Alex siempre creyó que obedecer a su Alfa era su deber. Entregado al Clan Sabio para pagar una deuda, soportó humillaciones, desprecios y castigos, convencido de que algún día Fernando comprendería su valor. Pero después de recibir un golpe injusto, algo cambia.
Una voz aparece en su mente.
La Diosa Lectora conoce sus secretos, revela las mentiras del clan y le muestra futuros que podrían convertirse en realidad. Por primera vez, Alex descubre que su sufrimiento no fue casualidad y que su origen guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Con cada verdad, el Omega deja atrás al joven sumiso que todos podían pisotear. Ya no obedecerá ciegamente, ni permitirá que otros decidan su destino.
Mientras Fernando descubre demasiado tarde lo que perdió y Alejandro le ofrece un camino diferente, Alex deberá elegir entre la venganza, el amor y la libertad.
Porque esta vez, el Omega elegirá su propio futuro.
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La sombra de la duda
La noticia de la demanda formal de Alex ante el Consejo de Clanes corrió como fuego en paja seca por cada rincón de la Casa González. En los pasillos de servicio y en los aposentos de los guardias no se hablaba de otra cosa: el omega sumiso, aquel que durante tres años había soportado en silencio los desprecios de la familia noble, había acorralado a los líderes de dos clanes en su propio salón principal.
En la biblioteca del pabellón central, Fernando González permanecía de pie frente al ventanal, observando el patio donde horas antes Alex se había puesto de pie con las rodillas sangrando. En la mesa de sándalo, los libros contables del clan yacían abiertos. Los auditores internos, enviados de urgencia para revisar las cuentas tras las revelaciones de Alex, no habían tardado más de un par de horas en confirmar la terrible verdad.
—Señor... —dijo el tesorero principal del clan, inclinando la cabeza con profundo temor—. Los datos recitados por el joven Alex son exactos al centavo. Las desviaciones hacia el pabellón de Doña Matilde y los traspasos irregulares hacia las casas de juego del Clan Alba existen. Están camuflados en las partidas de gastos médicos y mantenimiento del pabellón oeste.
Fernando apretó los puños. Una punzada de dolor volvió a recorrer la base de su nuca, justo en el lugar donde el lazo biológico solía unir su aura con la de Alex. Sin el amortiguador natural de las feromonas del omega, la culpa y la frustración golpeaban directamente su orgullo de alfa.
—¿Cómo es posible que esto ocurriera durante tres años bajo mi propia nariz? —siseó Fernando, con la voz cargada de un aura sofocante que hizo estremecer al tesorero.
—El joven Alex era quien organizaba y clasificaba los recibos cada mes, señor —respondió el auditor en voz baja.— Él conocía cada entrada y salida de recursos. Pensábamos... que simplemente cumplía con las órdenes del Clan Alba y de la Matriarca.
En ese momento, las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe. Un pequeño niño de poco más de cinco años corrió hacia el interior del recinto, con la tez aún pálida por la fiebre reciente, pero con los ojos llenos de angustia. Era Javi, el menor de los tres cachorros que dejó Clara.
—¡Padre! —exclamó el niño, tirando de la túnica de Fernando—. Las sirvientas dicen que Papi Alex se va a ir... Dicen que rompió la marca y que ya no pertenece a nuestra casa. ¡Diles que es mentira!
Fernando se agachó a la altura del niño, sintiendo una punzada de incomodidad en el pecho. Durante tres años, se había convencido a sí mismo de que Alex solo estaba en esa casa para ocupar el lugar de Clara y que los niños nunca lo aceptarían del todo. Pero la mirada del pequeño Javi reflejaba un miedo genuino a la pérdida.
—Javi... el tío Alex necesita resolver algunos asuntos —intentó responder el alfa, con una torpeza inédita en él.
—¡No es el tío Alex! —gritó el niño con pequeñas lágrimas acumulándose en sus ojos—. ¡Él fue quien se quedó despierto tres noches poniéndome compresas frías cuando la fiebre no bajaba! ¡Fue él quien hizo que cortaran el árbol que me daba tos! ¡Si él se va, no quiero estar aquí!
El niño se soltó de su agarre y salió corriendo del salón. Fernando se puso de pie lentamente, sintiendo que la estructura perfecta que creía haber construido tras la muerte de Clara se resquebrajaba por completo.
«Notificación del Sistema en el panel de Alex: El remordimiento del Alfa ha alcanzado el 18%», sonó la voz mecánica e irónica en la mente del omega, quien en ese momento se encontraba en sus aposentos guardando sus pocas pertenencias personales. «Parece que la culpa empieza a cobrar factura. Los cachorros finalmente están abriendo los ojos, y el alfa no sabe cómo apagar el fuego.»
Alex empacó los pergaminos con sus registros de sanación y la ropa sencilla que él mismo había confeccionado. Una pequeña sonrisa fría se dibujó en sus labios mientras miraba la interfaz dorada flotando en la penumbra.
—Que sientan culpa no cambia tres años de desprecio —pensó Alex en voz baja.— El arrepentimiento es el castigo de los débiles cuando ya han perdido lo que no supieron valorar.
«Misión Principal: Desmantelar la influencia de la Casa González. Progreso actual: 28.5%», mostró el panel. «Habilidad desbloqueada: Intuición de Rastreo Financiero e Influencia Social.»
El portón del pabellón oeste se abrió y los pasos de Fernando resonaron en el pasillo. Por primera vez en tres años, el alfa no venía a dar órdenes ni a exigir obediencia; venía con la incertidumbre grabada en el rostro. La tormenta sobre la Casa González apenas comenzaba.