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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 13

Capítulo 13: Mi aire y mi agua

Lucio entró buscando en qué descargarse.

Cinco horas de mesa, un vuelo de noche, una lección pendiente. Traía la cuenta hecha desde la escalera. Lo que encontró fue un bulto en la alfombra, junto al sillón: la muchacha de lado, con las rodillas contra el pecho, el pelo negro regado por el piso y el cepillo de dientes a medio metro, como si se le hubiera caído de la cabeza a alguien más. Tenía la boca entreabierta. Un hilo de saliva le brillaba en la comisura.

Le dio con la punta del zapato en la pantorrilla. No fuerte. Ella no se movió.

Se quedó de pie encima de ella, y algo de lo que traía se le fue por donde no supo. Pensó, sin querer pensarlo: si la tiro con los lobos, ¿también se dormiría abrazada a uno?

Se puso en cuclillas. Levantó la mano para pellizcarle la mejilla y despertarla, y el dedo se detuvo a un centímetro de la piel.

—Tonta —dijo, tan bajo que no llegó a ser voz—. Hasta babea.

Tomó la cobija de cachemir gris del respaldo del sillón y se la echó encima, sin acomodarla. Ella se removió debajo, se frotó la cara contra la lana como un animal que encuentra calor, y la línea que tenía entre las cejas se le borró.

—Mañana ajusto cuentas.

Apagó la luz del pasillo al salir.

* * *

Abrí los ojos con el sol ya dentro del cuarto y el corazón se me fue a la garganta.

—¡Me dormí!

Quise pararme y las piernas no existían. Me fui de boca, enredada en algo de lana gris que no era mío, y aterricé con las manos en la alfombra.

—¿Fuiste a reflexionar en sueños?

Estaba en el sillón. Ya bañado, ya vestido, con una taza de café negro en la mano y una pierna cruzada sobre la otra, como si llevara horas ahí.

—¿Soñaste con las Reglas?

—Señor Salvatierra, yo… no quise… es que las rodillas…

Miró su reloj. Dejó la taza.

—Ya. Levántate.

Como no me levanté lo suficientemente rápido, me levantó él. Una mano bajo el brazo, y estuve de pie antes de que las piernas se enteraran. Me sostuvo así un segundo, mirándome la cara de cerca, y arrugó la nariz.

—Ve a lavarte. Límpiate bien, sobre todo la cara. —Me giró hacia el baño—. Y tira ese cepillo de dientes que traes en la cabeza. Diez minutos.

El cepillo estaba en el piso, junto a la pata del sillón. Lo levanté. Era lo único que me quedaba del primer día en esa casa, lo único que había sido mío antes de ser suyo. Lo dejé caer en el bote del baño y lo oí pegar contra el fondo.

Me lavé la cara tres veces. Cuando salí, con el pelo mojado y la toalla en las manos, la muchacha del servicio ya estaba en el cuarto con una caja abierta sobre la cama.

El vestido era verde. No el verde del algodón que yo usaba; un verde de noche, tejido con azul cobalto, y sobre los dos colores, en hilo de oro viejo, un bordado que trepaba desde el dobladillo: espinas, ramas, y entre las ramas, animales que no supe nombrar, con los ojos abiertos. Cuello alto. Cintura tan estrecha que la muchacha tuvo que jalar la cremallera con las dos manos. Una abertura atrás que empezaba donde terminaba la decencia.

Después me sentó frente al espejo y me recogió el pelo con un pasador de madera oscura, que olía a algo dulce y caliente. En la punta tenía un ave tallada, de cuello largo, con dos puntitos rojos por ojos.

Me miré. La del espejo no era yo. Era alguien que se lleva a una fiesta y se enseña.

"Si no reflexionas bien, no hace falta que sigas en esta casa."

Me lo había dicho anoche. Y hoy me vestía como para una ceremonia y me sacaba de la casa. Se me fue el color de la cara y la muchacha lo notó, pero no dijo nada; solo me puso las sandalias y se fue.

