía imposible de atravesar.
Y aquella indiferencia terminó siendo mucho más dolorosa que cualquier grito.
Mientras tanto, en la sociedad comenzaron a surgir toda clase de rumores sobre los recién casados. Aquella boda había sido tan extraña que nadie podía ignorarla. Nadie sabía exactamente qué había ocurrido, así que cada persona construyó su propia versión de la historia.
Y luego estaba el hecho de que Kambell no permitía que nadie viera al Omega.
No lo llevaba a celebraciones.
No hablaba de él.
No permitía que los demás se acercaran.
Sayon prácticamente desapareció de la sociedad.
Fue entonces cuando comenzó a recibir un nombre que terminaría extendiéndose entre los círculos más poderosos.
«El Omega fantasma de Kambell».
Mientras los rumores crecían, Lebrón comenzó a destruir poco a poco a la familia del Alfa con el que Sayon había pasado aquella noche.
Era el mejor amigo de Sayon.
Y, desde ese momento, también se convirtió en el enemigo de Lebrón.
Lebrón intentó encontrarlo.
Intentó matarlo.
Pero los padres del Alfa, desesperados por proteger a su hijo, no tuvieron más opción que enviarlo lejos, fuera del país, a un lugar donde Kambell no pudiera encontrarlo.
Sayon no volvió a saber de él.
Y aunque jamás llegó a comprender completamente cuánto había hecho Lebrón contra aquella familia, sabía que la desaparición de su mejor amigo no había sido una coincidencia.
Entonces llegó el golpe que terminó de cambiarlo todo.
Tres meses después de la boda, el médico anunció que Sayon estaba embarazado.
Lo que debería haber sido una noticia capaz de provocar felicidad se convirtió en el comienzo de una pesadilla.
Por primera vez desde la boda, Lebrón dirigió su atención hacia Sayon.
Pero no había cariño en sus ojos.
Solo había furia.
Y cuando descubrió que estaba esperando un hijo, fue fácil para él asumir que aquel bebé no era suyo, ya que nunca lo había tocado.
Fue la primera vez que Lebrón, le dió un golpe.
—Abórtalo.
Aquellas dos palabras hicieron que el miedo se apoderara de Sayon.
No podía hacerlo.
Era su hijo.
Lo quería.
No importaba quién fuera el padre biológico, para Sayon aquella pequeña vida ya era parte de él. No podía permitir que nadie le hiciera daño.
Y sabía perfectamente de lo que Lebrón era capaz.
Aquella misma noche decidió escapar.
No porque quería proteger a su hijo de Lebrón Kambell.
Pero fracasó.
Fue detenido antes de conseguirlo y, como castigo, Lebrón decidió alejarlo todavía más del mundo.
Lo trasladó a una segunda mansión, perdida en medio del bosque, mucho más aislada que la primera y prácticamente imposible de abandonar sin ayuda.
Allí ya no estaría rodeado por la familia Kambell.
Ya no tendría a la madre de Lebrón cerca.
Ya no tendría acceso a la sociedad.
No tendría amigos.
No tendría libertad.
Solo tendría aquella enorme mansión, los sirvientes y al hombre que se había convertido en su carcelero.
Aquella propiedad se convirtió en su nueva jaula de oro, en su prisión de porcelana, en el lugar donde Sayon pasaría los siguientes años de su vida, completamente apartado del mundo y de todas las personas que alguna vez podrían haberlo ayudado.
Y ahora Harold podía sentir cada uno de esos años dentro de sí.
Podía sentir el miedo.
La soledad.
Los intentos de acercarse a un hombre que jamás quiso mirarlo.
Las pequeñas esperanzas que Sayon había tenido al principio.
Y cómo todas ellas habían muerto poco a poco.
Harold no solo había heredado el cuerpo de Sayon.
También había heredado sus recuerdos.
Y, con ellos, todo el dolor que aquel Omega había soportado durante seis largos años.
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