Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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EL PASADO QUE NO SE QUEDA EN EL PASADO
Un mes entero transcurrió como un sueño delicioso en Venecia. Cada día a su lado parecía mejor que el anterior: paseábamos en góndola por los canales al atardecer, cuando el sol teñía de oro el agua tranquila y las fachadas de los palacios; caminábamos por plazas llenas de gente, compartíamos pan y vino en pequeñas tabernas junto al puerto, y nos contábamos secretos bajo las estrellas como si el mundo entero fuera solo nuestro. Cecilia brillaba a mi lado, olvidando su soledad, los murmullos crueles de la sociedad, la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Por primera vez en mucho tiempo, yo también me sentí en paz. Casi olvidaba quién era en verdad, casi creía que Mario Miller era mi única realidad. Pero en el fondo de mi corazón siempre supe que esa calma no era eterna. Y lo que temía —o más bien, lo que sabía que algún día llegaría— finalmente ocurrió, rompiendo nuestra felicidad en mil pedazos de la forma más violenta posible.
Una mañana, cuando el sol apenas empezaba a iluminar las cúpulas de la ciudad, el estruendo de los cañones rompió el silencio de golpe. Barcos de guerra con banderas que no quería ver aparecieron de la nada, bloqueando el puerto, disparando contra las murallas y los muelles. El pánico se extendió como fuego por las calles. Gente corría en todas direcciones, gritos, humo, fuego devorando casas y tiendas. Los soldados enemigos desembarcaron con rapidez y brutalidad, saqueando, capturando a los hombres jóvenes para venderlos como esclavos, y tomando a las mujeres para llevárselas con ellos. Era un caos absoluto, una pesadilla de la que nadie podía despertar. Corrí con todas mis fuerzas hacia la casa de Cecilia, empujando a la gente que huía, saltando sobre escombros, rezando para que estuviera a salvo. Pero cuando llegué, la puerta estaba abierta de par en par, y entre el grupo de mujeres que eran empujadas hacia la orilla, con las manos atadas y las caras pálidas de terror, la vi. Cecilia. Sus ojos me buscaron desesperadamente, y pude ver el miedo más profundo reflejado en ellos. No podía dejar que se la llevaran. No después de todo lo que habíamos construido. No podía perderla.
Me lancé hacia adelante, apartando a dos guardias que intentaron detenerme, y me puse frente al hombre que la sujetaba del brazo con brusquedad.
—¡Suéltala! —grité con toda mi fuerza—. ¡No te la llevarás mientras yo viva!
El hombre me miró con sorpresa y luego con un desprecio cruel. Alzó su mano y me golpeó con el dorso con tanta fuerza que caí al suelo, saboreando la sangre en mi boca. Me quedé unos segundos allí, aturdido, escuchando los sollozos de Cecilia que intentaba acercarse a mí pero era retenida. Respiré hondo, me limpié la boca con el dorso de la mano y me levanté lentamente, con la mandíbula apretada y la mirada fija en él, sin apartarla ni un instante. Al verme de pie, con esa calma que siempre había sentido antes de cualquier batalla, su expresión cambió por completo. Su rostro se puso pálido como la cera. Dio un paso atrás, soltando el brazo de Cecilia sin darse cuenta, como si hubiera visto un fantasma salido de su tumba.
—¡Capitán! —gritó con voz quebrada, señalándome con el dedo tembloroso—. ¡Capitán, venga rápido ahora mismo! ¡Mire a este hombre! ¡Mírelo bien!
Un hombre alto, de porte severo y armadura que reconocí al instante, se abrió paso entre la multitud de soldados. Era un jenízaro. Y no cualquier jenízaro. Era el comandante de la guardia personal de mi padre. Lo conocía bien. Había estado en el palacio desde que yo era un niño. Había visto crecer a todos los príncipes. Había estado presente el día que supuestamente morí y mi cuerpo desapareció sin explicación. Al acercarse y encontrarse con mis ojos, se detuvo en seco como si una pared invisible le hubiera cerrado el paso. Su rostro perdió todo color. Sus ojos se abrieron tanto que casi se salían de sus órbitas. Abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió al principio, solo un sonido ahogado, como si le hubieran quitado el aire. Finalmente, con voz que apenas era un susurro lleno de horror y asombro, logró articular:
—Tú… tú… no puede ser… Es imposible… ¡Estás vivo!
El silencio cayó sobre nosotros como una losa pesada. Cecilia, que estaba a unos pasos, me miró con confusión y un miedo nuevo creciendo en su mirada, sin entender por qué aquel hombre temblaba al verme, por qué me señalaba como si yo fuera un espectro regresado del infierno. Y yo… yo sabía en ese instante que Mario Miller había muerto justo en ese momento. Que mi secreto más grande ya no me pertenecía solo a mí. Y que el príncipe Mehmet acababa de regresar a la vida, justo cuando menos lo esperaba y cuando más le importaba a ella saber la verdad.