Él estaba en la puerta de la Casona, fumando, con Teo un paso atrás. La camioneta negra ya tenía el motor encendido, y detrás de ella otras tres iguales.

Me vio salir y se le detuvo el cigarro a medio camino de la boca.

Fue un segundo, o menos. Sus ojos me recorrieron desde el pasador hasta las sandalias y volvieron a subir, más despacio, y en algún punto del cuello se quedaron. Después tiró el cigarro, lo pisó, y la cara volvió a ser la de siempre.

—Sube.

Teo me abrió la puerta. Por primera vez en más de dos semanas, crucé el umbral de esa casa hacia afuera.

Las camionetas salieron en fila por la reja de la Base, pasaron las tres casetas, y la selva se cerró sobre el camino como una boca. Adentro hacía frío, veinticuatro grados exactos, y olía a piel nueva. Él iba a mi lado mirando por su ventana. Teo, adelante, junto al chofer. Nadie hablaba.

Aguanté hasta que dejamos atrás el primer pueblo, unas casas de tabla con gallinas en el camino. Después ya no pude.

—¿Ya no me quiere?

Me salió quebrado. Él no volteó.

—Ya sé que hice mal. No debí dormirme. Se lo juro que las repasé, todas, es que el cuerpo… —Me tapé la boca con la mano, porque el llanto ya venía y no podía gritar—. Se lo ruego, señor Salvatierra. No me regale.

Entonces sí volteó. Y lo peor fue que sonrió.

—¿No regalarte? —Ladeó la cabeza, como el que mira un perro que hace un truco nuevo—. ¿Y para qué me sirve una cosita desobediente?

—¡Voy a obedecer! —Me pasé al borde del asiento, hacia él, con el vestido apretándome la cintura—. Sin su orden no voy a ninguna parte. No hablo con nadie. Hago lo que usted diga, lo que sea, pero no me dé a nadie. A nadie, por favor.

Me corrían las lágrimas hasta el cuello alto del vestido. Él levantó la mano y con el pulgar me limpió una mejilla, luego la otra, despacio, como si estuviera limpiando algo suyo que se había ensuciado.

—¿Quieres quedarte conmigo? —preguntó, muy bajo—. ¿A ningún otro lado?

—¡A ningún lado! —Le agarré la mano con las dos mías, sin pensarlo—. Yo quiero quedarme con usted. Usted es mi aire y mi agua, señor Salvatierra. Sin usted no vivo ni un segundo…

No sé de dónde me salió. Sé que lo dije mirándolo a los ojos, y que era verdad, y que la verdad era espantosa: en ese lugar, la única puerta que no daba a la muerte era él.

Me dejó tenerle la mano. Me miró un rato largo, con esa cara que no se lee, y algo en la comisura de su boca se aflojó.

—Bien —dijo—. Recuerda lo que dijiste hoy.

Y volvió a mirar por su ventana.

Solté el aire. No me iba a regalar. Me recargué en el asiento con el corazón todavía golpeando, y por un rato solo vi pasar árboles, un río color de chocolate, otro pueblo con un perro dormido en medio del camino que las camionetas esquivaron sin frenar. El camino se volvió de tierra roja. Los baches me hacían apretar los dientes.

Adelante, Teo dijo algo en voz baja al chofer y la fila bajó la velocidad.

Una cerca de alambre de púas, alta, oxidada. Detrás, unas bodegas de lámina con el techo vencido, y en el patio de lodo, sentada en el suelo, una multitud. Cien personas, quizá más. Ropa sucia, pies descalzos, cabezas agachadas bajo el sol. Hombres con rifles caminando entre ellos como entre ganado. Y voces. Voces que llegaban por el vidrio cerrado, apagadas, y que aun así yo reconocía en la manera de arrastrar las palabras: hablaban como en mi casa.

Él bajó su ventana hasta la mitad.

Señaló con la barbilla.

—Mira.

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